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domingo, 26 de enero de 2025

Horacio se fue en paz

Inmovilizado en su cama, me volteó a ver con dificultad y con cierto interés en que yo escuchara, Horacio me contó un chiste:

— Este era un tipo que tenía una dificultad: defecaba en sus pantalones cuando saludaba, cuando daba la mano. Fue a varias consultas médicas de las que salió bien en sus medidores físicos, siendo la recomendación final del médico visitar al psiquiatra. Seis meses después, encontrándose con su amigo de la infancia —quien conocía su problema— lo saludó dándole un apretón de manos. Su amigo, sorprendido, le dijo “¡Caramba! Veo que ya no tienes tu problema”, a lo que le contestó “Todavía me cago, lo que pasa es que ya no me importa”.

Me reí como como quien se ríe de un chiste contado por un enfermo terminal. Es como entrar en esa cueva llevado a juro, lanzado a ese rincón oscuro para intentar condescender con la persona postrada. Fue divagar al no saber qué es lo que pasa en la cabeza del otro y, sobre todo, por nuestra cabeza. Fue una pequeña vorágine entre practicar la compasión o la empatía, de seguir la corriente frívolamente o de hacer quién sabe qué cosa que debamos hacer en ese momento de desconcierto.

El recuerdo de ese momento tan embarazoso me persiguió varios días después del fallecimiento de Horacio, y no fue hasta una madrugada en la que no podía conciliar el sueño que entendí, aliviado, el mensaje de Horacio: me voy en paz.

viernes, 6 de marzo de 2020

Un espacio alrededor de mí

Siento un espacio alrededor de mí. Es algo nuevo, extraño. No sé si se originó como algo físico o sicológico, pero ahí está. Es un espacio que me deja moverme, en el que tengo libertad de acción; tengo a veces la impresión de que esa franja que me envuelve me da tranquilidad y me protege. Veo cómo las palabras y las acciones de los demás están más allá de ese espacio, y que la distancia es tal y tan adecuada que no me afectan, no me desaniman, no me vuelven loco o me ponen a correr o a llorar. Creo incluso que detrás de esa barrera silenciosa también han quedado mis lamentos, mis incomodidades, mis tormentos. Cuando veo una chispa que sale o se acerca a mí, esa zona de seguridad me proporciona antelación suficiente para observar el fenómeno sin ofuscarme, sin responder a la ligera, y puedo entonces colocar todo en perspectiva, mirar lo que hay detrás, identificar y separar la realidad de la ficción para luego responder, si fuese necesario, en términos pacíficos, constructivos, y aún así, creativos. No sé cuándo llegó este paréntesis entre yo y mi entorno, entre yo y mi interior, pero de verdad que estoy infinitamente agradecido.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Coqueteo con el vacío

A veces coqueteo con mis profundidades. Paso tangencialmente y rozo una extraña quietud. Puedo tocar el vacío indescriptible que me refugia por segundos, pero inmediatamente llega la cotidianidad y soy jalado de nuevo a lo trivial, a lo repetitivo, a lo de siempre. En medio del barullo del diario, alcanzo a recordar por encimita esos momentos fugaces de algo ajeno a lo romántico y lo vulgar, a lo mecánico o intelectual. Se convierte en casi un anhelo traspasar de nuevo, cada vez, la basura, el estorbo y el ruido, para caer una vez más en ese estado delicioso, escapado de mis pensamientos, casi burlando mis emociones, a salvo de lo que me hace resbalar para caer ridículamente en la ira, en la tristeza o en la explosión efímera de alegría. No sé cómo llegar de nuevo, pero eventualmente me sumerjo y me quedo ahí, sentado, sin hacer “nada”, flotando otra vez en mi escondite recién descubierto… aunque se me antoja que este breve escondrijo se corresponde más con lo real, con lo inamovible, con lo que no tiene apariencia que defender. De pronto me sorprendo regresando a la prisión habitual, a “lo debido”,  a lo “razonable”, por la incapacidad de respirar, de permanecer unos instantes más en esa parcela de plenitud que se me otorgó no sé cuándo, pero que permanece nuevecito y esquivo por falta de uso.

lunes, 15 de julio de 2019

Siento la plenitud acercarse


Siento cómo la plenitud se va posando sobre mí. Percibo cómo se van derrumbando algunas barreras infranqueables hasta ahora. Aprecio cómo ciertas toxicidades del pasado se deshacen sin despedirse. Siento una tranquilidad que inquieta. El ruido del entorno va desapareciendo y comienzo escuchar sonidos desconocidos que me secuestran y me reconfortan. Desde mi silla de siempre, veo cómo lo mismo de todos los días va ganando colores vivos, matices interesantes… es lo mismo, pero visto con ojos nuevos. No sé adonde me llevará esta sensación de desenfado y disfrute, si podría catalogarse de “buena” o “mala”, pero me está alejando del camino que solía tomar para sentir y hacer, y lo que mi ego tanto se resiste con cada vez menos fuerza y en medio de las nuevas luces, es a deshacerme de lo que hasta ahora he amado, de mis modelos y logros, esos que siento que poco a poco se van secando ahí, sin dolor, delante de mí.

