Espero que te guste el contenido. Para sugerencias, objeciones, protestas o propuestas, escribe a "leonardo.rothe@gmail.com"
Mostrando entradas con la etiqueta viejo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta viejo. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de junio de 2023

Me estoy poniendo viejo

Me estoy poniendo viejo. Creo que está llegando un punto en que el cuerpo ya no le puede seguir el trote a la mente. Llegaron las dolencias físicas y las resistencias mentales ya no pueden seguir como antes. Se está haciendo difícil ser indiferente ante detalles de los que antes era menester escapar. El argumento de que “yo siempre he sido así” o “yo siempre lo he hecho de esta manera” se está cayendo a pedazos. Los atentados continuados contra la salud ya no tienen esa reserva de juventud que permitía su impunidad. En la calle, el “señor” y la “señora” ya lucen menos canas que yo. Las que antes eran muchachas atractivas pasaron a ser “muchachitas”. La imposibilidad de mantener la testarudez y la resistencia al paso del tiempo asoman nuevos escenarios a los que hay que ajustarse con cierta urgencia. Las viejas maneras, las de siempre, ya no están disponibles. Sin embargo, no todo es malo. Las tentaciones de antes comienzan a desaparecer, dejando ver un nuevo súper poder. Se van instalando nuevas certezas que, paradójicamente, se apoyan en la incertidumbre. Ya se hace más fácil trabajar en equipo, con propósito y por acuerdos. La contemplación llegó para quedarse y descubrir nuevas tranquilidades. Va surgiendo ahora la necesidad de bajarle el ritmo al físico y, sin descuidarlo, invertir las fuerzas restantes a mejores momentos. La verdad es que me estoy poniendo viejo y se me antoja que podrían ser los mejores tiempos de mi vida.

miércoles, 7 de septiembre de 2022

Ser un viejo

Su negativa ante la llegada casi imperceptible de la vejez lo hizo atribuir a su torpeza elementos fantásticos que la hacían parecer una fuente de anécdotas fuera de serie. Se enganchaban las correas, no encontraba sus cosas, se tropezaba con objetos inexistentes y demás episodios que se iban juntando con las dolencias inevitables de una vida de descuidos y ligerezas. No fue sino hasta que un último acontecimiento que ya no recuerda lo hizo percatarse, dolorosamente, de la presencia, innegable por evidente, de eso que tanto temió: ser un viejo.

miércoles, 12 de agosto de 2020

La caminata del viejo

Pasa el viejo de nuevo delante de la casa. Pasa con ese cargamento de emociones, vivencias y conclusiones en perfecto equilibrio. Su viaje pausado, sin el afán de otras épocas, con su gorra y sus manos encadenándose a su espalda, camina barriendo con su vista los matorrales del barrio en el que ha vivido por tanto tiempo, dejando ver que los días le piden casi exactamente lo que le dan. Aprovecha para detenerse en ocasiones y arrancar una de las hojas de yerbabuena que se levantan por entre la maleza para olerlas durante unos segundos en los que se nota atento, totalmente en el sitio, como sembrado también. El sol de temprano no le niega sus rayos, y si es el caso de un día nublado igual barre las nubes grises con sus vista tranquila, como calculando el tiempo que le queda para llegar. Sigue el viejo en su caminata hasta que se me pierde de vista entre las paredes desvencijadas del vecindario, entre las estructuras de dignidad cuestionable para otros, pero que para este hombre entrado en años constituyen el camino bendito por donde se desliza cada día, quién sabe a hacer qué, ya sin las inquietudes imaginarias del mundo, sin los planteamientos fabulosos que lograron engañar a sus sentidos varias veces del pasado… ya con esa sabiduría de no preguntarse más y vivir la vida como debe: un día a la vez.

martes, 3 de septiembre de 2019

Muere el viejo sistema

Por ahí anda el viejo sistema, en sus últimos estertores. Pero lo disimula tan bien que muchos creen que todavía queda para rato. Yo, sin embargo, he visto algo del trasfondo y creo que está agonizando. Sigue la fiesta a la vista de todos. Las luces, los inventos, los aspavientos, los anuncios de un progreso que nunca llega a la mayoría, sino en forma de juguetes que no se comparten y que son los payasos que distraen. El egoísmo comanda el derrumbe. El truco de borrar el “nosotros” e instaurar el “yo solito” ha dado resultado durante décadas, durante siglos, pero cada paso adelante ha quitado una pata a la mesa y está por venirse abajo. Si quieren evidencia, solo miren los recursos del planeta; cada vez hay menos para más gente y los ilusos, enceguecidos por  mensajes embusteros, siguen mirando el dedo de los todopoderosos que los guían, pero no logran ver a lo que apuntan realmente. ¿Qué no verás la caída? Tal vez. ¿Qué eso es problema de quienes vengan al mundo luego? Muy posible. En ese caso, tu elección parece sagaz, pero te comparas con un animal de corral, inconsciente, vendiendo tu energía vital muy barata, parado de espaldas a la vida… a esa verdadera manera de vivir, que yace latente debajo de tanta basura, y que saldrá de su tumba aparente para reclamar lo suyo a su tiempo.

