Me
la debes. Me debes tremendo favor. Yo no he tenido que recordártelo… tú has
sido quien más énfasis has hecho en esa deuda. Pues la carreta comenzó a correr
con ese impulso, con esa pendiente a mi favor, y no lo desaproveché. Como me debías,
no podías gritar y desaforarte. Como actué tan bien, debiste callar cuando
necesitabas disparar tus cañones sin miramientos. No me pudiste cazar y montar
tu bota en mi espalda. Como no podías ni ladrar ni morder debiste escuchar, y
eventualmente comprender. Mis errores y desatinos fueron cubiertos por esta
capa protectora, y aunque la bestia nunca me dominó y ni te herí, sentí esta
truculenta ventaja en el juego en el que ambos debíamos ganar. Ahora no sé si replantear
esta jugarreta torcida que ha dado tan buenos frutos, y que de otra manera no
hubiésemos podido llegar al jardín que ahora habitamos. Lo que sí sé es que cada
vez me decido menos a deshacerme de esta pata de conejo, de este amuleto en forma
de extorsión que comando silenciosamente, con la suficiente inocencia como para
ser culpable.
Espero que te guste el contenido. Para sugerencias, objeciones, protestas o propuestas, escribe a "leonardo.rothe@gmail.com"
domingo, 15 de julio de 2012
Me la debes
Me
la debes. Me debes tremendo favor. Yo no he tenido que recordártelo… tú has
sido quien más énfasis has hecho en esa deuda. Pues la carreta comenzó a correr
con ese impulso, con esa pendiente a mi favor, y no lo desaproveché. Como me debías,
no podías gritar y desaforarte. Como actué tan bien, debiste callar cuando
necesitabas disparar tus cañones sin miramientos. No me pudiste cazar y montar
tu bota en mi espalda. Como no podías ni ladrar ni morder debiste escuchar, y
eventualmente comprender. Mis errores y desatinos fueron cubiertos por esta
capa protectora, y aunque la bestia nunca me dominó y ni te herí, sentí esta
truculenta ventaja en el juego en el que ambos debíamos ganar. Ahora no sé si replantear
esta jugarreta torcida que ha dado tan buenos frutos, y que de otra manera no
hubiésemos podido llegar al jardín que ahora habitamos. Lo que sí sé es que cada
vez me decido menos a deshacerme de esta pata de conejo, de este amuleto en forma
de extorsión que comando silenciosamente, con la suficiente inocencia como para
ser culpable.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario