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lunes, 17 de febrero de 2020

Moriré en el asfalto

Moriré en el asfalto. No por mi familia, no por un amigo, no por la patria… en el asfalto. Me parece un precio justo por disfrutar de la velocidad y la libertad que me brinda mi máquina. Es un precio justo por zigzaguear entre los obstáculos emocionantes y a veces impredecibles de la carretera. Es tan excitante que no lo cambiaría por nada, ni siquiera por disfrutar mi vida longeva o por compartir con mi familia el crecimiento de los muchachos. No. Moriré de un tremendo carajazo, en seco, sin casco, sin cinturón y quién sabe si acompañado —pa no irme solo—; o tal vez deslizándome antes durante unos segundos apoteósicos antes de que el camión que venga atrás detenga mi corazón. No será cualquier cosa, no pasará desapercibido el hecho. Moriré regado en la carretera, iniciando una cola de curiosos que pasen y vean mi cuerpo retorcido e incompleto, después de haber decidido, muy rápidamente, que el tipo de al lado no se saldría con la suya.

domingo, 4 de agosto de 2019

Un Ferrari pa cargar cemento

Se nos entregó el cuerpo al nacer. Tremenda máquina. Perfecta para cada necesidad que se presente más adelante. Ese equipo sofisticado irá haciendo poco a poco equipo con la mente y un tal espíritu con la finalidad de mantener un equilibrio perfecto mientras estemos en este mundo, por cierto, hasta que acaben sus funciones. Recibimos, pues, un mecanismo de alto rendimiento: recibimos un Ferrari. No es cualquier cosa esa. Pero la cuestión se desvía sin esperar muchos años. Muy pronto, ponemos al Ferrari a ir al mercado, lo usamos para subir al Ávila, y hasta para cargar cemento. Usamos ese maquinón, ese portento de la tecnología, para fines que no son acordes con su funcionamiento, lo que sin sorprender mucho lo lleva a fallar de esto, de aquello, hasta llegar, después de algún tiempo, a una carcacha que tiembla, que tiene ruidos extraños, que ya no parece el Ferrari de agencia que se nos otorgó. Creo que nos descuidamos con esa nave. Es más, creo que nunca entendimos bien para qué servía y menos, cómo servirle, por lo que después de tanto camino inhóspito, después de tanta tarea insólita, después de tanto perder la dirección indicada, un buen día, y en medio de la tristeza y el miedo, lo que quedaba del Ferrari, se apagó, como diríamos nosotros: de repente, “sin avisar”.