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domingo, 2 de enero de 2022

Dime si eres feliz

Dime si eres feliz. Cuéntame de tu entusiasmo. Háblame de tus contenturas. Dime si duermes sonriente, tranquilo, seguido. No me importa tu jornada laboral, tus carros o dónde vivas. No me importan tus títulos y trofeos: dime si te sientes pleno. Dímelo honestamente, porque me resulta el mejor medidor para el bienestar. Dime si conservas el equilibrio en medio de la tristeza, de los contratiempos, de las pérdidas. De ser así, permíteme felicitarte y acercarme un poco a ti para aprovecharme un tanto y saber el color del lente con el que miras la realidad.

viernes, 3 de abril de 2020

Felicidad barata

¿Qué es eso de alegrarse fácilmente, sin gastar ni un centavo? ¿Qué vaina es esa de sonreír casi con cualquier cosa, por muy insignificante o sin sentido que le parezca al vecindario? ¿Cuál es la falta de respeto hacia quienes han construido durante años sus buenos gustos, sus potentes argumentos, sus brillantes hallazgos intelectuales? Uno no puede andar por ahí, pelando los dientes, faltándole el respeto a quienes sufren, a los que consideran, a esos para quienes la seriedad es algo primordial. Eso es estar totalmente fuera del orden de la decencia, de la circunspección requerida y hasta del debido proceso es una mentada de madre en la cara. Pero sí, licenciado, lamentablemente hay seres así, que en su inferioridad y su locura disfrutan solo con mirar el cielo naranja, el mar enfurecido, el cerro imponente sin sacar una pelusa de su bolsillo. Experiencia terrible voltear en la acera y ver a un pobre transeúnte como mirando lejos con esos ojos brillantes, como imaginando, como como recordando detalles de un romance oculto que ya no es, por ejemplo, morder su empanada y tomar su malta. Es realmente una lástima que tanto garbo deba encontrarse en la calle con uno de estos desarrapados que parecen siempre fuera de contexto, de norma, de tránsito. Deberían desaparecerlos a todos y luego pedir perdón a la civilización por tan desatinado desmadre.

domingo, 10 de noviembre de 2019

La felicidad es un mito


La felicidad vendría siendo un mito. Tiene siglos existencia, se habla mucho de ello, y aun así nadie sabe con certeza qué animal es ese. Al imaginar una persona “feliz” aparece en nuestras mentes un rostro con la risa permanente que produce la tranquilidad de un entorno seguro, lejos de las hostilidades del mundo. Se escriben canciones, se moldean conferencias y se afirma con vehemencia en momentos de pasión: “soy feliz”. Pero la susodicha felicidad no aguanta la pela y rueda de nuevo con todas nuestras esperanzas por el barranco. Solo bastan algunos instantes para que la desazón regrese y comencemos a sentir otra vez que nos falta algo para completarnos. Con un nuevo intento, cada vez, el espejismo del bienestar constante se renueva a los carajazos con juguetes y promesas que sirven de puente entre un pasado infeliz y un futuro mejor, dejando huérfano a un presente desatendido que se deja sin saborear, que a pesar de que es el verdadero vehículo para la dicha, solo estorba o se manipula para lograr algo mejor que nunca llegará, que continuará siendo un mito.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

¿"Felicidad"? ¿en serio?

“Felicidad”. Término harto manoseado, siempre manipulado, nunca entendido. Cada vez que leo o escucho la palabrita, me pierdo entre sus letras. Al parecer, los más serios hablan del término como un estado positivo subyacente que tiñe con su brillo cada situación, haciéndola, cuando menos, llevadera. Los menos serios llaman “felicidad” a la risita constante, a la carcajada perenne, a la fiesta de yate, a los tragos o el erotismo de adolescentes. Una payasada, pues. El que tiene dinero es feliz. El que tiene un seguro contra incendio es feliz. El que fuma es feliz… o al menos eso parecen decir algunos publicistas; y mientras tanto, quienes no se sienten felices –porque no se vive lo que no se entiende− quedan enganchados en el comercial de moda, en el vicio del momento, en el nuevo relleno para su hueco sin fondo. La felicidad no puede involucrar sobresalto: sería ridículo. Y así siguen las reflexiones, disertaciones o habladurías sobre la “felicidad”, un fantasma que unos afirman conocer, otros declaran vivir y otros juran perseguir incansablemente. Así sigue el burro, detrás de la zanahoria en nombre de un concepto que cada quien usa a su antojo, a su conveniencia, a su desesperación; mientras, pasa el tiempo y en cambio sí se van enterando toditos del significado exacto de la infelicidad. Feliz día.

