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jueves, 1 de agosto de 2019

Tengo planes... para ti.

Ya tengo planes. Tengo unos excelentes planes… para ti. Yo soy tu padre. Yo soy mucho mayor que tú, tengo más vivencias. No estoy diciendo que soy mejor o más capaz que tú, pero yo sé lo que te conviene. Por eso y más, he confeccionado mi proyecto de vida… para ti. Vas a hacer esto, esto y lo otro. Cuando estés en esta situación, tienes varias opciones, pero tomarás esta. Así lo hice yo. No protestes, que yo sé de eso y tú todavía eres muy carajito. No estamos hablando de mis logros o de mis errores, estamos hablando de tu futuro; así que presta atención ¡y no seas respondón! Yo no quiero que seas cualquier pelafustán, como el vecino o como tu primo. “Yo sé” que tú eres capaz y puedes dar mucho de ti, así que ponte las pilas y hazme caso, que “vas a ser todo lo que yo no pude ser”, ¡perdón!, quise decir: vas a ser un tremendo profesional y demás. Fíjate que mi papá no sabía nada de lo que yo quería y yo tuve que escoger mi camino propio, ¡y por eso que es que yo sí sé cuál será tu camino! Oye a la voz de la experiencia para que no te arrepientas después… porque es que te vas a arrepentir, ¿oíste? después no digas que no te dije. ¿Qué? Sí, ya te entendí, vale: haz lo que te dé la gana.

domingo, 31 de marzo de 2019

A su orden, patroncito

A su orden, patroncito. A todo hay que buscarle un patrón, parece gritar esa vocecita a todo lo que pasa, a lo que se escucha, ¿y por qué no?, a todo el que se atraviesa. Y claro, ese patrón debe ser rígido, debe estar compuesto de partes que se unan y dibujen una forma conveniente para mí. Para eso, hay que encerrar todo en una categoría, hay que encajonar todo, ranquear todo. Cada cosa hay que situarla, muy sabiamente, en la gaveta correspondiente, en el cajón que merece y ahí se va a quedar para nuestra tranquilidad, para nuestra seguridad. La rutina será el poderoso paseo, el perpetuo desfile entre cajón y cajón, entre formas conocidas, entre temas dominados, bien cerrados. Nada parecerá dudoso cuando lo digamos nosotros porque será la expresión oral del inmenso gavetero que llevamos a cuestas en nuestras cabezas. Como ya nos encargamos de etiquetar y mutilar todo, de amarrar cosas, somos unos verdugos al momento de esgrimir argumentos absolutos, lapidarios, irrebatibles, por cierto, muy distinto a aquellos que hablan de relatividad, de contextos, de circunstancias, de transversalidad… esos, que son una partida de flojos y blandengues.

martes, 19 de marzo de 2019

¡Y me arreglas ese desorden!

Me gusta pensar que hay algún orden en este mundo, en este universo. Necesito pensar que es así. Me urge sentir que la vida no es solo este desfile azaroso de acontecimientos dictados por la mente mezquina del humano, que deja a un lado lo que paradójicamente, al final del día, al final de la vida, luce como lo más necesario. Tengo ganas de que haya un orden que rija todo este desastre aparente, que equilibre los desmanes de los villanos y egoístas, que haga fluir lo estancado y que dé paz a lo desbocado. Me parece analgésico saber que todo estará bien, que todo va a salir bien o, que al menos, lo justo y lo necesario tengan su lugar en el momento oportuno: pronto. Ya no estoy de acuerdo con el tiempo que tarda el aprendizaje y el sufrimiento que causa en otros mientras decido aprender. Pero bueno, debo reconocer mi berrinche en medio de estos desvaríos de mi pequeño cerebro. Debo admitir que es solo mi Carta al Niño Jesús, desesperada, ingenua, ya en niveles de frustración enceguecedora. Se me antoja como un gesto condescendiente de ese orden que el bueno, el malo y el indiferente obtengan su merecido… si es que en alguna vez el asunto ha sido merecer o no.