Espero que te guste el contenido. Para sugerencias, objeciones, protestas o propuestas, escribe a "leonardo.rothe@gmail.com"
Mostrando entradas con la etiqueta experience. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta experience. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de marzo de 2020

¿Adónde nos lleva el rastro?

Se me ocurre que somos ahorita el resultado inevitable de lo que hemos vivido. Se me antoja que cada alegría, cada desengaño, cada reflexión, cada esperanza, cada acontecimiento del pasado terminaron por moldear lo que somos hoy, a esta hora. Y si así fuera, se podría decir que cada cosa que decidimos hacer o dejar de hacer, pensar o dejar de pensar, forma parte de nuestra percepción actual de la vida. Es decir, que si quitáramos o pusiéramos algo distinto en esa experiencia pasada, el resultado sería distinto al que tenemos hoy. Parece lógico; de hecho, parece impecable. Aparenta ser que todo lo que ocurre es el producto perfecto de lo que ha ocurrido, de las circunstancias, de las decisiones, de las omisiones. Eso querría decir que cada cosa que no nos gusta proviene de causas que lo dictaron así y habría que observar con atención esas causas y claro, nuestra percepción para el momento. ¿Y qué podríamos hacer, si toda la existencia está regida por antecedentes? Bueno, podríamos ensayar —como en las películas— cambiar las cosas ahora, cuando se puede, para que después resulten mejor, más satisfactorias… al menos quedar nosotros más conformes. Y habría que hacerlo ahora mismo, porque el futuro termina con la muerte: con nuestra muerte. Habría que hacerlo ahora porque es cuando siguen fraguándose las causas de lo que resultará después. En otras palabras: siguiendo el rastro de pasado siempre llegaremos adonde estamos caminando ahora mismo. No sé ustedes, pero veo que en las películas, al momento de morir, el tipo siempre se arrepiente de lo mismito… ¿será que vamos a terminar igual que ese mequetrefe?

miércoles, 31 de julio de 2019

No van a cambiar

No van a cambiar. No importa cuánto lo quieras. No importa cuán bienintencionados seas. No van a cambiar. Casi que no importa que veas el peligro acercarse, mira, te juro por este puño de cruces que no debes intervenir. Sé que es difícil. Incluso, sé que en ocasiones es inevitable, pero como dijo el poeta: ese no es peo tuyo. Así que deja de insistir en cambiar a los demás. Deja de esperar cosas distintas de los otros solo porque tú las adviertas, porque tú las reconozcas, porque tú las viviste. Así como tú aprendiste a detectar los peligros y a evitarlos en el futuro, todos los demás tienen el derecho de ganar la convicción que da la experiencia. No creas que apartarse de vez en cuando es falta de amor; por alguna razón que uno considera inicialmente retorcida, dejar que los demás caigan para verlos recuperarse, es una conducta amorosa. Quién sabe, más bien, si el otro no cae o se recupera mejor de lo que pensabas y hasta aprovechas y cambias tú. Así que… ¡quieto ahí!

viernes, 31 de mayo de 2019

Crecer a los carajazos

Crecer. Tan lindo que suena y tanto que duele. Si crecer “normalmente”, en buen entorno, a su tiempo, a su ritmo, promete algunos ganchos de derecha al hígado, ¿qué se podría esperar de un crecimiento tormentoso, a destiempo, apurado, por la falta de herramientas de quienes tienen la honrosa tarea de orientarnos para enfrentar la vida más adelante? En nuestro descargo, pensemos que crecer a los carajazos es la compresión del regalo que implica ponernos frente a frente, precozmente y en forma intensiva, con lo que en una vida chévere ocurriría en el transcurso de varios años. Solo hay que aguantar uno que otro trauma, saltar uno que otro muro, omitir una que otra frustración de no haber vivido la inocencia en el plazo previsto por una crianza totalmente amorosa. Y así, pues, habremos aprobado, a una edad tierna, mucho antes de lo esperado, el examen de poner todo en perspectiva. Podremos, quién sabe, recostarnos a un lado del camino durante un rato, con esos boletos bien ganados y sin sobresaltos, a ver pasar los acontecimientos con una óptica fresca, limpia y en paz.

jueves, 14 de marzo de 2019

Todos los errores de una vez... ¡Toditos!

Necesito cometer todos los errores de una vez. Es urgente. Quiero errar todo lo que deba o pueda antes de que sea tarde. El tiempo pasa y no veo acción. Mis pasos no van lo suficientemente rápido como para equivocarme y poder aprender la lección… aunque sea una. Cada día que pasa acertando y restregándole a los demás lo arrecho que soy es un día perdido para el crecimiento. La voy a pagar, lo sé. Si sigo como voy, el golpe de frente será más fuerte y temo morir en el evento. No he aprendido nada por la vía de la crisis, del gazapo, de esa fuente invencible de bienestar futuro que es la inconsciencia. Ahora todo se reduce al gobierno de la petulante teoría que me acompaña parriba y pabajo, sin haber encontrado en mi camino el carajazo que me hará despertar, por primera vez, ante la realidad que se me hace esquiva y hasta imposible de conocer. Se me hace tarde, dije, y sigo siendo el niño lindo sin cicatrices que nunca se cayó, que no lloró, que no sintió miedo porque creyó que se las sabía todas. Se me hace tarde y viene el amanecer de otro terrible día con aciertos vacíos, sin convicción, sin la veracidad deliciosa que brinda caerse de culo y volver a pararse.