El insospechado lugar estaba
vacío. Era impensable que estuviese disponible. Resultaba increíble que
estuviese solo, sin un ocupante de esos, de los que pululan a diario, agotados,
por estos lares. Sumaba y restaba y no me cuadraba la cuenta. Pensé: "y
qué tal si...?" pero no, qué va; sería una locura, un regalo milagroso
para un mero pecador fatigado. Me fui acercando a lo que parecía un lugar
rodeado de gente, pero sin ocupante. Tal vez había un niño al que nadie miraba
ahora. Quizás era un paquete invisible desde la distancia. Seguía yo avanzando,
y ante la espectativa de posible la burla de la audiencia, del encuentro de un
derrame o una mancha fresca, me lancé al vistazo final: estaba vacío. Estaba
limpio. Estaba esperándome... y yo que estuve a punto de abandonarlo. “Seguramente”,
me dijo sonriendo un anciano que me observaría desde hacía rato, “…el mérito no
fue tu optimismo, sino, a pesar de ridículamente difícil de la tarea, nunca dejaste
de avanzar”.
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