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lunes, 24 de febrero de 2020

Me siento solo

Me siento solo. La verdad es que me siento bastante solo. No soporto los momentos de silencio que me brinda esto de vivir así. Más bien quisiera tomar de la mano a alguien el sábado por la noche, recibir caricias el domingo en la mañana, sonrisas y ternura al alcance de la mano, pues. Que cada día me espere en casa para preguntarme cómo me fue en mi día. Alguien que caliente mi cama en las noches y le quite este frío a los lados. Cómo me gustaría presentarla a mis compañeros, mostrarle mis fotos de los viajes y una que otra de la cotidianidad traviesa en la que seguro estaría sumido con ese amor hasta ahora ficticio. Pero pasa que mientras escribo, al finalizar cada coma, cada punto y aparte, me doy cuenta que no estoy dispuesto a intercambiar con nadie, sino que voy solo a pedir. Al parecer, alguna esquina de mi conciencia me ilumina hoy y me dice que soy una esponja seca y desesperada dispuesta a extraer todo lo que se me arrime; que no estoy dispuesto a colaborar, a compartir, a negociar, a crecer en compañía. En este punto del texto ya me convencí de que mejor me quedo tranquilito y reflexiono sobre el asunto antes de salir a depredar a la primera inocente que se fije en mí… mira que vivir así es una manera dolorosa pero segura de vivir en libertad, y eso de hacer lo que a uno le da la gana no lo voy a perder.

martes, 4 de febrero de 2020

Ya no siento culpa

Ya no siento culpa. Ya no siento el peso del pasado sobre mi espalda. Lo que hice y dejé de hacer quedó en un nivel de conciencia que ya no existe y ahora, desde este punto de vista privilegiado, logrado después del sufrimiento, tengo una mejor perspectiva de la cosas. Hice daño, lo sé, y estoy dispuesto a tomar la responsabilidad en ese respecto. Sonará cruel el cliché, pero lo pasado ya pasó y no puedo hacer nada ahorita que no sea reconocerlo y disculparme con la seriedad del caso: Así lo haré. No sé cuándo ocurrió; el despertar ante la culpa se presentó sin avisar y por casualidad, y con solo ver el episodio de nuevo, me di cuenta de que no me afectaba como antes lo hizo, que no me carcomía como antes lo hacía. El dolor cesó y dio paso a la tranquilidad que descubro ahora. Al parecer, en algún momento y sin saberlo, tuve una conversa adulta con el susodicho fantasma de la culpa y llegamos al arreglo de no molestarnos más. Tal vez… se me ocurre… es a eso a lo que llaman perdonarse.