lunes, 1 de julio de 2019

Creo que te vas

Veo tus ojos llenos de lágrimas, pero tu boca muestra una sonrisa que derrama felicidad, agradecimiento, despedida. Contemplas por la ventana las luces infantiles de la tarde en rojo y naranja. A veces bajas la vista, como para terminar de digerir lo que tus ojos se apresuran a recoger, como para pensar en algo. Sin que lo sepas, te veo mirarme fijamente, recorrer la casa. Caminas por el patio, como grabando en tu cabeza las últimas fotografías. Hace rato saliste a la calle, frente a la casa, saludando a los vecinos sin hablar, solo con tus manos viejas, tan experimentadas en las caricias y en nuestra orientación como en el trabajo duro. No me has dicho nada, pero creo que te vas. Creo que nos dejas. No forzaré la barra para saber, porque nunca sirve de tanto. Te sentaste hace un ratico en tu mecedora ya quieta, de espaldas a este rincón, a seguir mirando cómo baja el sol, cómo se apaga el día. En medio de mi respiración recortada, ya no tengo dudas: estás diciendo adiós sin decirlo con los labios ni con los ojos, sino con tu pose cada vez menos temblorosa de “listo para el viaje”. Bueno, viejo, ni modo, ya tus manos descansan: nos vemos más tarde.

sábado, 20 de abril de 2019

Perro viejo late echao

Perro viejo late echao, sentencio hoy con firmeza. Después de decenas de años pelando la bola, equivocándome casi intencionalmente, aprendiendo a los carajazos. Después de la dulce y confusa niñez, de la adolescencia apasionada y combativa, de la adultez temprana que no es adultez nada, estoy a treinta años de distancia de cualquier edad titubeante… echao.
Echao, mirando todo el mundo reciente que pasa ante mis ojos repetidos varias veces. Echao, viendo que a pesar de que la tecnología avanza a paso acelerado, los seres humanos no tienen cómo aprovechar las vivencias ancestrales para avanzar y ser mejores cada vez. Con algo de susto y pesimismo, desde este asiento ya viejo, me parece ver que las esperanzas, las idolatrías y los errores se repiten con exactitud pavorosa. Echao aquí, sin embargo gozando con cierto morbo de mi facilidad para desechar lo que antes me hacía soñar y también de disfrutar infinitamente de los detalles imperceptibles durante mi pasado brincón. Echao, disfrutando de mi presente de corto futuro, de cada episodio del paisaje, de esos parajes que solo ahora muestran su capacidad de mostrar más que poses para postales. Echao, ya sintiendo que el carapacho que me transporta y soporta no quiere caminar mucho más, exponerse mucho más, si no es a algo de sol en las mañanas y a las estrellas en las noches. Afortunadamente, ya no tengo miedo. Hoy, usando este sobrero que antes me daba vergüenza y con estos zapatos que a mi nieta le daban risa, tampoco siento el pavor de antaño en dejar ir este cuerpo. He aprendido a estar tranquilo con la idea del fin de la vida porque ahora sí creo que, de alguna manera, seguiré estando por aquí.

