Espero que te guste el contenido. Para sugerencias, objeciones, protestas o propuestas, escribe a "leonardo.rothe@gmail.com"
sábado, 29 de febrero de 2020
No juzgarás
viernes, 28 de febrero de 2020
¿Miedo y odio? Sí, gracias.
jueves, 27 de febrero de 2020
Ejercicios por la vida
martes, 25 de febrero de 2020
Verdad que no
La verdad
parece no ser nunca un punto de llegada. Parece, por sus apariciones fantasmales,
un punto de partida. De hecho, creo que todas las mentiras surgen a partir de
una verdad. Alguien, en algún momento, te va a decir su verdad, alguna verdad,
la verdad del momento. Honesta o no, uno siempre le saca el cuerpo a la verdad
ajena porque siempre “la verdad es relativa y a mí no me van a venir a alienar
con cosas de otros”. En el camino uno se va enterando que uno también ha construido
una verdad que decirles a los demás, y que lamentablemente estos no se la
tragan tan fácilmente. La verdad no parece verdad porque suena a mentira, a
disgusto, a imposición de alguien que no nos cae bien. Es como esas nubes que
nadie se atreve a pintar porque parecen falsas aunque estén en el cielo, a la
vista. Pero uno se puede poner a reflexionar un poco sobre el tema y notar que
cada verdad peregrina que se nos vende podría apuntar eventualmente a la verdad
absoluta, a lo finalmente verdadero, aunque se plantee hasta de forma jocosa o
necia. Tal vez, al momento de nuestra partida no podríamos afirmar que fuimos
engañados, que nunca se nos dijo la verdad, que nuestra ceguera fue totalmente
inocente. Quizás, en ese momento de absoluta honestidad, debamos admitir que
siempre supimos de muchas y repetidas aproximaciones a la verdad, pero no estuvimos
abiertos, no estuvimos disponibles para ella solo porque no nos dio la gana y
preferimos seguir adelante con nuestra sonrisa temblorosa.
lunes, 24 de febrero de 2020
Me siento solo
Me siento
solo. La verdad es que me siento bastante solo. No soporto los momentos de
silencio que me brinda esto de vivir así. Más bien quisiera tomar de la mano a
alguien el sábado por la noche, recibir caricias el domingo en la mañana,
sonrisas y ternura al alcance de la mano, pues. Que cada día me espere en casa
para preguntarme cómo me fue en mi día. Alguien que caliente mi cama en las
noches y le quite este frío a los lados. Cómo me gustaría presentarla a mis
compañeros, mostrarle mis fotos de los viajes y una que otra de la cotidianidad
traviesa en la que seguro estaría sumido con ese amor hasta ahora ficticio. Pero
pasa que mientras escribo, al finalizar cada coma, cada punto y aparte, me doy
cuenta que no estoy dispuesto a intercambiar con nadie, sino que voy solo a
pedir. Al parecer, alguna esquina de mi conciencia me ilumina hoy y me dice que
soy una esponja seca y desesperada dispuesta a extraer todo lo que se me
arrime; que no estoy dispuesto a colaborar, a compartir, a negociar, a crecer
en compañía. En este punto del texto ya me convencí de que mejor me quedo
tranquilito y reflexiono sobre el asunto antes de salir a depredar a la primera
inocente que se fije en mí… mira que vivir así es una manera dolorosa pero
segura de vivir en libertad, y eso de hacer lo que a uno le da la gana no lo
voy a perder.
jueves, 20 de febrero de 2020
El drama otra vez
martes, 18 de febrero de 2020
Espasmos de bondad
Aburrido de la vida
Aburrido
de la vida, será. Sin nada qué hacer ya. Veo que ahora ninguno depende de mí
como antes, que cada quien corre de aquí para allá sin consultarme, sin pedirme
permiso, sin mirarme a veces. Creo que ya no queda mucho por hacer aquí. Recuerdo
cuando todos dependían de mí, desde su nacimiento, su alimentación, caminar,
vestirse bien, curarse la enfermedad. No me olvido de cuando quien corría de
aquí para allá era yo mientras todos ellos esperaban confiadamente el resultado,
y que de alguna manera cariñosa agradecían el esfuerzo. Así fue durante muchos
años; todos esos años que estuve al frente de la batalla de la vida, levantando
a todo el que necesitara de mi colaboración. Pero ya no es así. Todos aprendieron
muy bien mis lecciones y ahora cada uno está en lo suyo, por su lado, aparentemente
distantes e indiferentes. Ahora parezco estar en un estado de inactividad, de
vagancia que no soporto. Según me dicen cuando aparecen por ahí, yo debería
estar disfrutando de lo que hice durante toda mi vida, de todo ese esfuerzo que
no dudé en dedicar a otros, a mis queridos queridos. Pero yo no lo veo así. Creo
que me están echando a un lado y que todo es una excusa para dejarme solo aquí,
sin prestarme la atención que merezco. A veces pienso que me olvidan y regreso
a su memoria solo por mera mención accidental. Pero no se saldrán con la suya; desde
aquí, calladito, comenzaré a violar todas las reglas de bienestar y hasta de
supervivencia mientras llega alguna enfermedad que me haga recuperar su entera
atención, como en el pasado, aunque eso signifique, eventualmente, que me vaya
antes… ¡Ya verán!
