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lunes, 16 de marzo de 2020

Me duele la mente

Me duele la mente. Ya se dio por vencida. Ya el portento de instrumento se cansó y pidió cesantía. No bastaron las vacaciones anuales. A falta de problemas reales, como bajar una manzana de un árbol alto, matar un venado para comer o aparearse para reproducirse, se dedicó hace tiempo a inventar cosas cada vez más complejas, como la rueda, el carro, el cohete, la neurosis y el sufrimiento. Pero llegó al llegadero; se reventó porque ninguno de esos inventos deslumbrantes lo llevó a mejor puerto. Ante el deseo imparable producido por un vacío interminable, creó maratones sucesivos y entre el esfuerzo y el logro, sumando, cada vez, poco más de cero en una aritmética que nos antoja ridícula ahorita, cuando nos ponemos sinceros, cuando la crisis se estacionó y al notar lo absurdo de nuestra situación, otrora exitosa, salió a flote el grito “¡no juego más!”, dijo el encargado de nuestras decisiones y dejó el local al verdadero dueño. El ego se hartó y se bajó del vagón que manejaba, dejando esto abandonado. Acaba de comenzar el milagro…

viernes, 13 de marzo de 2020

Ahorita no pasa nada

Ahorita no pasa nada. Dije ahorita. Estás sentado cómodamente en ese sitio, con esa vista, pero ya se te olvidó que es cómodo, ya se te olvidó por qué compraste ese sillón y esa casa con balcón. En lugar de gozar de este momento, estás enredado pensando en lo que hiciste y en lo que harás. La vida se te escurre entre pensamientos y no te das cuenta de que cada minuto que pasa se convertirá en un minuto a mendigar al final de tu camino. No te das cuenta de que todo lo que tienes en la cabeza es un entrenamiento de porquería diseñado para juzgar, criticar, resistir lo que se te atraviese sin dar oportunidad más allá de tus etiquetas disparadas a mansalva. ¿El futuro? No lo sé. Quienes vayan a morir en estos días no tienen futuro y aún así malgastan el día tramando fantasías burlonas que se carcajearán más despuesito porque son solo proyecciones de tu cabeza. Entrenado para sufrir. Capacitado para lo efímero y doloroso. Podrías estar viendo el Monte Fuji, las llanuras africanas, las pirámides o la torre Eiffel ahorita y en dos días buscarás ya aburrido y desesperado otra ilusión sobre la cual saltar y redirigir tu adicción, tu miedo, tu nuevo apego. Pero eso solo ocurre con tu programación, con tu apuro, con tu inconformidad interminable, porque de verdad, ahorita no pasa nada: ahorita todo está bien.

lunes, 9 de marzo de 2020

Amor de a poquito

Para muchos el amor es una especie de fluido que se dirige como con manguera. Un poquito para este, un poquito para el otro; para mi mamá y mis mijos, claro. En medio de su pasión sexual, de padre o cachorro mamífero, juran que es amor verdadero. Así es, pues, como en su cabeza el amor se puede dirigir como si fuese agua recién llegada, y cuando salen a la calle, desdeñan al resto de los seres vivos porque su pedacito de parcela a regar con su supuesto amor está confinado a cuatro o seis paredes. La indiferencia y el maltrato hacia el vecino, hacia los desconocidos y hacia quienes necesitan salen de la cabeza de alguien que cree que ama y que incluso daría su vida por alguno de esos poquitos reservados en su corral de afecto, pero que solo vive haciendo favores, saciando sus ganas o cuidando a su manada. Pudiera decirse muy fácil y ligeramente que esa pequeñez, esa tacañería al dar no es amor verdadero, ese que trasciende, que se muestra como es, sin miedo a perder, con una sonrisa desinteresada, una mano y un corazón extendidos. 