sábado, 30 de marzo de 2019

La gotera

Unos minutos después de comenzar la lluvia, se pudo ver claramente: había una gotera que caía en medio de la sala. Inmediatamente, los cinco hijos de la doña, profesionales entusiastas todos, comenzaron a vislumbrar la posible solución al inconveniente. No dejaba de llover. No dejaba de caer. Desde el de menor edad al de mayor, cada hermano opinó y hasta con croquis para justificar tantos años de universidad. Después de ningunear a los viejos —sus padres—, les dijeron que se quedaran tranquilos, que ellos se encargarían. Pasaron las horas de algunos días y los muchachos, entusiastas por el no tan nuevo reto y con los pies ya en un pozo, zigzagueaban entre la física, la química y la matemática; entre la evaporación y los vasos comunicantes, entre ventiladores y aspersión; pero las pruebas arrojaban cada vez el mismo resultado. Los padres advertían que el agua estaba subiendo su nivel, pero entre disertaciones, discusiones y hasta peleas de pelo mojado, los vástagos los volvían a apartar de la “zona cero”. Decidieron los doctores buscar ayuda afuera, pero no se consiguió el aporte esperado. Ya la sala parecía un campo de batalla perdida, y entre una y otra exclamación, el padre, fastidiado de tanto empecinamiento, subió al techo y aplicó un parcho de asfalto con su dedo sobre el agujero, tapando así la gotera al instante. Bajó, recogió su bastón y se volvió a sentar con su vieja en el sofá. Después de mirar fijamente al techo por unos segundos, los “muchachos” no solamente no reconocieron la efectividad de la intervención de Venancio, si no que fue criticado despiadadamente por “la falta de metodologías en los procedimientos técnicos utilizados”. Mequetrefes insalubres.

sábado, 9 de febrero de 2019

Ya vivo en otro mundo

El mundo alrededor se está poniendo harto fastidioso. Ya las cosas no me resultan fáciles y automáticas como antes. Se me caen los objetos de las manos, tropiezo con los muebles y no logro dar con el porqué. Mis cálculos del espacio ya no son eficientes: debo replantearlos cada vez, conscientemente, para no quedar como un tipo torpe ante la audiencia. Mis disertaciones se ven pobladas de palabras que se olvidan en el justo momento —afortunadamente, siempre alguien me completa la idea—. Muchas cosas que ya no recuerdo ocurrieron recientemente, mientras me aferro a algunos recuerdos, reflexiones y revelaciones del pasado. Muchas cosas por el estilo me hacen detenerme y reconsiderar el escenario actual, y pareciera que varias alarmas tocan la puerta para que inicie inmediatamente los “tratamientos pertinentes”… tú sabes: hay que cuidarse. Pero chico, a la vez que mis días dan una voltereta a la que debo reajustarme, siento menos apego por muchas cosas de ayer. Podría ser que extrañe correr, saltar o subir un cerro usando las manos, eso está lejos de haber marcado mi vida, por lo que no puedo extrañar lo que fue escaso. Sentarme frente a la naturaleza verde y marrón, gris y azul, durante ratos de contemplación se ha instaurado como mi nuevo pasatiempo, como el medio para la nueva búsqueda de lo que no se puede percibir con los sentidos. Esto me pudo sonar bastante ridículo cuando era adolescente, pero ahora, definitivamente, no lo es. No sé si soy otro más interesante que antes o soy solo yo mismo, sin la carga de basura recogida mientras corría, saltaba o escalaba… mientras viajaba tan veloz que no veía por dónde pasaba.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Hola, Julián


Recuerdo que de niño tenía un amigo con quien conversaba de vez en cuando, desde mi timidez; de quien escuchaba historias muy entretenidas, al  punto de perder la noción del tiempo. Era el viejo Julián, quien era un vecino nuestro a eso de mis diez años. Julián murió luego, después de que nos mudamos, dejando ese mal sabor de la pérdida de alguien que se alegraba cuando te veía sentado enfrente de la casa y se sentaba a tu lado como el mejor de los amiguitos. Julián era como un maestro en mis tiempos libres; mientras mis padres estaban trabajando y llegaban en la noche al barrio a dedicarme sus minutos de amor cansado, ya Julián había hecho parte del trabajo. Recuerdo que en esas aproximaciones a monólogo del viejo se comenzaban a mostrar algunos valores, como la honestidad y la solidaridad. La simpatía pedagógica de mi amigo era, pensándolo ahora, su herramienta para colaborar con mi crianza, para dejar muy cerca de mí algunas opciones a utilizar en el futuro. Ya Julián no está, pero muchas de sus enseñanzas permanecen útiles en mi camino… cosa que siempre agradeceré. Por cierto, recordándolo ahora y sin preguntarle a mis viejos o a los vecinos de entonces, no supe nunca la religión de Julián, su tendencia política, sus preferencias filosóficas; seguro las tenía, porque a veces lo veía discutiendo con los otros  viejos en términos no entendibles para mí. Lo único que sé es que al momento de hablar, Julián poseía el don de maravillar a un niño de diez años con la idea de hacer el bien; y yo, en retribución, le dedicaba mis momentos libres de prejuicio a aquel vecino que la vida me regaló.

Leer otros: