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lunes, 8 de junio de 2020

Juventud, dulce enfermedad

Juventud, dulce enfermedad. Tiempo de libertad disputada, incomprendida por otros. Despliegue grosero de habilidades mentales recién adquiridas todavía en formación, pero que defendemos como si fuese la verdad última a entregar al mundo negligente, siempre opuesto. Desinterés por estadísticas de cuántos fallaron por hacer las cosas exactamente como se planean ahora. Arrojo increíble para apostar a perder porque sí, porque parecería debilidad, “porque no puedo echar patrás”. Jueces y verdugos invencibles del resto del mundo. Malabar peligrosísimo con el concepto de dignidad, amor y libertad. Gríngolas que no dejan ver para los lados, reduciendo el panorama a una necedad infinita.
Pero no me pondré fastidioso. No trataré de detenerte porque yo caminé por ese mismo camino de espinas voluntarias y ahora me parece que cada quien debe vivir de esa enfermedad que solo se quita con el pasar de los años. Como dijo Sentimiento: “Sin sombra no hay luz”.



jueves, 27 de febrero de 2020

Ejercicios por la vida

Ejercicios por la salud. Ya no es ejercitar el cuerpo para agradarle a la persona especial. Ya no es esforzarse físicamente para ser aceptado en el grupo de amigos. Ya no es, ni siquiera, entonar los músculos para enfrentarse a cualquier situación que requiera firmeza corporal. Ahora son sentadillas y elongaciones para estirar la duración de nuestra existencia. Ahora son flexiones calculadas cuidadosamente para llegar al mínimo aceptable para la edad, para la contextura. Ahora son instantes que se tornan eternos en eso de acelerar el corazón, de calentar las piernas, la espalda, el cuello, bajo el yugo del miedo. Parece que es un nuevo escenario para luchar por la vida, para poder levantarse, andar y recostarse sin dolores, sin crujidos que asusten, sin puntadas que despierten la morbosidad hipocondriaca. Es, gracias a estas maromas, que podríamos dormir y descansar para que la hipertensión, el sistema inmunológico y por supuesto, el ánimo, no la agarren contra uno mismo y en contra quienes nos rodean y nos han visto, en estos últimos años, perpetrar todos los desastres mentales y alimenticios que hemos tenido a mal llevar a cabo. Así que, ante la evidencia de que todas estas dolencias son consecuencia de nuestra reciente inconciencia voluntaria y tu gente lo sabe y se ha encargado de ti en cada momento, bueno, ¡a pararse y a ponerse en forma, zagaletón!

sábado, 10 de agosto de 2019

Libertad estúpida

Me hablas de vives con libertad plena, pero no puedes hacer lo que quieres. Casi me gritas que haces lo que te da la gana, pero cada día luces más ansioso. Me enumeras “sistemas que funcionan”, pero cada vez luces más enfermo, más preocupado. Me echas en cara que el afecto es un estorbo, que es totalmente prescindible al momento de perseguir tus sueños, pero tu mirada y tu risa nerviosa te delatan ausente. La verdad no se qué te pasa, pero ya no te reconozco como el cerro de simpatía y disposición que eras antes; “antes” de no sé qué te picó y te enfermó gravemente de “proyectitis” a ultranza. Creo que no te quieres quitar esos anteojos de una sola perspectiva mientras te hundes entre tus conceptos y planteamientos que de ninguna manera creo que sean una locura: la locura es ponerlos a la vanguardia de cada amanecer.

miércoles, 5 de junio de 2019

Ganaron mis emociones

Ganaron mis emociones. Después de tanto tratar de hablar por las buenas, de negociar con ellas para poder mantener un equilibrio emocional, fui derrotado por su locura, por su recurrencia, por su inestabilidad. Ya no me queda más remedio que explotar cuando sienta la injusticia, deprimirme cuando me sienta triste y alegrarme por cualquier pendejada. Se acabó el chance que le di a la conciencia profunda de tomar el control sobre mis pensamientos. No habrá consideración posible ante el próximo incidente porque tomaré el arma que tenga a la mano y la blandiré para defenderme como sea, caiga quien caiga. El arrepentimiento ligero y repetido será mi único instrumento cada vez que meta la pata miserablemente, igualito cada vez, porque es que a mí nadie me va a joder. Entonces, poco a poco, con cada explosión, sentiré cómo las glándulas, las vísceras y los órganos, se retuercen y dan lugar a la enfermedad degenerativa e implacable que me da miedo nombrar. ¿Que por qué insisto? Porque es que nadie va a estar por encima de mí y va a hacer lo que le da la gana mientras yo esté aquí. ¿Entendiste?

lunes, 4 de marzo de 2019

Amor: expresión hasta la muerte.

Ahora no puedo hablar. Solo puedo mover los dedos de mi mano derecha y levantar el brazo hasta el codo para señalar, asentir o negar sobre lo que escucho o percibo de cualquier otra manera. En mi cama, sin fuerzas ya para incorporarme, todavía puedo asir un lápiz y escribir brevemente lo que vaya más allá de un sí o un no. Mi mirada es mi mayor cómplice en eso de la comunicación. Y así va todo. Las carcajadas, gritos y reclamos airados de mi juventud y mi adultez se van decantando por cada vez menos posibilidades de ser exactas, fieles —ya ni hablar de adornadas o elegantes— como solían ser. Aun así, en este estado de casi total parálisis, siento que puedo expresar lo que quiero sin mayores dificultades: siempre acabo por decir lo que quiero decir. La expresión, más que sobrevivir, subsiste, y no porque lo que haya que decir sea poco o poco complejo, sino porque las conclusiones se parecen cada vez más entre sí. Me he fijado que, independientemente del tema, uno llega, casi invariablemente, al mismo desenlace. Es como caer en cualquiera de los lados de un embudo, para dar vueltas y vueltas y salir siempre por el agujerito final: el amor. Todo parece apuntar siempre al amor o a su ausencia. Creo que el amor es analfabeto en ocasiones, y su expresión muda, sorda o ciega, cuando ocurre, es fácil de entender para quienes están a su mismo nivel de analfabetismo: sin mucha técnica, sin mucha academia, sin mucho aspaviento. Es lo que me hace seguir, estar, sonreír. El amor de quienes me rodean, cada quien a su momento, a su manera y en estos días de poco hablar, hacen que en la mayoría de las ocasiones, mejor me olvide del lápiz y me pegue al calor de sus manos.