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domingo, 31 de marzo de 2019
A su orden, patroncito
sábado, 30 de marzo de 2019
La gotera
Unos minutos
después de comenzar la lluvia, se pudo ver claramente: había una gotera que
caía en medio de la sala. Inmediatamente, los cinco hijos de la doña,
profesionales entusiastas todos, comenzaron a vislumbrar la posible solución al
inconveniente. No dejaba de llover. No dejaba de caer. Desde el de menor edad al
de mayor, cada hermano opinó y hasta con croquis para justificar tantos años de
universidad. Después de ningunear a los viejos —sus padres—, les dijeron que se
quedaran tranquilos, que ellos se encargarían. Pasaron las horas de algunos días
y los muchachos, entusiastas por el no tan nuevo reto y con los pies ya en un
pozo, zigzagueaban entre la física, la química y la matemática; entre la
evaporación y los vasos comunicantes, entre ventiladores y aspersión; pero las
pruebas arrojaban cada vez el mismo resultado. Los padres advertían que el agua
estaba subiendo su nivel, pero entre disertaciones, discusiones y hasta peleas de
pelo mojado, los vástagos los volvían a apartar de la “zona cero”. Decidieron los
doctores buscar ayuda afuera, pero no se consiguió el aporte esperado. Ya la
sala parecía un campo de batalla perdida, y entre una y otra exclamación, el padre,
fastidiado de tanto empecinamiento, subió al techo y aplicó un parcho de
asfalto con su dedo sobre el agujero, tapando así la gotera al instante. Bajó,
recogió su bastón y se volvió a sentar con su vieja en el sofá. Después de
mirar fijamente al techo por unos segundos, los “muchachos” no solamente no reconocieron
la efectividad de la intervención de Venancio, si no que fue criticado despiadadamente
por “la falta de metodologías en los procedimientos técnicos utilizados”.
Mequetrefes insalubres.
viernes, 29 de marzo de 2019
No entiendo la canción, ¿y qué?
Te ríes
de mí porque dices que no entiendo esa canción y que sin embargo tengo esta cara
de poesía. Déjame decirte que no se trata de entender la canción, sino de
sentir lo que siento. De hecho, tú la entiendes y no te gusta. Fíjate en mi
caso, por ejemplo, escuchando esa canción puedo recordar a mi primera novia y a
mis amigos del pasado. Esa canción me recuerda una parte muy importante de mi
vida y no estoy dispuesto a desechar ese recurso afectivo solo por la razón de
no entender exactamente lo que dice. Puede ser en inglés, italiano, portugués o
francés, igual arrugaré el ceño y la cantaré como pueda, como quiera. Puede hablar
de calamidades sociales, de ideales políticos, de tragedias personales, pero a
mí solo se me viene a la mente a mis primos y a mí jugando de niños en el campo.
Así que si quieres engordar tu ego resaltando mi tremenda falla de
decodificación, es muy posible que te mande a lavar tu fundillo.
Generación en el banquillo
Esta generación
de adultos, según dicen, no sirve. De hecho, de esta generación parriba, como
que no entran en el juego de construir. Afirman que ya absorbimos toda la
información desatinada que pudimos y a la hora de afrontar las situaciones
adversas, no valemos ni medio. Dizque los prejuicios se convirtieron en nuestro
juicio. Dicen también que los miedos inyectados por tantos años se convirtieron
en los principios rectores de nuestras vidas. Muchos no creen en nosotros
porque, según ellos, el molde ya hizo su trabajo y puede ser que no cambiemos
porque no lo creemos necesario o incluso posible. Si eso es así, es muy
lamentable, sobre todo porque los niños, quienes sí parecen la salvación del
futuro, el camino de vuelta a la vida, son hijos nuestros, es decir, hijos del
miedo, del prejuicio y la indiferencia.
jueves, 21 de marzo de 2019
Mi próxima interpretación
Aprovecharte antes de que te vayas
miércoles, 20 de marzo de 2019
Laberinto fecal
martes, 19 de marzo de 2019
Buscar en la calle...
Tu madre
¡Pa bueno yo, chico!
No podemos
separar a los buenos de los malos. Debemos
convivir todos juntitos, porque comenzando siendo familia. Pero, ¿cómo se podrá
hacer eso? Porque hasta ahora ha sido todo un desastre en todos los sentidos.
¿Cómo mantener a los malos a raya y no dejar que hagan lo que hacen y ser aún
peores? Las cárceles están llenas y no arreglan a nadie; los sanatorios tampoco
sanan a esa gente desajustada, y aunque sean minoría, cada vez son más y tienen
más poder. Nosotros en cambio, los buenos, de parque en parque, de iglesia en
iglesia, de margarita en margarita, ya no sabemos qué hacer. Los malos nos
acusan de muchas cosas, entre ellas, de inconscientes, de indiferentes, de
tontos útiles, de cómplices silenciosos. ¡Pero nada más lejos de la verdad! Si más
bien estamos tratando de preservar la bondad que hay en nosotros en este mundo
cada vez más terrible, sucio, corrupto, protegiendo a nuestras casas con las
rejas más gruesas, a nuestros hijos con las mentiras más convincentes y con los
prejuicios más irrefutables. Nuestro sistema es perfecto, casi inexpugnable, pero
esa gente, los malos, nunca lo entenderán y arremeterán en su contra porque son
brutos, flojos y malintencionados sin razón alguna.
¡Y me arreglas ese desorden!
viernes, 15 de marzo de 2019
Es tiempo de ver la hora
jueves, 14 de marzo de 2019
Todos los errores de una vez... ¡Toditos!
¡Respeta, carajo!
lunes, 4 de marzo de 2019
Amor: expresión hasta la muerte.
Ahora no puedo hablar. Solo
puedo mover los dedos de mi mano derecha y levantar el brazo hasta el codo para
señalar, asentir o negar sobre lo que escucho o percibo de cualquier otra manera.
En mi cama, sin fuerzas ya para incorporarme, todavía puedo asir un lápiz y
escribir brevemente lo que vaya más allá de un sí o un no. Mi mirada es
mi mayor cómplice en eso de la comunicación. Y así va todo. Las carcajadas,
gritos y reclamos airados de mi juventud y mi adultez se van decantando por
cada vez menos posibilidades de ser exactas, fieles —ya ni hablar de adornadas
o elegantes— como solían ser. Aun así, en este estado de casi total parálisis,
siento que puedo expresar lo que quiero sin mayores dificultades: siempre acabo
por decir lo que quiero decir. La expresión, más que sobrevivir, subsiste, y no
porque lo que haya que decir sea poco o poco complejo, sino porque las
conclusiones se parecen cada vez más entre sí. Me he fijado que, independientemente
del tema, uno llega, casi invariablemente, al mismo desenlace. Es como caer en
cualquiera de los lados de un embudo, para dar vueltas y vueltas y salir
siempre por el agujerito final: el amor. Todo parece apuntar siempre al amor o
a su ausencia. Creo que el amor es analfabeto en ocasiones, y su expresión
muda, sorda o ciega, cuando ocurre, es fácil de entender para quienes están a
su mismo nivel de analfabetismo: sin mucha técnica, sin mucha academia, sin
mucho aspaviento. Es lo que me hace seguir, estar, sonreír. El amor de quienes
me rodean, cada quien a su momento, a su manera y en estos días de poco hablar,
hacen que en la mayoría de las ocasiones, mejor me olvide del lápiz y me pegue
al calor de sus manos.
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