lunes, 17 de febrero de 2020
Equilibrio sin rebote
Casi religioso
Conversa falaz
Moriré en el asfalto
jueves, 13 de febrero de 2020
¿La vida? No sé...
Nos perdimos y caímos aquí
miércoles, 12 de febrero de 2020
Cuando pierda la libido
Cuando pierda la libido, todo se solucionará. Cuando
deje de sentir este saboteo, se abrirá paso a la sabiduría. Cuando desaparezcan
estos fogonazos enceguecedores, seré quien quiero ser. Pero mientras, seguiré
intentando vivir de la teoría y la discusión de lo sensato hasta que aparezca
la morenita esa que vive al lado. Mientras, pasaré la noche entre mantras y
contemplaciones hasta que Yurimira, la catira, aparezca con su minifalda a
pedirme un poquito de azúcar. Mientras, pues seguiré construyendo esquemas
seudoespirituales, seudoconscientes, porque más tarde me llamará mi exmujer
para que le arregle la cañería. Así no se puede, mi hermano. No puedo avanzar
en los conceptos y sensaciones, en el silencio y en el vacío si mi cuerpo no se
deja escuchar, si siento el motín que efervesce en algunas de sus partes; si
cuando ya estoy entrando en esa nube de autoconocimiento, suena el celular y
recibo unas fotos provocativas de mi compañera de trabajo, la muchacha nueva,
la que me lanza indirectas en horas de oficina y desaparece al sonar el timbre
de salida. Así que no me queda más que seguir hablando sobre tonterías dizque
trascendentales, a la vez que atiendo mis asuntos de besos y caricias con
quienes tengan a bien acercarse y compartir su cuerpo físico, su estuche de
vida, su carcasa de placer, con este soldado fracasado de la paz.
lunes, 10 de febrero de 2020
Quiero sentir en lugar de saber
Quiero
sentir en lugar de saber. Quiero la caricia en lugar de la explicación. Quiero,
de una vez, devolver el análisis y la síntesis y que me den de nuevo mi
capacidad de percibir la benevolencia de la vida. Quiero poder mirar lo que me
rodea y, en lugar de sacar una foto escrutadora que haga comparaciones con mi
base de datos, percibir con agrado o aceptación lo que hay detrás. Quiero dejar
de juzgar, de poner en una categoría lo que se me atraviese por delante y
seguir caminando como si nada. Quiero dejar de etiquetar a los demás porque me
pierdo sentir la admiración que mi ignorancia me obstaculiza; quiero poder
mirar a los ojos del prójimo y leer de buena fuente “lo que se trae”. Quiero saborear
que ahorita mismo no tengo problemas que me impidan tomarme un café con un
amigo o recostarme tranquilo a dormitar sin sentir que está prohibido… ¿Y
después? Ya veremos después, pero no quiero seguir quemando mis días pensando
en el día siguiente para tarde darme cuenta de que cometí un crimen continuado
e irreparable contra el mejor regalo que he recibido.
domingo, 9 de febrero de 2020
Estoy contento y no sé por qué
Estoy
contento y no sé por qué… y la verdad, no quiero saberlo. Algo bueno debe estar
pasando. Algo favorable debe estar rescatándome de la inquietud de siempre. Algún
equilibrio se fraguó por allá adentro y se está reflejando en este momento,
aquí afuera. Amanecí sonriendo y sin pensar en el futuro —en el que,
seguramente, habrán acciones por tomar—. Por ahora, siento que la vida se tornó
acolchada y me permite gozarla sin la sensación de deuda, de culpa o de
ilusión. Estoy contento y no tengo la menor intención de saber por qué; no
quiero analizarlo. No quiero esquematizar la situación, extraer ideas
principales y luego fabricar conclusiones, porque cuando hago eso, lo embarro
todo y lo que concluyo es que todo es relativo, que a veces se gana y a veces
no, que nuestro tiempo en el planeta es una lucha, una resistencia, una
incredulidad y una desconfianza constantes. Mejor me quedo tranquilito y dejo a
la mente descansar por un momento, porque es que, evidentemente, ahorita está
dormida.
sábado, 8 de febrero de 2020
No soy mis roles
No soy
mis roles. No soy ninguno de mis roles. No soy padre, no soy médico, no soy
cliente, no soy pianista. Por mucho que me gusten y me apasionen, no soy ellos.
