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viernes, 22 de noviembre de 2019

La luz de la conciencia

Arrojar luz sobre la oscuridad y apreciar las cosas como realmente son, sin prejuicios, sin especulaciones, sin condicionamientos. Caminar, y en el camino seguir dejando caer rayos de luz sobre cada sitio hacia donde veamos, hacia cada situación por resolver. Eso es la conciencia. Luz que no se acaba, que no tiene fecha de caducidad, que no se apaga. Eso no ocurrirá jamás. Por el contrario y por fortuna, cada candil que se enciende va sumando a la claridad que ya nos venía guiando. Es un torbellino creciente y a favor sentir por primera vez que por ahora seguimos albergando oscuridades y que en algún momento les llegará su oportunidad para desvelarse. Muchos de esos misterios todavía tienen un sentido de existir. No saberlo todo se convierte en el nuevo estado de honestidad desenfadada que permite aceptar y continuar. La ignorancia natural se destapa y nos deja sin complejos, listos para plantearnos cualquier rumbo sin miedo ni resistencias. El brillo deja sin efecto el drama. Todo comienza a tener sentido, un sentido distinto del que conocíamos y lo que antes era una puerta trancada que ahora aparenta dejarnos entrar sin objeciones, sin condiciones, a la luz de la nueva conciencia en crecimiento, a un ritmo distinto, con una óptica inédita que nos reafirma, cada vez, que nuestros párpados siempre estuvieron cerrados… hasta ahora.

domingo, 21 de julio de 2019

Vengo de la oscuridad

Vengo de la oscuridad. Si quieres, te enseño el camino. Entre de las cicatrices, se ocultan los aprendizajes obligados para poder sobrevivir, y cada una te puede contar una historia distinta de por qué entré en la penumbra y cómo fue que regresé a la luz. No hay vergüenzas. No hay complejos. Tal vez no te parezco confiable por mi apariencia, por mi manera de hablar, pero si quisieras, estoy dispuesto a sentarme contigo, tomarme un café y regalarle algún aporte a tus consideraciones. Tal vez la mejor manera de aprender no sea recorrer el camino que yo recorrí, pero ya que se tengo el material a la mano, podríamos usarlo. No desdeñemos tus observaciones, tus teorías, las convicciones que te acompañan hasta hoy, no, pero dudo que tus pasos juveniles te estén ayudando lo suficiente como para resolver tus asuntos. No es locura, no es insensatez. Es solo la impresión de que al verte caminar, distingo algunas sombras que te van arropando sin que te des cuenta; sombras muy parecidas a las que me envolvieron a mí hace unos veinte años, pero sin nadie a mi lado que me plantease un escenario real, posible, superable, aprovechable. Es tu decisión…. siempre lo será.

viernes, 20 de mayo de 2016

Se fue la luz

Ya medio aliviados, terminándonos de recostar en los sofás y sillones alrededor, ya nos comenzamos a sonreír por la experiencia bizarra de perder el principal motor de la vida moderna. Se fue la luz. No había cómo distraernos de estar con nosotros mismos. No había cómo huir de la presencia familiar. No hubo cómo escapar de estar a menos de dos metros de quienes eran el lubricante para la vida. Estábamos atrapados en medio de la presencia simpática y amorosa de quienes crecieron y vieron crecer todo lo que somos ahora. Los comentarios del apagón fueron inteligentemente manufacturados por mi hermano, por mi padre, por mi hijo… quién sabe. El viejo comenzó con un cuento de sus años en su pueblo, que ahora es ciudad. Contaba de los días que comenzaban y terminaban pronto, que colgaban de la luz del día. Con la mirada de los jóvenes clavada en sus ojos bonachones y sonrientes navegaba entre sus vivencias sin luz, sin esa electricidad que fue llevada luego; sin ese instrumento tan impactante que luego, con el progreso tan cacareado arrancó la juntura de quienes se amaban y los puso a mirar para otro lado. Contaba de caricias a veces disimuladas, de complicidades, de camaraderías en lo que ahora llaman solo “pobreza”, pero que sin dejar de serlo, regalaba el espacio franco para vivir una vida de amor prehistórico, de defectos y virtudes no tan elaborados, de esperanzas tímidas de que a los míos les irá mejor. De repente, como se fue, ¡vino la luz! Y quedamos mirándonos entre todos, con el ojo encandilado, y diría que casi con la nostalgia de seguir escuchando cómo era todo cuando no nos podíamos rehuir. Diez minutos después, todos los aparatos estaban encendidos y cada uno de nosotros volvimos a la hipnosis del bienestar que sí logramos, ese, que el abuelo nos deseaba... al menos eso nos dijo mientras lo rodeamos como nunca antes. Entonces deseé con toda mis fuerzas que se fuese la luz de nuevo.