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jueves, 7 de mayo de 2020

En deuda con el carajito

Estamos en deuda. Estamos en deuda con el carajito que fuimos y que a veces nos jala la camisa desde abajo, desde adentro, desde ese tiempo cuando todavía no teníamos la receta del éxito ni del fracaso grabada en la cabeza. Estamos en deuda con esos sueños infantiles que se mecían, que corrían, que nos acompañaban al dormir hasta el amanecer. Sistemáticamente, hemos aprendido a alejarnos del muchachito que todavía no se marcha, de ese que sin ser un sabio sabía cuando algo no estaba bien y lo dejaba de hacer porque tal vez porque dolía o porque le hacía daño a alguien más. Estamos en deuda con el que se juntaba con cualquiera y medía la pertinencia con el cansancio o con el hambre que te hacía regresar a casa… o con el llamado de la vieja. ¿Qué calamidad ocurrió que le soltamos la mano al niño y nos aferramos a un disfraz que nos obliga a ser serios, disciplinados y productivos; que nos hace avergonzar de lo que recogimos de chamitos y ser quien no queremos ser, hacer lo que no queremos hacer, vivir lo que no queremos vivir? No lo sé, pero no parece que hayamos crecido mucho más que ese carajito que, viéndolo desde lo lejos, tenía mucha más coherencia en sus acciones y deseos que ese adulto perfumado que pasa por ahí sin saludar.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Papás pillados

Con la luz del amanecer deslizándose por el balcón. En pleno acto. En plena pasión loca. En ese exacto momento cuando parece que todo va a explotar, entró Danielito. Nos paralizamos al instante, como si nos fuésemos desenchufado, y con los ojos clavados en la silueta madrugada de la luz de nuestras vidas, sentíamos cómo todo se desinflaba, cómo todos los engranajes se detenían en medio del calor, y cómo se desprendía el humo prematuro y residual de nuestros cuerpos en shock. Poco a poco, quienquiera que estuviese arriba, se bajó lentamente, como serpiente avergonzada, jadeante y sin quitarle la vista al vástago que todavía se frotaba los ojos —quién sabe si por efecto del sueño o para confirmar la novedad—. Nuestra risa de “hola, mi amor, ¿te levantaste temprano? Ji, ji” intentó distraer la atención de aquellos ojos ya bien abiertos y todavía sembrados en un gesto de asombro. Si no fuese nuestro hijo, hasta pensaría que había algo de morbo en su presencia. Unos segundos después, ya sentados y con la cobija a media asta, tal vez se nos ocurriría la primera estupidez para salir del enredo, por ejemplo: “tu papi y yo estábamos jugando al caballito”. Danielito, al escuchar semejante cosa, cerraba la puerta y, justo antes de irse, sonrió y dijo: “Yo sé qué estaban haciendo. Tranquilos, que ya tengo 17 años”. Después del portazo, desde el pasillo, se escuchó inmediatamente: “Por cierto, ¡feliz aniversario!”

viernes, 23 de septiembre de 2011

Hola, Julián


Recuerdo que de niño tenía un amigo con quien conversaba de vez en cuando, desde mi timidez; de quien escuchaba historias muy entretenidas, al  punto de perder la noción del tiempo. Era el viejo Julián, quien era un vecino nuestro a eso de mis diez años. Julián murió luego, después de que nos mudamos, dejando ese mal sabor de la pérdida de alguien que se alegraba cuando te veía sentado enfrente de la casa y se sentaba a tu lado como el mejor de los amiguitos. Julián era como un maestro en mis tiempos libres; mientras mis padres estaban trabajando y llegaban en la noche al barrio a dedicarme sus minutos de amor cansado, ya Julián había hecho parte del trabajo. Recuerdo que en esas aproximaciones a monólogo del viejo se comenzaban a mostrar algunos valores, como la honestidad y la solidaridad. La simpatía pedagógica de mi amigo era, pensándolo ahora, su herramienta para colaborar con mi crianza, para dejar muy cerca de mí algunas opciones a utilizar en el futuro. Ya Julián no está, pero muchas de sus enseñanzas permanecen útiles en mi camino… cosa que siempre agradeceré. Por cierto, recordándolo ahora y sin preguntarle a mis viejos o a los vecinos de entonces, no supe nunca la religión de Julián, su tendencia política, sus preferencias filosóficas; seguro las tenía, porque a veces lo veía discutiendo con los otros  viejos en términos no entendibles para mí. Lo único que sé es que al momento de hablar, Julián poseía el don de maravillar a un niño de diez años con la idea de hacer el bien; y yo, en retribución, le dedicaba mis momentos libres de prejuicio a aquel vecino que la vida me regaló.

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