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lunes, 1 de julio de 2019
Creo que te vas
sábado, 30 de marzo de 2019
La gotera
Unos minutos
después de comenzar la lluvia, se pudo ver claramente: había una gotera que
caía en medio de la sala. Inmediatamente, los cinco hijos de la doña,
profesionales entusiastas todos, comenzaron a vislumbrar la posible solución al
inconveniente. No dejaba de llover. No dejaba de caer. Desde el de menor edad al
de mayor, cada hermano opinó y hasta con croquis para justificar tantos años de
universidad. Después de ningunear a los viejos —sus padres—, les dijeron que se
quedaran tranquilos, que ellos se encargarían. Pasaron las horas de algunos días
y los muchachos, entusiastas por el no tan nuevo reto y con los pies ya en un
pozo, zigzagueaban entre la física, la química y la matemática; entre la
evaporación y los vasos comunicantes, entre ventiladores y aspersión; pero las
pruebas arrojaban cada vez el mismo resultado. Los padres advertían que el agua
estaba subiendo su nivel, pero entre disertaciones, discusiones y hasta peleas de
pelo mojado, los vástagos los volvían a apartar de la “zona cero”. Decidieron los
doctores buscar ayuda afuera, pero no se consiguió el aporte esperado. Ya la
sala parecía un campo de batalla perdida, y entre una y otra exclamación, el padre,
fastidiado de tanto empecinamiento, subió al techo y aplicó un parcho de
asfalto con su dedo sobre el agujero, tapando así la gotera al instante. Bajó,
recogió su bastón y se volvió a sentar con su vieja en el sofá. Después de
mirar fijamente al techo por unos segundos, los “muchachos” no solamente no reconocieron
la efectividad de la intervención de Venancio, si no que fue criticado despiadadamente
por “la falta de metodologías en los procedimientos técnicos utilizados”.
Mequetrefes insalubres.
viernes, 23 de septiembre de 2011
Hola, Julián
Recuerdo que de niño
tenía un amigo con quien conversaba de vez en cuando, desde mi timidez; de
quien escuchaba historias muy entretenidas, al
punto de perder la noción del tiempo. Era el viejo Julián, quien era un
vecino nuestro a eso de mis diez años. Julián murió luego, después de que nos
mudamos, dejando ese mal sabor de la pérdida de alguien que se alegraba cuando
te veía sentado enfrente de la casa y se sentaba a tu lado como el mejor de los
amiguitos. Julián era como un maestro en mis tiempos libres; mientras mis
padres estaban trabajando y llegaban en la noche al barrio a dedicarme sus
minutos de amor cansado, ya Julián había hecho parte del trabajo. Recuerdo que
en esas aproximaciones a monólogo del viejo se comenzaban a mostrar algunos
valores, como la honestidad y la solidaridad. La simpatía pedagógica de mi
amigo era, pensándolo ahora, su herramienta para colaborar con mi crianza, para
dejar muy cerca de mí algunas opciones a utilizar en el futuro. Ya Julián no
está, pero muchas de sus enseñanzas permanecen útiles en mi camino… cosa que
siempre agradeceré. Por cierto, recordándolo ahora y sin preguntarle a mis
viejos o a los vecinos de entonces, no supe nunca la religión de Julián, su
tendencia política, sus preferencias filosóficas; seguro las tenía, porque a
veces lo veía discutiendo con los otros
viejos en términos no entendibles para mí. Lo único que sé es que al
momento de hablar, Julián poseía el don de maravillar a un niño de diez años
con la idea de hacer el bien; y yo, en retribución, le dedicaba mis momentos
libres de prejuicio a aquel vecino que la vida me regaló.
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