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lunes, 24 de junio de 2019

Autocrítica no

¿Para qué revisar mis cosas si el problema lo tiene otro? ¿Por qué preocuparme por saber si estoy equivocado, si tengo la certeza de que el entuerto viene de afuera? Autocrítica no. Autocrítica nunca. Yo no tengo ninguna dificultad en reconocer que a veces me equivoco — como cualquier ser humano normal—, pero usualmente conjugo la equivocación en pasado. Hoy no estoy equivocado y menos mañana, cuando logre mayor perfección en el discurso y el análisis. Ya estoy bien crecidito y nadie va a venir a decirme cómo es que estoy meando fuera del perol. Eso era cuando estaba muchacho y todos aprovecharon para inyectarme sus ideas retorcidas y miedosas. Pero, ya no. Estoy bien seguro de que en 10 o 20 años más, la diferencia en mis discernimientos no será muy distinta a la actual. Por eso, ahora, a mis 25 años, que siento que alcanzado un nivel superior de criterio como para tratar cualquier asunto con autoridad indiscutible, no voy a detenerme en el camino a estar examinando esos posibles desatinos que me indicas con tu humildad afectada, mamá. ¿Por qué no te revisas tú?

viernes, 23 de septiembre de 2011

Hola, Julián


Recuerdo que de niño tenía un amigo con quien conversaba de vez en cuando, desde mi timidez; de quien escuchaba historias muy entretenidas, al  punto de perder la noción del tiempo. Era el viejo Julián, quien era un vecino nuestro a eso de mis diez años. Julián murió luego, después de que nos mudamos, dejando ese mal sabor de la pérdida de alguien que se alegraba cuando te veía sentado enfrente de la casa y se sentaba a tu lado como el mejor de los amiguitos. Julián era como un maestro en mis tiempos libres; mientras mis padres estaban trabajando y llegaban en la noche al barrio a dedicarme sus minutos de amor cansado, ya Julián había hecho parte del trabajo. Recuerdo que en esas aproximaciones a monólogo del viejo se comenzaban a mostrar algunos valores, como la honestidad y la solidaridad. La simpatía pedagógica de mi amigo era, pensándolo ahora, su herramienta para colaborar con mi crianza, para dejar muy cerca de mí algunas opciones a utilizar en el futuro. Ya Julián no está, pero muchas de sus enseñanzas permanecen útiles en mi camino… cosa que siempre agradeceré. Por cierto, recordándolo ahora y sin preguntarle a mis viejos o a los vecinos de entonces, no supe nunca la religión de Julián, su tendencia política, sus preferencias filosóficas; seguro las tenía, porque a veces lo veía discutiendo con los otros  viejos en términos no entendibles para mí. Lo único que sé es que al momento de hablar, Julián poseía el don de maravillar a un niño de diez años con la idea de hacer el bien; y yo, en retribución, le dedicaba mis momentos libres de prejuicio a aquel vecino que la vida me regaló.

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