Dime si eres feliz. Cuéntame de tu entusiasmo. Háblame de tus contenturas. Dime si duermes sonriente, tranquilo, seguido. No me importa tu jornada laboral, tus carros o dónde vivas. No me importan tus títulos y trofeos: dime si te sientes pleno. Dímelo honestamente, porque me resulta el mejor medidor para el bienestar. Dime si conservas el equilibrio en medio de la tristeza, de los contratiempos, de las pérdidas. De ser así, permíteme felicitarte y acercarme un poco a ti para aprovecharme un tanto y saber el color del lente con el que miras la realidad.
Espero que te guste el contenido. Para sugerencias, objeciones, protestas o propuestas, escribe a "leonardo.rothe@gmail.com"
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domingo, 2 de enero de 2022
viernes, 3 de abril de 2020
Felicidad barata
domingo, 10 de noviembre de 2019
La felicidad es un mito
La felicidad vendría siendo un mito. Tiene siglos existencia, se habla mucho de ello, y aun así nadie sabe con certeza qué animal es ese. Al imaginar una persona “feliz” aparece en nuestras mentes un rostro con la risa permanente que produce la tranquilidad de un entorno seguro, lejos de las hostilidades del mundo. Se escriben canciones, se moldean conferencias y se afirma con vehemencia en momentos de pasión: “soy feliz”. Pero la susodicha felicidad no aguanta la pela y rueda de nuevo con todas nuestras esperanzas por el barranco. Solo bastan algunos instantes para que la desazón regrese y comencemos a sentir otra vez que nos falta algo para completarnos. Con un nuevo intento, cada vez, el espejismo del bienestar constante se renueva a los carajazos con juguetes y promesas que sirven de puente entre un pasado infeliz y un futuro mejor, dejando huérfano a un presente desatendido que se deja sin saborear, que a pesar de que es el verdadero vehículo para la dicha, solo estorba o se manipula para lograr algo mejor que nunca llegará, que continuará siendo un mito.
miércoles, 25 de septiembre de 2019
¿"Felicidad"? ¿en serio?
martes, 18 de junio de 2019
Tú también pasarás
Todo transcurre.
Todo fenece. Todo pasa. Lo bueno pasa, lo malo pasa, lo aburrido pasa. Todo es
efímero, incluso si dura décadas. Y mientras ese desfile de cosas, situaciones
y personas pasa frente a nosotros, como niños caprichosos y pretensiosos,
queremos tenerlas, que sean nuestras, para siempre, claro. Cuando logramos
atenazar algunas de esas maravillas de las que nos enamoramos, las amarramos a
la pata de la cama o la encadenamos a un poste para que no se vayan o se acaben
nunca, y allí comienza nuestro acto de irresponsabilidad preferido, que es
poseer. Y como toda ilusión, más tarde se desvanecerá ante nuestros ojos, ante
nuestra presencia patológicamente berrinchuda y empeñada en conservar lo que nunca
fue nuestro. En el mejor de los casos, luego nos daremos cuenta de que cuando lo
“teníamos”, cuando era “nuestro”, lo que hicimos fue encerrarlo, contar de
nuestra hazaña, temer que nos lo quitasen y finalmente esconderlo hasta que desapareció.
Todo un cuadro de demencia que se antoja colectivo, contagioso, pandémico. Y así
va nuestra civilización, la del éxito, la competencia, la de atesorar, la del
ego inmediatista, creando superproducciones de ilusionismo puro que
invariablemente terminarán en tragedia, una y todas las veces que nos dejemos
arrastrar como borregos fritos al juego de luces de mentira. Mientras, seguimos
abrazando con apego enfermizo cada partícula que viene y va, sin imaginar que
si nos diéramos el permiso de vivir las situaciones conscientes de su
temporalidad, sin apegos o emociones dañinas y ridículas, podríamos
disfrutarlas sin el temor de que nos sean arrebatadas, de que se acaben. Mejor las
vivimos, plenamente, agradeciendo su presencia por haber pasado cerca, por
haberse quedarse un rato y compartir con nosotros la plenitud y el desenfado, con
felicidad verdadera, porque créeme: tú también pasarás.
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jueves, 4 de abril de 2019
La vida es buena... a pesar de ti.
Si se cree que la vida
tiene un propósito, la vida es buena. Pero claro, no con un “buena” rosadito, pendejo,
de que me cumpla mis caprichos, de ser mejor que los demás, de tener poder más
allá que sobre usted mismo. Más bien con un “buena” que implique “necesario”, “consciente”,
“integral”. Por supuesto, vivir en una ciudad que aparte está en harta crisis
coloca estos conceptos en un nivel ridículo de perspectiva y casi inevitable
pensar que la vida es solo esto; pero si vivimos la vida sin tratar de entender
de qué se trata realmente, resistiéndonos a lo que ya es como es, no dejaremos
de sorprendernos con los inconvenientes que aparezcan o de encandilarnos emocionados
con luces y espejitos; no dejaremos de quejarnos de los demás ni de presumir de
la maravilla con mala suerte que somos. Hemos disminuido tanto el sentido de lo
afectivo, de lo intuitivo, de lo amoroso, para someternos, a veces muy placenteramente,
a los designios de la mente, ese espectacular obrero que se convirtió en jefe. Si
por una pequeña pantalla nos mostraran de qué se trata la existencia antes de
nacer y nos dejaran interiorizar que la vida tiene placer, dolor, crisis y equilibrio,
tal vez caminaríamos por estas calles con menos expectativas fantasiosas, con
menos escudos protectores, bien preparados para actuar ante una situación
compleja sin juicios ni prejuicios, confiando en que todo fluye y se resuelve
de una manera u otra, sin drama, sin gritería, solo con unos buenos ojos y
pecho abiertos. Pero no, no lo hacemos; tampoco quienes detentan el poder de
las pantallas y las páginas ayudan en eso de hacer que caminemos hacia la
conciencia, hacia lo que fluye naturalmente hacia su resolución. Por el
contrario, toda la vida parece ser un comercial de pólizas de vida, en la que debe
hacerse un gran esfuerzo para asegurar que las cosas salgan como queremos,
acumulando dinero, objetos, amigos, elogios, miedos, para luego sí, ser felices. Somos androides sicópatas
muy bien hipnotizados durante años, que sin mediar palabra, cerramos los oídos
y seguimos defendiendo sin pausa y a ultranza a nuestro malvado amo invisible. La
vida parece llamada a ser una caricatura de la mente sobre qué tan emocionado
puedo estar y no qué tan integrado estoy al momento presente como lo único que
existe, en lugar de pelear con lo que pasó o con lo que pasará y, aunque
parezca el mismo taquititaqui de
siempre, la vaina parece ser verdad.
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