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jueves, 7 de mayo de 2020
En deuda con el carajito
miércoles, 1 de mayo de 2019
Papás pillados
Con la
luz del amanecer deslizándose por el balcón. En pleno acto. En plena pasión
loca. En ese exacto momento cuando parece que todo va a explotar, entró
Danielito. Nos paralizamos al instante, como si nos fuésemos desenchufado, y
con los ojos clavados en la silueta madrugada de la luz de nuestras vidas,
sentíamos cómo todo se desinflaba, cómo todos los engranajes se detenían en
medio del calor, y cómo se desprendía el humo prematuro y residual de nuestros
cuerpos en shock. Poco a poco, quienquiera que estuviese arriba, se bajó
lentamente, como serpiente avergonzada, jadeante y sin quitarle la vista al vástago
que todavía se frotaba los ojos —quién sabe si por efecto del sueño o para
confirmar la novedad—. Nuestra risa de “hola, mi amor, ¿te levantaste temprano?
Ji, ji” intentó distraer la atención de aquellos ojos ya bien abiertos y todavía
sembrados en un gesto de asombro. Si no fuese nuestro hijo, hasta pensaría que
había algo de morbo en su presencia. Unos segundos después, ya sentados y con
la cobija a media asta, tal vez se nos ocurriría la primera estupidez para
salir del enredo, por ejemplo: “tu papi y yo estábamos jugando al caballito”. Danielito,
al escuchar semejante cosa, cerraba la puerta y, justo antes de irse, sonrió y
dijo: “Yo sé qué estaban haciendo. Tranquilos, que ya tengo 17 años”. Después
del portazo, desde el pasillo, se escuchó inmediatamente: “Por cierto, ¡feliz
aniversario!”
viernes, 23 de septiembre de 2011
Hola, Julián
Recuerdo que de niño
tenía un amigo con quien conversaba de vez en cuando, desde mi timidez; de
quien escuchaba historias muy entretenidas, al
punto de perder la noción del tiempo. Era el viejo Julián, quien era un
vecino nuestro a eso de mis diez años. Julián murió luego, después de que nos
mudamos, dejando ese mal sabor de la pérdida de alguien que se alegraba cuando
te veía sentado enfrente de la casa y se sentaba a tu lado como el mejor de los
amiguitos. Julián era como un maestro en mis tiempos libres; mientras mis
padres estaban trabajando y llegaban en la noche al barrio a dedicarme sus
minutos de amor cansado, ya Julián había hecho parte del trabajo. Recuerdo que
en esas aproximaciones a monólogo del viejo se comenzaban a mostrar algunos
valores, como la honestidad y la solidaridad. La simpatía pedagógica de mi
amigo era, pensándolo ahora, su herramienta para colaborar con mi crianza, para
dejar muy cerca de mí algunas opciones a utilizar en el futuro. Ya Julián no
está, pero muchas de sus enseñanzas permanecen útiles en mi camino… cosa que
siempre agradeceré. Por cierto, recordándolo ahora y sin preguntarle a mis
viejos o a los vecinos de entonces, no supe nunca la religión de Julián, su
tendencia política, sus preferencias filosóficas; seguro las tenía, porque a
veces lo veía discutiendo con los otros
viejos en términos no entendibles para mí. Lo único que sé es que al
momento de hablar, Julián poseía el don de maravillar a un niño de diez años
con la idea de hacer el bien; y yo, en retribución, le dedicaba mis momentos
libres de prejuicio a aquel vecino que la vida me regaló.
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