domingo, 8 de marzo de 2020

Vidas separadas, por favor

Nuestras vidas, cada una por separado, eran perfectas, como se supone que debían ser. Tus momentos y los míos, cada uno por su lado, vivían cada cosa a su momento preciso, pertinente. Los intentos y fracasos de cada uno iban hilando, a su paso particular, los triunfos que vendrían luego. El universo parecía estar funcionando para ti y para mí como la máquina de equilibrios y ajustes que tanto se menciona. Eran tu vida y la mía, cada una en su carril, una obra maestra de la realidad posible. Pero no. Teníamos que arruinarlo todo. Tuvimos que halar por los pelos esos dos proyectos en marcha ascendente y hacerlos colisionar entre sí. En medio de la pasión y la ilusión transitoria, pero artera, nos enredamos y desmantelamos todo lo que venía formándose hermosamente para dejarlo tirado al lado de la cama. El empeño en que éramos el uno para el otro, el truco mal ejecutado de nuestra unión y unos pocos meses de hartazgo de nuestro amor una vez invencible, bastó para declarar la quiebra de este negocio tan mal concebido. Ahora, con la cojera de un lado, intentamos reiniciar sin mucho éxito lo que un día fue perfecto, pero esta vez con la carga de un fracaso innecesario e inoportuno encima.

sábado, 7 de marzo de 2020

Oh, joven médico...

Oh, joven médico. Comiéndote el mundo, dando en el clavo… primer año sobre ruedas. Oh, joven médico de bata blanca impecable, de saludos altivos por los pasillos, que tanto gozas con los cumplidos, que te regodeas entre tus jóvenes colegas, que llenas tu primera solicitud para comprar vehículo. La universidad ha podido cubrir casi todos los casos de catarros, torceduras y dolores de estómago. Tus ganas de ser el mejor, de cobrar bien, de demostrarles a tus padres que sí valiste la pena, te arrojan a la aventura de la inferencia destemplada, de la adivinanza, de la ligereza cuando examinas a un paciente complicado que te triplica la edad. Una preguntita a tu amigo del consultorio de al lado, una consulta en internet, una corazonada, te hacen echar para adelante ese tratamiento atrevido con el que, tienes la certeza, ganarás el primer trofeo de tu carrera. Pero mirándote de reojo desde aquí, desde la sala de espera y con el televisor de fondo, observo cómo el monstruo de tu ego ya recrecido por tu experiencia incipiente va arrasando con todo lo que pueda significar fracaso, temor, incluso duda. Viniste a mi rincón y me dijiste, con tus estadísticas adolescentes, que lo mío era de por vida, que no me preocupara, que debía tomar esto y aquello hasta el día de mi muerte —que ahora creo que será más pronto que tarde—. Con tu sonrisa profesional casi me convences de que todo estará bien en adelante, si sigo sus indicaciones… “de por vida”.

viernes, 6 de marzo de 2020

Un espacio alrededor de mí

Siento un espacio alrededor de mí. Es algo nuevo, extraño. No sé si se originó como algo físico o sicológico, pero ahí está. Es un espacio que me deja moverme, en el que tengo libertad de acción; tengo a veces la impresión de que esa franja que me envuelve me da tranquilidad y me protege. Veo cómo las palabras y las acciones de los demás están más allá de ese espacio, y que la distancia es tal y tan adecuada que no me afectan, no me desaniman, no me vuelven loco o me ponen a correr o a llorar. Creo incluso que detrás de esa barrera silenciosa también han quedado mis lamentos, mis incomodidades, mis tormentos. Cuando veo una chispa que sale o se acerca a mí, esa zona de seguridad me proporciona antelación suficiente para observar el fenómeno sin ofuscarme, sin responder a la ligera, y puedo entonces colocar todo en perspectiva, mirar lo que hay detrás, identificar y separar la realidad de la ficción para luego responder, si fuese necesario, en términos pacíficos, constructivos, y aún así, creativos. No sé cuándo llegó este paréntesis entre yo y mi entorno, entre yo y mi interior, pero de verdad que estoy infinitamente agradecido.

