Ya no sé qué hacer. Ante la resistencia de esa conciencia productora de paz que no termina de llegar, le “bajaré dos” a esa empresa y pondré el intelecto y el ego como vehículos forzados para evitar las explosiones de ira, susto o desesperanza. El plan es, al enfrentar una situación cumbre, levantar la voz propia, la que grita y asegurarme a mí mismo que lo que tengo enfrente es una prueba. No importa quién sea el administrador de esa prueba: yo soy el examinado. Ese es el plan. En el tráfico, en el hospital o en la oficina pública, cuando sienta que comienza a hervir la sangre, mi mantra será: “No juzgar de ninguna manera. No juzgar situaciones, no juzgar personas, no juzgar cosas: esto es una prueba”. Y desde ese momento en adelante, ver qué puede hacer por mí el intelecto ególatra que quiere ganar todas las pruebas, todas las competencias para las que se ha preparado. Quién sabe si, muy adentro, muy quietecita, está mi anhelada conciencia mirando, escuchando, sintiendo y, dados los tumultos, las escaramuzas en la azotea, ella decida manifestarse de una vez por todas.
Espero que te guste el contenido. Para sugerencias, objeciones, protestas o propuestas, escribe a "leonardo.rothe@gmail.com"
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martes, 8 de octubre de 2024
sábado, 5 de diciembre de 2020
Conciencia sin libido
No puedo revestirme de sabiduría si pasas por delante de mí vestida así. No puedo practicar el Ser mientras te veo lavar los platos en esa faldita. No puedo llegar al estado de elevación deseado si cuando pasas a mi lado me acaricias la espalda o me picas el ojo. Deseo tanto conjugar esas dos cosas en mi vida, pero mi atracción hacia ti es tal que siempre abandonaré mis prácticas trascendentales para caer en finalmente en tus brazos. Mejor entonces espero unos añitos para que se me pase todo este vaporón y así poder entrar, finalmente, en ese tan necesario mundo de conciencia pura.
miércoles, 12 de febrero de 2020
Cuando pierda la libido
Cuando pierda la libido, todo se solucionará. Cuando
deje de sentir este saboteo, se abrirá paso a la sabiduría. Cuando desaparezcan
estos fogonazos enceguecedores, seré quien quiero ser. Pero mientras, seguiré
intentando vivir de la teoría y la discusión de lo sensato hasta que aparezca
la morenita esa que vive al lado. Mientras, pasaré la noche entre mantras y
contemplaciones hasta que Yurimira, la catira, aparezca con su minifalda a
pedirme un poquito de azúcar. Mientras, pues seguiré construyendo esquemas
seudoespirituales, seudoconscientes, porque más tarde me llamará mi exmujer
para que le arregle la cañería. Así no se puede, mi hermano. No puedo avanzar
en los conceptos y sensaciones, en el silencio y en el vacío si mi cuerpo no se
deja escuchar, si siento el motín que efervesce en algunas de sus partes; si
cuando ya estoy entrando en esa nube de autoconocimiento, suena el celular y
recibo unas fotos provocativas de mi compañera de trabajo, la muchacha nueva,
la que me lanza indirectas en horas de oficina y desaparece al sonar el timbre
de salida. Así que no me queda más que seguir hablando sobre tonterías dizque
trascendentales, a la vez que atiendo mis asuntos de besos y caricias con
quienes tengan a bien acercarse y compartir su cuerpo físico, su estuche de
vida, su carcasa de placer, con este soldado fracasado de la paz.
viernes, 22 de noviembre de 2019
La luz de la conciencia
Arrojar
luz sobre la oscuridad y apreciar las cosas como realmente son, sin prejuicios,
sin especulaciones, sin condicionamientos. Caminar, y en el camino seguir
dejando caer rayos de luz sobre cada sitio hacia donde veamos, hacia cada
situación por resolver. Eso es la conciencia. Luz que no se acaba, que no tiene
fecha de caducidad, que no se apaga. Eso no ocurrirá jamás. Por el contrario y
por fortuna, cada candil que se enciende va sumando a la claridad que ya nos
venía guiando. Es un torbellino creciente y a favor sentir por primera vez que
por ahora seguimos albergando oscuridades y que en algún momento les llegará su
oportunidad para desvelarse. Muchos de esos misterios todavía tienen un sentido
de existir. No saberlo todo se convierte en el nuevo estado de honestidad
desenfadada que permite aceptar y continuar. La ignorancia natural se destapa y
nos deja sin complejos, listos para plantearnos cualquier rumbo sin miedo ni
resistencias. El brillo deja sin efecto el drama. Todo comienza a tener
sentido, un sentido distinto del que conocíamos y lo que antes era una puerta
trancada que ahora aparenta dejarnos entrar sin objeciones, sin condiciones, a
la luz de la nueva conciencia en crecimiento, a un ritmo distinto, con una
óptica inédita que nos reafirma, cada vez, que nuestros párpados siempre
estuvieron cerrados… hasta ahora.
jueves, 4 de abril de 2019
La vida es buena... a pesar de ti.
Si se cree que la vida
tiene un propósito, la vida es buena. Pero claro, no con un “buena” rosadito, pendejo,
de que me cumpla mis caprichos, de ser mejor que los demás, de tener poder más
allá que sobre usted mismo. Más bien con un “buena” que implique “necesario”, “consciente”,
“integral”. Por supuesto, vivir en una ciudad que aparte está en harta crisis
coloca estos conceptos en un nivel ridículo de perspectiva y casi inevitable
pensar que la vida es solo esto; pero si vivimos la vida sin tratar de entender
de qué se trata realmente, resistiéndonos a lo que ya es como es, no dejaremos
de sorprendernos con los inconvenientes que aparezcan o de encandilarnos emocionados
con luces y espejitos; no dejaremos de quejarnos de los demás ni de presumir de
la maravilla con mala suerte que somos. Hemos disminuido tanto el sentido de lo
afectivo, de lo intuitivo, de lo amoroso, para someternos, a veces muy placenteramente,
a los designios de la mente, ese espectacular obrero que se convirtió en jefe. Si
por una pequeña pantalla nos mostraran de qué se trata la existencia antes de
nacer y nos dejaran interiorizar que la vida tiene placer, dolor, crisis y equilibrio,
tal vez caminaríamos por estas calles con menos expectativas fantasiosas, con
menos escudos protectores, bien preparados para actuar ante una situación
compleja sin juicios ni prejuicios, confiando en que todo fluye y se resuelve
de una manera u otra, sin drama, sin gritería, solo con unos buenos ojos y
pecho abiertos. Pero no, no lo hacemos; tampoco quienes detentan el poder de
las pantallas y las páginas ayudan en eso de hacer que caminemos hacia la
conciencia, hacia lo que fluye naturalmente hacia su resolución. Por el
contrario, toda la vida parece ser un comercial de pólizas de vida, en la que debe
hacerse un gran esfuerzo para asegurar que las cosas salgan como queremos,
acumulando dinero, objetos, amigos, elogios, miedos, para luego sí, ser felices. Somos androides sicópatas
muy bien hipnotizados durante años, que sin mediar palabra, cerramos los oídos
y seguimos defendiendo sin pausa y a ultranza a nuestro malvado amo invisible. La
vida parece llamada a ser una caricatura de la mente sobre qué tan emocionado
puedo estar y no qué tan integrado estoy al momento presente como lo único que
existe, en lugar de pelear con lo que pasó o con lo que pasará y, aunque
parezca el mismo taquititaqui de
siempre, la vaina parece ser verdad.
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