miércoles, 10 de julio de 2019

Me gusta la paz, pero prefiero estar contigo

Me gusta la paz, pero prefiero estar contigo. Todo eso del equilibrio y la tranquilidad está muy bien, pero elijo el sobresalto de estar a tu lado. Ya sé que piensas que estoy loco, y está bien, pero me aburro muy fácilmente de la quietud, del paisaje, de compartir siempre lo mismo. Por eso escojo seguir experimentando este sube y baja de estar contigo. Sí me han dicho, sí me han aconsejado, sí me han dibujado el croquis de “lo que me conviene” −si es que eso existe−, pero en todo caso, no estoy preparado. Siento que estoy en mi momento de brincos, gritos y alboroto, y debo reconocer que solo respondo a los estímulos violentos, a la pasión desbordada que reclama derechos a carajazos, pero bueno, mientras llega el tan mentado momento de sentar cabeza, déjame llevar palo por las costillas un rato más.

viernes, 28 de junio de 2019

Manifiesto de liberación

No voy a rebajar. Ya comprobé que es mentira porque trago como un desgraciado. Saldré de ese exceso de ropa “para cuando rebaje” y que me estorba en la casa. No buscaré compañera de vida. No cambiaré mis malos hábitos solo para conservar a alguien a mi lado, cuando solo necesito compañía en poquísimas ocasiones. No seré millonario. Dejaré de reventarme trabajando, dándole electrochoques a visiones moribundas que no han funcionado; o rebajándome cada día ante gente que no parece merecer la vida que tiene. No me abstendré de hacer lo mío. Por muy estúpido que parezca, por muy banal que luzca desde lejos, esto es lo que me gusta y pasaría todo el día haciéndolo sin esperar reconocimiento de “la gente que salió adelante”. Por eso, no seré el más simpático para los demás. Estoy harto de que pasan los años y no termino mis cosas solo porque el vecino y el compañero me van juzgar y van a regar el chisme… ¡Que se jodan!, porque cuando necesito ayuda, ninguno se aparece —si se aparecieran, igual lo haría, claro—. No me voy a casar. No voy a tener hijos. No estudiaré eso. No vestiré a la moda. No me arreglaré el pelo. No seré, haré ni iré donde ni como tú quieras, ¿entendiste? …Ah, me salí de las redes.

domingo, 23 de junio de 2019

Paz sin roncha


Paz sin roncha es sospechosa. Tranquilidad sin haber superado las grandes dificultades no luce posible, consecuente, ni siquiera lógico. Mientras más frágil sea la mezcla, más endeble resultará la construcción, sin duda. La fortaleza nunca resulta de la mera pulitura, de los mimos, de la mentira. Un músculo fuerte no es la consecuencia de la delicadeza de los masajes, de la elocuencia de los discursos, de la agudeza de los análisis. Hay que pasar roncha. Hay que abrir bien los ojos, buscarle la vuelta al asunto y con las ganas muy en contra, ir construyendo la verdadera tranquilidad, la fuente indiscutible de la paz futura.

sábado, 20 de abril de 2019

¡Medítelo bien!

—Ya estoy sentado en esta silla del comedor, que es derecha y me permite tener la espalda recta y así estar alerta. Déjame mirar al frente… ¡No! Mejor con los ojos cerrados, así nada me interrumpirá. A ver… derecho otra vez. “¿Aló? No, nada. ¿Puedes esperar quince minutos? Dale, mi amor. Besito”. Derecho, ojos cerrados, atención al cuerpo. Ahí está mi mano derecha… “¡Coño, que quince minutos te dije! ¡No llames!” Ojos cerrados, respiración consciente, atento si viene un pensamiento… “¿Por qué le dirán respiración consciente, si hasta cuando dormimos respiramos?” ¡Epa! ¡Derecho, ojos cerrados! Alerta a los sonidos sin etiquetar nada… “porque es que uno le pone nombre a todo y esa no es la nota” ¡Qué vaina, contigo! Si aparece un pensamiento, deja que pase: no lo evites. Inspiro… expiro… “¿Bajaría la poceta?” Inspiro… expiro… “Parece que está funcionando, porque no se asoma ningún pensamiento o imagen de los Pokemones echando rayos” ¡Hey! ¡Alerta! ¡En silencio! Déjate llevar por tu cuerpo interno que es la entrada a la conciencia. Siente cómo fluye la energía por tus manos, tus pies, tu pecho, tu abdomen. Ya siento la energía… “¿Energía? ¿Se cargaría el celular?”. Voy a ver. Ya vengo. ¡De verdad que esa silla es dura! ¡Uno no se puede concentrar! Eso de meditar como que es pura paja.

sábado, 13 de abril de 2019

La paz, el equilibrio y el bamboleo

Paz. Equilibrio. Con alegría como poblador y todo. En el centro, en el medio, aparentemente firme, mientras no exista empujón alguno. Sin fuerzas aparentes que hagan bambolear de un lado a otro o de atrás para adelante. No se sabe si ese balance es el inicio o el final. Pareciera el final, el final deseado con desesperación por muchos. El final después de años de bamboleo e incertidumbre. Después de años de cargar inconscientemente con pesares y emociones destructivas que hacen del bamboleo, un vaivén insostenible, un zigzagueo que lleva finalmente a la mortificación, a la desolación. Quién sabe cuándo comenzó el bamboleo en nuestras vidas. Quién sabe cuándo se asomó la primera necesidad de algún equilibrio. Parece remoto. Yo digo que es imposible saberlo,  porque esas sacudidas abrumadoras se convierten, por el efecto de los mensajes incansables del entorno, en el ritmo a seguir; a seguir para lograr el sueño perturbador y bamboleante ya inyectado; a seguir hasta que te mueras, muertito de miedo y lamentando no haber escogido el equilibrio hace decenas de años como la forma de estar.