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lunes, 27 de mayo de 2019

Buscar el propósito

Tener un propósito. Buscarle el propósito a todo, a lo que hago o a lo que ocurrió. “Lo mejor es lo que pasa”, dicen algunos. Yo no sé si lo mejor es lo que pasa, pero definitivamente es lo que pasa y comenzamos a jugar peligrosamente con el “no debería ser así”, pero lo es: siempre lo es. Con tan pocas cosas que dependen de nuestro control, de nuestra decisión, como que es mejor buscarle la vuelta, tratar de ver más allá de la emoción, buscar un propósito. ¿Que parece acomodaticio? Tal vez. ¿Que estoy tratando de que las cosas no me afecten tanto? Puede ser. ¿Qué estoy inventando? Quizás no. Lo cierto es que todo se siente mejor si se le atribuye un propósito. Todo cuadra, todo encaja. Nada queda desperdigado. Si le viésemos el propósito a todo lo que ocurre, si pudiésemos detectar una alineación tanto en los elementos de la vida diaria como en los acontecimientos extraordinarios, sería casi como participar en el milagro. Si no quieres hablar de la autoría, de creencias o de cualquier predisposición establecida por el humano, estoy de acuerdo, pero debes admitir que cuando hablamos de casualidades, las lanzamos inmediatamente al cúmulo infinito de misterios aparentemente inconexos que no estamos preparados para entender en este momento. A fin de cuentas, el propósito implícito de las cosas viene dado por un orden que se escapa a nuestra limitada comprensión del universo y de sus leyes aún no develadas. Estamos tan acostumbrados a descomponer con afán todo en sus partes y en concentrarnos en cada una de ellas, que normalmente olvidamos que hay un todo que las contiene y les da sentido… que les otorga un propósito.

martes, 19 de marzo de 2019

¡Y me arreglas ese desorden!

Me gusta pensar que hay algún orden en este mundo, en este universo. Necesito pensar que es así. Me urge sentir que la vida no es solo este desfile azaroso de acontecimientos dictados por la mente mezquina del humano, que deja a un lado lo que paradójicamente, al final del día, al final de la vida, luce como lo más necesario. Tengo ganas de que haya un orden que rija todo este desastre aparente, que equilibre los desmanes de los villanos y egoístas, que haga fluir lo estancado y que dé paz a lo desbocado. Me parece analgésico saber que todo estará bien, que todo va a salir bien o, que al menos, lo justo y lo necesario tengan su lugar en el momento oportuno: pronto. Ya no estoy de acuerdo con el tiempo que tarda el aprendizaje y el sufrimiento que causa en otros mientras decido aprender. Pero bueno, debo reconocer mi berrinche en medio de estos desvaríos de mi pequeño cerebro. Debo admitir que es solo mi Carta al Niño Jesús, desesperada, ingenua, ya en niveles de frustración enceguecedora. Se me antoja como un gesto condescendiente de ese orden que el bueno, el malo y el indiferente obtengan su merecido… si es que en alguna vez el asunto ha sido merecer o no.