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sábado, 18 de abril de 2020
Siempre todo estuvo allí
Todo
ha estado allí, presente, inmóvil, alcanzable, pero una niebla heredada de
siempre, de la multitud y cultivada cuidadosamente desde el miedo, entorpeció mirar
claramente lo que siempre me rodeó. Una contaminación del entorno que se diseñó
dizque para cuidarme, para sobrevivir, se convirtió en un estorbo para caminar
con sensatez en la vida. Tuvo tiempo para espesarse, para volverse
infranqueable, para impedir el paso de la vista y para convertirse, a la vez,
en la verdad y en el medio para llegar a esta. Mientras, y con mucho entusiasmo
adolescente, aprendí a andar con las manos enfrente para detectar los objetos,
los senderos, las rendijas y me volví el mejor en ello. Desarrollé técnicas,
las comenté con mis allegados y hasta creamos un negocio con una filosofía
basada en eso de andar con bastón, de oler el peligro, de escuchar e
identificar lo que se acercaba y actuar oportunamente… pero si ver. Resulta que
todo terminó siendo un fraude costosísimo. Finalmente, el dolor causado por
esta vida arraigada en la discapacidad de repente reventó y me dio una
panorámica opuesta, pero prometedora. Aunque ya pasó la mitad de lo que tengo
previsto vivir, la niebla comenzó a apartarse, a disiparse, y con estupor, con
sorpresa inocente comenzó a aparecer ante mis ojos lo que siempre estuvo allí, presente,
inmóvil, alcanzable, pero que la basura instaurada previamente no dejaba ver. Ahora
estoy en una encrucijada que no dudo en juzgar como ingrata, en la que el
engaño dictó la pauta, pero que ahora me ofrece la oportunidad de comenzar de
nuevo, con algunas canas y arrugas una existencia de claridad, de
transparencia, de equilibrio. Tendré siempre la posibilidad de volver a lo de
antes, a mi discapacidad rentable, a mis combustibles para el ego y el aplauso,
pero no creo poder abandonar este tipo de inteligencia, de sosiego tranquilo durante
el camino.
viernes, 1 de noviembre de 2019
He entrado al paraíso
He acariciado la paz durante segundos, tal vez
minutos. He mordido muy poco de eso que sospechaba que existía, pero que el
ruido y las imágenes confusas de mi mente no me han permitido disfrutar. Es una
especie de parálisis inducida por un dictador imaginario que no deja liberarme
del pasado, del futuro, de las facturas, de los compromisos, del qué dirán. Como
un prisionero ordinario, al tratar de escapar de la pequeña celda al gran
paisaje, siento el llamado de la autoridad a cargo y soy halado de nuevo a los
trabajos forzados a los que estoy asignado y que una vez elegí como medio de
vida, de presunta estabilidad. Pero siempre recuerdo esos pequeños instantes en
los que me sentí pleno, expandido, en un espacio que se hizo inmenso y que, como
elevado por una mano muy grande y benevolente, me dejó ver todo desde arriba. Todo
aparecía muy claro y sencillo ante mi vista. Por ese lapso maravilloso, no
sentí problemas, no sentí deudas, no sentí pendientes; sentí que esas
dificultades cotidianas eran una tontería que se podía resolver con acallar la
voz fastidiosa –y por los momentos, ausente− que tenía como oficio permanente
lamentar y preocuparse. Quiero ir de nuevo a ese sitio, a ese momento en el que
la vida “vale la pena” totalmente. Quiero volver… quiero quedarme.
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