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sábado, 30 de noviembre de 2019
Te debo honestidad
miércoles, 27 de noviembre de 2019
Lo que crees ver
Lo que
ves no es lo que crees ver. Lo que ves es solo un reflejo de lo que tu cabeza
te dice que debes ver haciéndole caso a tus pobres percepciones. Lo que ves en aparente
reposo es solo un instante congelado de una circunstancia mucho mayor; es solo
una parte fugaz de una escena de mayor complejidad, con causas, antecedentes,
razones y consecuencias. La amañada simplicidad de tus sentidos y el carácter
reduccionista de tus caricaturas mentales están muy lejos de comprender toda la
situación, por lo que se queda en un punto terco de perspectiva que abraza y
celebra sus limitaciones. Afortunadamente, ya llegará el momento en que el
panorama se irá ampliando y tu “darte cuenta” comenzará a trabajar cabalmente
por primera vez en tu vida. Así que, si lo que ahora ves es un tigre flotado en
el aire, todavía te faltan muchos kilómetros de camino tortuoso antes de
sentarte a descansar.
Rituales...
martes, 26 de noviembre de 2019
Debilitar los estímulos
No tenemos
que resistir estoicamente cada respuesta inesperada o indeseada del entorno. No
tenemos que forcejear y ni coquetear con la frustración cada vez que no
entendamos algo que ocurrió. Se va tornando algo cansona, aunque increíblemente
imperceptible, toda esa serie de bofetadas que recibimos del exterior una y
otra vez. Dicen que la fortaleza está en levantarse cada vez que uno cae —y
suena bonito—, pero ¿para qué caerse tanto? ¿Para qué hacerse el héroe, el que
se las sabrá todas después de las contusiones? ¿Para qué centrar la atención en
cada evento que no depende de nosotros? “No sé” puede ser una respuesta válida.
La incertidumbre no juega en contra, sino a favor. No hay nada escrito, a menos
que tú mismo quieras escribir una tragicomedia solo para ir y contarla a tu
círculo de aplaudidores desinteresados. ¿Para qué traerse por las greñas cada
piedrita del camino y armar una historia de terror? Creo que exageras. Creo que
te gusta la vaina. Creo que debes ocuparte en ti como no te habías ocupado
antes; así verás que tienes mucho por escudriñar, por descubrir, por entender,
por gozar, en lugar de estar buscando pichaches efímeros que te hagan sentir
vivo. Si me lo permites, déjame ayudarte a no luchar contra los monstruos, sino
a desenchufarlos. Al final del camino, segurito, encontrarás unos anteojos más
limpios para ver mejor hacia afuera también… después me cuentas.
viernes, 22 de noviembre de 2019
La luz de la conciencia
Arrojar
luz sobre la oscuridad y apreciar las cosas como realmente son, sin prejuicios,
sin especulaciones, sin condicionamientos. Caminar, y en el camino seguir
dejando caer rayos de luz sobre cada sitio hacia donde veamos, hacia cada
situación por resolver. Eso es la conciencia. Luz que no se acaba, que no tiene
fecha de caducidad, que no se apaga. Eso no ocurrirá jamás. Por el contrario y
por fortuna, cada candil que se enciende va sumando a la claridad que ya nos
venía guiando. Es un torbellino creciente y a favor sentir por primera vez que
por ahora seguimos albergando oscuridades y que en algún momento les llegará su
oportunidad para desvelarse. Muchos de esos misterios todavía tienen un sentido
de existir. No saberlo todo se convierte en el nuevo estado de honestidad
desenfadada que permite aceptar y continuar. La ignorancia natural se destapa y
nos deja sin complejos, listos para plantearnos cualquier rumbo sin miedo ni
resistencias. El brillo deja sin efecto el drama. Todo comienza a tener
sentido, un sentido distinto del que conocíamos y lo que antes era una puerta
trancada que ahora aparenta dejarnos entrar sin objeciones, sin condiciones, a
la luz de la nueva conciencia en crecimiento, a un ritmo distinto, con una
óptica inédita que nos reafirma, cada vez, que nuestros párpados siempre
estuvieron cerrados… hasta ahora.
Química que apesta a muerte
Siento
bullir las toxinas en mi cuerpo. Siento revolverse la calma de mis vísceras y
convertirse en caos. No tardan en asistir a este aquelarre del fracaso, el
dolor, el entumecimiento, el mareo. En medio de mi rutina cotidiana de mejorar,
de superarme, de superar a otros, de superar a la vida misma, llegó la visita
que me contaban inexorable. Sumido entre los planes, los mapas del tesoro, los
álbumes de fracaso, me agarró este retortijón de tripas que me grita en la cara
que ya basta, que no se puede más, que deje de hacer lo que estoy haciendo y me
recueste, al fin, en el espaldar. No demora mucho en aparecer cierto hormigueo
en las manos, el conocido desmayo parcial que tan bien sé disimular, el
palpitar de las arterias hartas de tanta exigencia. Siento el desfile de
porquerías por la sangre, la amargura en el tubo digestivo, el temblor en las
manos y la parálisis ante la tarea pendiente del momento. Justamente hoy, que
tenía esta entrega importante; justamente hoy, que se abre una puerta al
bienestar soñado, siento que mi cuerpo se fríe en su propio sudor.
