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jueves, 13 de febrero de 2020

Nos perdimos y caímos aquí

Nos perdimos y creamos las ciudades. Nos perdimos e inventamos las ciencias. Nos perdimos y creamos un mundo de colores y distracciones. Nos perdimos y algunos, en la búsqueda del camino correcto, se inventaron otras cosas igual de complicadas e injustas que esto. Nos perdimos y ahora somos muy inteligentes. Perdidos y todo, mandamos cohetes al espacio, tomamos fotos desde los satélites, inventamos la cura para enfermedades causadas por nosotros mismos. Todos unos genios, pues. De lo que nadie habla, en medio de este parque de diversiones y del éxito-según-algunos, es de ese dolorcito que siempre sale a flote en la noche, en el silencio después del circo diario. Lo que nadie conversa por cierta vergüenza tapada es de esa eterna inconformidad con la vida que siempre cargamos encima, de ese apego enloquecido a los objetos, a las personas o a las situaciones. Parece que algo falta, pero lo disfrazaremos de nuevas metas, de nuevos logros por delante, de nuevas brillanteces por alcanzar, mientras luchamos, en la madrugada, con el fantasma del camino original del que nos desviamos una vez y por lo que estamos ahora aquí, perdidos siempre, tristes siempre, distraídos siempre.

martes, 18 de junio de 2019

Tú también pasarás

Todo transcurre. Todo fenece. Todo pasa. Lo bueno pasa, lo malo pasa, lo aburrido pasa. Todo es efímero, incluso si dura décadas. Y mientras ese desfile de cosas, situaciones y personas pasa frente a nosotros, como niños caprichosos y pretensiosos, queremos tenerlas, que sean nuestras, para siempre, claro. Cuando logramos atenazar algunas de esas maravillas de las que nos enamoramos, las amarramos a la pata de la cama o la encadenamos a un poste para que no se vayan o se acaben nunca, y allí comienza nuestro acto de irresponsabilidad preferido, que es poseer. Y como toda ilusión, más tarde se desvanecerá ante nuestros ojos, ante nuestra presencia patológicamente berrinchuda y empeñada en conservar lo que nunca fue nuestro. En el mejor de los casos, luego nos daremos cuenta de que cuando lo “teníamos”, cuando era “nuestro”, lo que hicimos fue encerrarlo, contar de nuestra hazaña, temer que nos lo quitasen y finalmente esconderlo hasta que desapareció. Todo un cuadro de demencia que se antoja colectivo, contagioso, pandémico. Y así va nuestra civilización, la del éxito, la competencia, la de atesorar, la del ego inmediatista, creando superproducciones de ilusionismo puro que invariablemente terminarán en tragedia, una y todas las veces que nos dejemos arrastrar como borregos fritos al juego de luces de mentira. Mientras, seguimos abrazando con apego enfermizo cada partícula que viene y va, sin imaginar que si nos diéramos el permiso de vivir las situaciones conscientes de su temporalidad, sin apegos o emociones dañinas y ridículas, podríamos disfrutarlas sin el temor de que nos sean arrebatadas, de que se acaben. Mejor las vivimos, plenamente, agradeciendo su presencia por haber pasado cerca, por haberse quedarse un rato y compartir con nosotros la plenitud y el desenfado, con felicidad verdadera, porque créeme: tú también pasarás.

miércoles, 3 de abril de 2019

Loco, de una buena vez

Quiero volverme loco de una buena vez. Estos ataques de cordura me están constando muy caro. Las estructuras diseñadas por la sociedad para entrar en el estándar, ser sensatos y exitosos me están matando. Siento que el cemento, la electrónica y la corredera me están quitando segundos de mi existencia. El hacer y hacer le ha ganado tanto terreno al ser, que me he convertido en una máquina ejecutora, cumplidora, imparable e insaciable, mediocre y ávida de un futuro que no aparece nunca. Por cierto, el combustible para mantener el ritmo requerido ya se me antoja inalcanzable. Me repito que quiero satisfacer mis necesidades, pero no sé lo que necesito realmente; y en medio de esa ceguera, me sigo atiborrando de basura, quedando mis ojos, mi estómago, mi mente y el resto de mi cuerpo como un vertedero gigantesco de desperdicios, pesado, inútil y a la vez inquietante que no me deja avanzar en la dimensión que ahora realmente me interesa: mi alma.