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martes, 26 de noviembre de 2019

Debilitar los estímulos

No tenemos que resistir estoicamente cada respuesta inesperada o indeseada del entorno. No tenemos que forcejear y ni coquetear con la frustración cada vez que no entendamos algo que ocurrió. Se va tornando algo cansona, aunque increíblemente imperceptible, toda esa serie de bofetadas que recibimos del exterior una y otra vez. Dicen que la fortaleza está en levantarse cada vez que uno cae —y suena bonito—, pero ¿para qué caerse tanto? ¿Para qué hacerse el héroe, el que se las sabrá todas después de las contusiones? ¿Para qué centrar la atención en cada evento que no depende de nosotros? “No sé” puede ser una respuesta válida. La incertidumbre no juega en contra, sino a favor. No hay nada escrito, a menos que tú mismo quieras escribir una tragicomedia solo para ir y contarla a tu círculo de aplaudidores desinteresados. ¿Para qué traerse por las greñas cada piedrita del camino y armar una historia de terror? Creo que exageras. Creo que te gusta la vaina. Creo que debes ocuparte en ti como no te habías ocupado antes; así verás que tienes mucho por escudriñar, por descubrir, por entender, por gozar, en lugar de estar buscando pichaches efímeros que te hagan sentir vivo. Si me lo permites, déjame ayudarte a no luchar contra los monstruos, sino a desenchufarlos. Al final del camino, segurito, encontrarás unos anteojos más limpios para ver mejor hacia afuera también… después me cuentas.

domingo, 28 de abril de 2019

Amigo de mis demonios

Amigo de mis demonios. En eso acabamos después de tanto tiempo en disputa por el espacio en mi mente. En eso desembocó toda esa escaramuza frecuente que me mortificaba las noches. Ya no peleamos; ni siquiera discutimos por nada. Ya llegamos al acuerdo de vivir todos juntos y ayudarnos, sobre todo ellos a mí, que soy su creador. Pasaron todos ellos, después de extenuarnos en batalla, a ser, de enemigos temibles a colaboradores prácticos y hasta amistosos. En lugar de ser molestado en las madrugadas por esas voces que reclamaban y hasta se burlaban, ahora, antes de acostarme, me reúno con cada uno de ellos y me cuentan con voz moderada qué debilidad han observado a lo largo del día para yo poder corregir la cuestión. Después de escuchar atentamente y con el alma expuesta, considero, me doy cuenta y me recuesto para dormir seguido toda la noche. Claro, no me traen el desayuno en las mañanas, pero me conformo con saber y sentir que el cuento de los demonios es solo una historia pasada de separación de mi mismo que llegó a su fin.