Esos son solo algunos de los papeles que debo desempeñar de vez en cuando. Son,
de hecho, como los zapatos que me cambio según la necesidad práctica del
momento. Soy, más bien, el dueño de esos zapatos y soy quien determina si los
uso o no. Soy una conciencia anterior a ellos que usa una inteligencia mucho más
sabia que solo sumar, que solo analizar, que solo mostrar resultados. No soy
ninguna de mis herramientas. Si fuese carpintero, sería el autor de las ideas a
desarrollar, el que imagina la belleza de la obra final y utiliza su intuición
para determinar la pertinencia de esa obra. Ni el martillo, ni la prensa, ni el
formón determinan qué tipo de carpintero soy; estos son solo instrumentos
subordinados a mis intereses superiores. Así pues, es un poco desatinado
centrarnos en algunos de nuestros roles, en esos disfraces con fecha de
caducidad, en esos estados efímeros del ánimo que tarde o temprano cesarán, y
en el peor de los casos nos dejarán sumidos en la más profunda oscuridad, en la
más terrible confusión y frustración por haber creído que éramos algo que
finalmente no somos.
miércoles, 5 de febrero de 2020
Aferrarse a lo efímero
martes, 4 de febrero de 2020
Ya no siento culpa
Ya no
siento culpa. Ya no siento el peso del pasado sobre mi espalda. Lo que hice y
dejé de hacer quedó en un nivel de conciencia que ya no existe y ahora, desde
este punto de vista privilegiado, logrado después del sufrimiento, tengo una
mejor perspectiva de la cosas. Hice daño, lo sé, y estoy dispuesto a tomar la
responsabilidad en ese respecto. Sonará cruel el cliché, pero lo pasado ya pasó
y no puedo hacer nada ahorita que no sea reconocerlo y disculparme con la seriedad
del caso: Así lo haré. No sé cuándo ocurrió; el despertar ante la culpa se
presentó sin avisar y por casualidad, y con solo ver el episodio de nuevo, me
di cuenta de que no me afectaba como antes lo hizo, que no me carcomía como
antes lo hacía. El dolor cesó y dio paso a la tranquilidad que descubro ahora. Al
parecer, en algún momento y sin saberlo, tuve una conversa adulta con el
susodicho fantasma de la culpa y llegamos al arreglo de no molestarnos más. Tal
vez… se me ocurre… es a eso a lo que llaman perdonarse.
domingo, 2 de febrero de 2020
¿De dónde salen los malos?
Según nos cuentan, son seres súper despiadados
que ejercen el morbo sin razón alguna, causando sufrimiento en los pobres
tontos. El hampa, el que roba, el que viola, el que asesina. Los malos son tan
malos que parece que no tienen familia, una madre que los adoraba; y si
tuvieron eso, entonces toda esa gente es igualita y sería mejor acabar con
todos ellos. La conseja es que los malos tienen tanta maldad, tanta mala
intención, que seguro vinieron de otro planeta, de un planeta malo. Porque “malo”
siempre es otro. Nunca es alguien a quien queremos con el alma. Malo es el
otro, el de más allá, el que no conocemos y por alguna lotería o alguna razón
muy loca, nos quiere hacer daño solo para saciar su sed urgente de maldad. Qué malo
eso. Pero nadie habla de que este antisocial no siempre lo fue. Nadie señala la
falta de amor que estalló en un día en un temor tan fuerte que hubo que acabar
con el mundo entero para proteger la propia integridad. Nadie habla de la responsabilidad
personal, familiar y colectiva en el asunto. Ni uno de los intelectuales más populares
se ha levantado para señalar que aquí y allá se crean y levantan monstruos que luego
hay que extinguir “porque ellos solitos se salieron de control”. Nadie habla de
ese miedo que inyectado todos los días produce la alucinación irreversible en
las mentes de los desvalidos emocionales que salen de los ranchos y las quintas,
de las escuelitas y las universidades para joder al otro por mero reflejo animal,
desconsiderado, defensivo, aparentemente gozoso. Mientras hacía este análisis
tan brillante, me entró un temblor al darme cuenta de que yo también llevo
dentro varios esos ingredientes disparadores de la calamidad. Tal vez yo también
soy malo, y como mucho de los demás y hasta el día de hoy, no lo sabía.
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