miércoles, 20 de noviembre de 2019
Buscando el equilibrio
Todos
buscamos el equilibrio. No importa lo enredado, no importa que parezca lo contrario. Somos el resultado de las fuerzas que contienden en nuestro interior y nos empujan, como aritmética fatal, a actuar como actuamos, a desear como deseamos. No importa quiénes o cómo, de alguna manera actuamos
para encontrar ese balance que perdimos hace mucho a manos de quienes nos
amaron primero. No importa si con conciencia o sin ella, no importa si
laboriosa y sutilmente o a los carajazos, buscan el equilibrio el monje, el
drogadicto; el miserable y el acomodado; el preso y el maestro; el bebé y el anciano;
el corrupto y el funcionario —cuando no fuesen o mismo—; el que ora y el que
maldice. El equilibrio vendría siendo ese estado promedio que nos ayuda a vivir
otro día más sin ceder ante la desesperación, ante el agobio, ante el descalabro
que resulta evidente y grosero en estos días de decepciones y desesperanzas. Buscar
el centro para no irse por el barranco se presenta como la única manera de capear
el temporal y ninguno escapamos de eso. La manera como lo hagamos podría darnos
la paz, un premio Nobel o mandarnos a la cárcel, el hospital o el cementerio. Lamentablemente,
solo pocos lo logran. Desafortunadamente, las herramientas para pendular hacia
el otro lado están en escasez. Lapidariamente, quienes si no consigues
encontrar las válvulas para dejar salir tus tormentas, lo pagarás con desinfles
y explosiones esporádicas que embarrarán al otro, al que te quiere y te
acompaña en esta época. Así que… mosca cómo es que buscas tu equilibrio.
lunes, 18 de noviembre de 2019
Quiero que todo fluya
Comenzar desde cero
lunes, 11 de noviembre de 2019
Alienados, ¡y a mucha honra!
Sutilezas mutiladoras
No practicas lo que predicas
domingo, 10 de noviembre de 2019
La felicidad es un mito
La felicidad vendría siendo un mito. Tiene siglos existencia, se habla mucho de ello, y aun así nadie sabe con certeza qué animal es ese. Al imaginar una persona “feliz” aparece en nuestras mentes un rostro con la risa permanente que produce la tranquilidad de un entorno seguro, lejos de las hostilidades del mundo. Se escriben canciones, se moldean conferencias y se afirma con vehemencia en momentos de pasión: “soy feliz”. Pero la susodicha felicidad no aguanta la pela y rueda de nuevo con todas nuestras esperanzas por el barranco. Solo bastan algunos instantes para que la desazón regrese y comencemos a sentir otra vez que nos falta algo para completarnos. Con un nuevo intento, cada vez, el espejismo del bienestar constante se renueva a los carajazos con juguetes y promesas que sirven de puente entre un pasado infeliz y un futuro mejor, dejando huérfano a un presente desatendido que se deja sin saborear, que a pesar de que es el verdadero vehículo para la dicha, solo estorba o se manipula para lograr algo mejor que nunca llegará, que continuará siendo un mito.
viernes, 8 de noviembre de 2019
Maldita dualidad
Jueces negligentes
miércoles, 6 de noviembre de 2019
Inmolación cotidiana
martes, 5 de noviembre de 2019
El tiempo de Dios es perfecto... ¿o no?
El tiempo
de Dios es perfecto. La frase se usa mucho, según he visto. A veces parece una
justificación ante la adversidad prolongada o ante la llegada de lo que
pudiéramos llamar “justicia”. Pero a veces pareciera una sentencia acorde a lo
que ocurre, ajustada a lo que deberíamos esperar. En ocasiones, aparenta exacta
sincronicidad entre la espera y la llegada de aquello necesario. En ocasiones,
parece el anuncio del premio después del recorrido. Es como que si ocurriera de
otro modo, estaría mal, sería inoportuno, habría fallado la experiencia. No se
podría saber el criterio usado por quien diseña un universo, pero seguramente
ese diseño comprende un equilibrio lento −aunque demoledor− en sus
acontecimientos, en un flujo que, aunque resulta lógico en retrospectiva, es
harto difícil de entender por nuestra mente brillante y entrenada, porque es
que… sigue siendo muy pequeña para entender las grandes cosas.
Sin sacrificios, por favor
viernes, 1 de noviembre de 2019
He entrado al paraíso
He acariciado la paz durante segundos, tal vez
minutos. He mordido muy poco de eso que sospechaba que existía, pero que el
ruido y las imágenes confusas de mi mente no me han permitido disfrutar. Es una
especie de parálisis inducida por un dictador imaginario que no deja liberarme
del pasado, del futuro, de las facturas, de los compromisos, del qué dirán. Como
un prisionero ordinario, al tratar de escapar de la pequeña celda al gran
paisaje, siento el llamado de la autoridad a cargo y soy halado de nuevo a los
trabajos forzados a los que estoy asignado y que una vez elegí como medio de
vida, de presunta estabilidad. Pero siempre recuerdo esos pequeños instantes en
los que me sentí pleno, expandido, en un espacio que se hizo inmenso y que, como
elevado por una mano muy grande y benevolente, me dejó ver todo desde arriba. Todo
aparecía muy claro y sencillo ante mi vista. Por ese lapso maravilloso, no
sentí problemas, no sentí deudas, no sentí pendientes; sentí que esas
dificultades cotidianas eran una tontería que se podía resolver con acallar la
voz fastidiosa –y por los momentos, ausente− que tenía como oficio permanente
lamentar y preocuparse. Quiero ir de nuevo a ese sitio, a ese momento en el que
la vida “vale la pena” totalmente. Quiero volver… quiero quedarme.
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