martes, 18 de junio de 2019

Tú también pasarás

Todo transcurre. Todo fenece. Todo pasa. Lo bueno pasa, lo malo pasa, lo aburrido pasa. Todo es efímero, incluso si dura décadas. Y mientras ese desfile de cosas, situaciones y personas pasa frente a nosotros, como niños caprichosos y pretensiosos, queremos tenerlas, que sean nuestras, para siempre, claro. Cuando logramos atenazar algunas de esas maravillas de las que nos enamoramos, las amarramos a la pata de la cama o la encadenamos a un poste para que no se vayan o se acaben nunca, y allí comienza nuestro acto de irresponsabilidad preferido, que es poseer. Y como toda ilusión, más tarde se desvanecerá ante nuestros ojos, ante nuestra presencia patológicamente berrinchuda y empeñada en conservar lo que nunca fue nuestro. En el mejor de los casos, luego nos daremos cuenta de que cuando lo “teníamos”, cuando era “nuestro”, lo que hicimos fue encerrarlo, contar de nuestra hazaña, temer que nos lo quitasen y finalmente esconderlo hasta que desapareció. Todo un cuadro de demencia que se antoja colectivo, contagioso, pandémico. Y así va nuestra civilización, la del éxito, la competencia, la de atesorar, la del ego inmediatista, creando superproducciones de ilusionismo puro que invariablemente terminarán en tragedia, una y todas las veces que nos dejemos arrastrar como borregos fritos al juego de luces de mentira. Mientras, seguimos abrazando con apego enfermizo cada partícula que viene y va, sin imaginar que si nos diéramos el permiso de vivir las situaciones conscientes de su temporalidad, sin apegos o emociones dañinas y ridículas, podríamos disfrutarlas sin el temor de que nos sean arrebatadas, de que se acaben. Mejor las vivimos, plenamente, agradeciendo su presencia por haber pasado cerca, por haberse quedarse un rato y compartir con nosotros la plenitud y el desenfado, con felicidad verdadera, porque créeme: tú también pasarás.

jueves, 4 de abril de 2019

La vida es buena... a pesar de ti.

Si se cree que la vida tiene un propósito, la vida es buena. Pero claro, no con un “buena” rosadito, pendejo, de que me cumpla mis caprichos, de ser mejor que los demás, de tener poder más allá que sobre usted mismo. Más bien con un “buena” que implique “necesario”, “consciente”, “integral”. Por supuesto, vivir en una ciudad que aparte está en harta crisis coloca estos conceptos en un nivel ridículo de perspectiva y casi inevitable pensar que la vida es solo esto; pero si vivimos la vida sin tratar de entender de qué se trata realmente, resistiéndonos a lo que ya es como es, no dejaremos de sorprendernos con los inconvenientes que aparezcan o de encandilarnos emocionados con luces y espejitos; no dejaremos de quejarnos de los demás ni de presumir de la maravilla con mala suerte que somos. Hemos disminuido tanto el sentido de lo afectivo, de lo intuitivo, de lo amoroso, para someternos, a veces muy placenteramente, a los designios de la mente, ese espectacular obrero que se convirtió en jefe. Si por una pequeña pantalla nos mostraran de qué se trata la existencia antes de nacer y nos dejaran interiorizar que la vida tiene placer, dolor, crisis y equilibrio, tal vez caminaríamos por estas calles con menos expectativas fantasiosas, con menos escudos protectores, bien preparados para actuar ante una situación compleja sin juicios ni prejuicios, confiando en que todo fluye y se resuelve de una manera u otra, sin drama, sin gritería, solo con unos buenos ojos y pecho abiertos. Pero no, no lo hacemos; tampoco quienes detentan el poder de las pantallas y las páginas ayudan en eso de hacer que caminemos hacia la conciencia, hacia lo que fluye naturalmente hacia su resolución. Por el contrario, toda la vida parece ser un comercial de pólizas de vida, en la que debe hacerse un gran esfuerzo para asegurar que las cosas salgan como queremos, acumulando dinero, objetos, amigos, elogios, miedos, para luego sí, ser felices. Somos androides sicópatas muy bien hipnotizados durante años, que sin mediar palabra, cerramos los oídos y seguimos defendiendo sin pausa y a ultranza a nuestro malvado amo invisible. La vida parece llamada a ser una caricatura de la mente sobre qué tan emocionado puedo estar y no qué tan integrado estoy al momento presente como lo único que existe, en lugar de pelear con lo que pasó o con lo que pasará y, aunque parezca el mismo taquititaqui de siempre, la vaina parece ser verdad.