La moral llamó a tu puerta y abriste, como es
natural, ¿cómo más podría ser? La invitaste a pasar y sentar en tu sala
ordenada, le ofreciste café. Sacó ella una libreta de pocos años de uso y te
preguntó un trío de cosas. Quedaste atónito. Quedaste como una mesa con dos
patas. En medio de tu silencio, ella se levantó y se fue sin beber tu café. No
hablaste más por un tiempo. Resultó que no llenabas los requisitos de la moral
para pertenecer a ese selecto club. Resulta que habías tenido unos deslices,
unas tentaciones, unos malos consejeros. Resulta que el brillo pretendido era
artificial, cosmético. Resulta que no trajiste los recaudos a tiempo, y el
asunto no tenía prórroga. Sin embargo, y muy a pesar tuyo, casi sin
explicación, te sientes muy bien y hasta orgulloso. Sin embargo, no puedes
cotejar lo que sientes ahora con lo que esperabas ser. Sin embargo, y casi
afortunadamente, no lamentas el hecho, no te quejas ni te flagelas lo
suficiente como para que los demás te consideren digno.
Espero que te guste el contenido. Para sugerencias, objeciones, protestas o propuestas, escribe a "leonardo.rothe@gmail.com"
sábado, 17 de septiembre de 2011
La moral llamó a tu puerta
La moral llamó a tu puerta y abriste, como es
natural, ¿cómo más podría ser? La invitaste a pasar y sentar en tu sala
ordenada, le ofreciste café. Sacó ella una libreta de pocos años de uso y te
preguntó un trío de cosas. Quedaste atónito. Quedaste como una mesa con dos
patas. En medio de tu silencio, ella se levantó y se fue sin beber tu café. No
hablaste más por un tiempo. Resultó que no llenabas los requisitos de la moral
para pertenecer a ese selecto club. Resulta que habías tenido unos deslices,
unas tentaciones, unos malos consejeros. Resulta que el brillo pretendido era
artificial, cosmético. Resulta que no trajiste los recaudos a tiempo, y el
asunto no tenía prórroga. Sin embargo, y muy a pesar tuyo, casi sin
explicación, te sientes muy bien y hasta orgulloso. Sin embargo, no puedes
cotejar lo que sientes ahora con lo que esperabas ser. Sin embargo, y casi
afortunadamente, no lamentas el hecho, no te quejas ni te flagelas lo
suficiente como para que los demás te consideren digno.
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