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jueves, 7 de enero de 2021

Día de parada social

Día de parada social. Tomaré un día de la semana y haré valer mis principios más individuales, de hecho, los más egoístas y mezquinos. Una vez instaurado el Día de parada social, deberán ustedes estar seguros de si contactarme ese día o no, dado que los perros andarán sueltos. Pero no será para mal, necesariamente. La bondad no estará excluida. Lo que andará suelto será la honestidad en su modo más crudo. Ese día no observaré las reglas sociales, los filtros que normalmente se utilizan ante situaciones con otra gente o las mentiras blancas que todo solucionan a corto plazo. En este día no te serán de utilidad los favores pendientes, las deudas causadas o mis remordimientos de conciencia. Podría ese día ser de máxima utilidad si quieres saber lo que pienso de ti o de tus cosas, de hecho y por el contrario, podrías conocerme tal como soy y enterarte de que te quiero que jode. Ojo, no te servirá de ningún modo hablar de otras personas para ver qué me sacas porque lo detectaré y de nuevo: te diré lo que pienso de ti. Por supuesto, ese día haré lo que me dé la gana: dormiré, leeré, escribiré, beberé, saldré adonde quiera sin tener que dar cuentas al vigilante de turno. Como descargo, debo decirles que mis derechos llegarán hasta donde el derecho de los demás… y tal, por lo que no será un día para el vandalismo —no sé si lo entiendas así, dado que como nunca lo he hecho, podrías ofenderte—. Pues sí, para que no hubiese malos entendidos, quería que supieran que decidí tomar este día festivo como válvula para drenar el acartonamiento y el encadenamiento tan normales de esta vida tan elegante y civilizada en la que terminé pagando condena y que ahora, sin frenos posibles, se perfila como una cadena perpetua. 

miércoles, 20 de marzo de 2019

Laberinto fecal

Antes pudo haber solución, pero ya no. Mucho antes debió haber un panorama excelente para la creatividad, para ver qué se hacía con toda esa maravilla que teníamos enfrente, con toda esa fuente de oportunidades para ser feliz o, por si todavía no inventaban la dichosa palabrita, convivir tranquilos, en paz, en equilibrio con nuestra especie y con la naturaleza. Pero no: tuvimos que cagarla. Pero la calamidad no llegó rápido. Pasaron siglos, y como producto de nuestra mente requete avanzada y portadora de los peores miedos primigenios, metimos el primer pie en la mierda. Por el arte de nuestra magia soberbia, de nuestra prestidigitación insolente, lo complejo se convirtió en complicado. Mientras, por aquellos tiempos en que lo peliagudo y lo inteligente se pusieron de moda por primera vez, la mierda ya avanzaba por los caminos. Ella, la mierda, sin saber de qué se trataba todo, lo único que hacía era aumentar y caminar obligada por causa del hacer humano. Varios siglos después, por esta época de tanta modernidad, lucecitas y pantallas táctiles, cada uno de nosotros deambula por el progreso embarrado de mierda desde los talones hasta las orejas. Casi nadie se salva. Una historia repleta de obra y razonamiento elaborado hasta el hartazgo, con un nivel casi sobrenatural por parte de nuestros célebres y muy universales pensadores, acaban por no hacer más que argumentar en medio la mierda, convocar a sus seguidores al pozo de mierda y luego, en contra de quienes se dan cuenta del asunto, cambiar el rumbo de un mundo sumergido en la mierda —ah, vaina: ¡que lo cambian te digo!—. Así nacieron miles de teorías disfrazadas de leyes naturales que todos nos fuimos tragando: unos se comían algunas mientras los otros nos comíamos las otras con tanto apetito, con tanta ansiedad y desesperación que pasamos por alto el sabor de la mierda. Pues aquí estamos, viviendo lo menos malo, viviendo con la mayor de las suertes sin saberlo, decidiendo en qué salsa nos van a comer, mientras en las alturas siguen los mismos charlatanes de esta generación, de esta época, de todas las épocas anteriores, deslizando argumentos interesantísimos de cómo es que esto se va a arreglar. Pero es tarde. No deberíamos ignorar que ya estamos sumergidos en mierda hasta la coronilla, lo suficiente como para pensar en quitarnos la mierda en favor de un mañana pulcro y decente, sobre todo porque la mierda siempre se ha devuelto en deslave generoso.