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lunes, 1 de julio de 2019

Creo que te vas

Veo tus ojos llenos de lágrimas, pero tu boca muestra una sonrisa que derrama felicidad, agradecimiento, despedida. Contemplas por la ventana las luces infantiles de la tarde en rojo y naranja. A veces bajas la vista, como para terminar de digerir lo que tus ojos se apresuran a recoger, como para pensar en algo. Sin que lo sepas, te veo mirarme fijamente, recorrer la casa. Caminas por el patio, como grabando en tu cabeza las últimas fotografías. Hace rato saliste a la calle, frente a la casa, saludando a los vecinos sin hablar, solo con tus manos viejas, tan experimentadas en las caricias y en nuestra orientación como en el trabajo duro. No me has dicho nada, pero creo que te vas. Creo que nos dejas. No forzaré la barra para saber, porque nunca sirve de tanto. Te sentaste hace un ratico en tu mecedora ya quieta, de espaldas a este rincón, a seguir mirando cómo baja el sol, cómo se apaga el día. En medio de mi respiración recortada, ya no tengo dudas: estás diciendo adiós sin decirlo con los labios ni con los ojos, sino con tu pose cada vez menos temblorosa de “listo para el viaje”. Bueno, viejo, ni modo, ya tus manos descansan: nos vemos más tarde.

sábado, 30 de marzo de 2019

La gotera

Unos minutos después de comenzar la lluvia, se pudo ver claramente: había una gotera que caía en medio de la sala. Inmediatamente, los cinco hijos de la doña, profesionales entusiastas todos, comenzaron a vislumbrar la posible solución al inconveniente. No dejaba de llover. No dejaba de caer. Desde el de menor edad al de mayor, cada hermano opinó y hasta con croquis para justificar tantos años de universidad. Después de ningunear a los viejos —sus padres—, les dijeron que se quedaran tranquilos, que ellos se encargarían. Pasaron las horas de algunos días y los muchachos, entusiastas por el no tan nuevo reto y con los pies ya en un pozo, zigzagueaban entre la física, la química y la matemática; entre la evaporación y los vasos comunicantes, entre ventiladores y aspersión; pero las pruebas arrojaban cada vez el mismo resultado. Los padres advertían que el agua estaba subiendo su nivel, pero entre disertaciones, discusiones y hasta peleas de pelo mojado, los vástagos los volvían a apartar de la “zona cero”. Decidieron los doctores buscar ayuda afuera, pero no se consiguió el aporte esperado. Ya la sala parecía un campo de batalla perdida, y entre una y otra exclamación, el padre, fastidiado de tanto empecinamiento, subió al techo y aplicó un parcho de asfalto con su dedo sobre el agujero, tapando así la gotera al instante. Bajó, recogió su bastón y se volvió a sentar con su vieja en el sofá. Después de mirar fijamente al techo por unos segundos, los “muchachos” no solamente no reconocieron la efectividad de la intervención de Venancio, si no que fue criticado despiadadamente por “la falta de metodologías en los procedimientos técnicos utilizados”. Mequetrefes insalubres.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Hola, Julián


Recuerdo que de niño tenía un amigo con quien conversaba de vez en cuando, desde mi timidez; de quien escuchaba historias muy entretenidas, al  punto de perder la noción del tiempo. Era el viejo Julián, quien era un vecino nuestro a eso de mis diez años. Julián murió luego, después de que nos mudamos, dejando ese mal sabor de la pérdida de alguien que se alegraba cuando te veía sentado enfrente de la casa y se sentaba a tu lado como el mejor de los amiguitos. Julián era como un maestro en mis tiempos libres; mientras mis padres estaban trabajando y llegaban en la noche al barrio a dedicarme sus minutos de amor cansado, ya Julián había hecho parte del trabajo. Recuerdo que en esas aproximaciones a monólogo del viejo se comenzaban a mostrar algunos valores, como la honestidad y la solidaridad. La simpatía pedagógica de mi amigo era, pensándolo ahora, su herramienta para colaborar con mi crianza, para dejar muy cerca de mí algunas opciones a utilizar en el futuro. Ya Julián no está, pero muchas de sus enseñanzas permanecen útiles en mi camino… cosa que siempre agradeceré. Por cierto, recordándolo ahora y sin preguntarle a mis viejos o a los vecinos de entonces, no supe nunca la religión de Julián, su tendencia política, sus preferencias filosóficas; seguro las tenía, porque a veces lo veía discutiendo con los otros  viejos en términos no entendibles para mí. Lo único que sé es que al momento de hablar, Julián poseía el don de maravillar a un niño de diez años con la idea de hacer el bien; y yo, en retribución, le dedicaba mis momentos libres de prejuicio a aquel vecino que la vida me regaló.

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