Con mi parcela no te metas

Nos encanta separar. Nos embriaga desconectar, marginar, segregar, aislar. “Analizar”, dice el licenciado; delimitar, clasificar, disgregar, disociar “para estudiar mejor”. Y así dejamos todo: separado, desconectado, como el niño que juega, se cansa y deja todo regado. Así es como vemos el mundo al día de hoy, en parcelas, en propiedades, en trozos irreconciliables, desconectados. El médico del estómago resiente que el médico de la cabeza le diga qué hacer. El político de un color es enemigo del político del otro color. El habitante de una latitud es superior al habitante de otra latitud. Ni hablar de colores. Separados por dentro y por fuera, partidos y repartidos en pedacitos que originalmente se concebían como una sola cosa, durante el supuesto avance, como producto del tan cacareado progreso, quedó todo atrapado en estratos, encarcelado en catálogos, habitando en jaulas irreconciliables entre sí. No es raro ver ahora, como consecuencia lógica, un mundo en el que uno debe “marcar la diferencia”, “destacar entre los demás”, “callarle la boca al vecino”; un mundo de guerras sin sentido para la mayoría, de muerte y asesinatos interminables; un mundo en el que el pensamiento, las utopías, las ideologías, la ciencia y la tecnología no dan pie con bola con la solución última del ser humano, con su felicidad auténtica, porque hace siglos ya de la separación, de la pérdida de la unidad, del establecimiento del otro como enemigo por miedo, por egoísmo, por mezquindad y de nuestra identidad interna partida en roles, en funciones que nos traicionan de alguna manera y convierten la vida en una costosa y lamentable pantomima.

jueves, 5 de marzo de 2020

Llámame, pero bien.

Llámame para decirme que estás bien. Llámame esta vez para aclararme que la cosa se había complicado, pero que te moviste y ahora estás tranquilo. Llámame, chico, para preguntarme cómo me siento, para ponerle solución al problemita ese del que sabemos. Llámame a buena hora, en tu mejor momento, para compartir algún descubrimiento que hiciste durante el día y que te ayudará a resolver muchas de las cosas que hasta ahora te aquejaban. Llámame para plantearme una duda y una visita con café. Llámame para algo bueno, o en su defecto, para contarme cómo es que conservas el entusiasmo y la esperanza en medio de la crisis. Llámame para proponer, para celebrar, para llorar, si es el caso, pero que sea con la intención de salir adelante. Si no tienes ahorita ganas de ninguna de estas llamadas y prefieres conservar tu disfraz de nube gris, por favor, no me llames.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Resistirse a la vida real

Llegó el ser humano con la pretensión de dominar la vida, de someterla a sus antojos, de resistirse las leyes que la rigen, ignorando las consecuencias de tal despropósito, pasando por alto la temporalidad de todo lo que hay en ella: de su propia salud, de sus propios objetos, de su propia existencia. Fue así, pues, por la ilusión de dominar lo indómito, de canalizar fuerzas mucho mayores para un supuesto provecho, que levantó castillos y monumentos sobre el barro, y ante la inminencia del hundimiento, intenta echarle la culpa a los demás, a lo demás. La ficción desechó la responsabilidad para siempre. Esa ilusión enceguecedora se erigió sobre la razón, sobre lo que es como es y seguirá siendo a pesar de los caprichos, le hará terminar su vida cansado y vencido por ese caudal todopoderoso, frustrado por no haber logrado la empresa demente de dominar todo cuanto le rodea, sin haber comprendido que era solo una pequeña parte de algo inmenso, fluido, perfecto; una partícula minúscula y atrevida, aparentemente inteligente que siempre falló y seguirá fallando en su cometido.

domingo, 1 de marzo de 2020

¿Una vida consciente? Ojalá.

Al parecer, hay una vida consciente que no hemos experimentado aún. Es decir, una vida verdaderamente consciente. Dicen que es una manera de vivir en la que la mente es la herramienta perfecta para solucionar situaciones, pero que a estas alturas no para de producir pensamientos inútiles, repetitivos y destructivos. Afirman por ahí que en ese nuevo contexto se pueden examinar los pensamientos que nos mantienen incómodos, angustiados, enojados, y en el proceso, estos se van apaciguando hasta un grado inofensivo, claro con la ayuda imprescindible del sufrimiento pasado. También dicen que esa conciencia que vigila de cerca a la mente llega a ser la fuente interminable de una nueva paz, de una tranquilidad insospechada en estos días de enredo y contradicciones constantes. Escuché también que al entrar en esa existencia consciente se van desapareciendo algunos gustos y disgustos que hasta ahora nos gobiernan, pero que a cambio surgen nuevos escenario de aceptación, gozo y entusiasmo. Eso dicen, pero yo no sé. Ojalá algo nos pueda salvar de toda esta pésima historia que llevamos construida hasta ahora y que seguro terminará muy vergonzosamente.