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sábado, 7 de marzo de 2020

Oh, joven médico...

Oh, joven médico. Comiéndote el mundo, dando en el clavo… primer año sobre ruedas. Oh, joven médico de bata blanca impecable, de saludos altivos por los pasillos, que tanto gozas con los cumplidos, que te regodeas entre tus jóvenes colegas, que llenas tu primera solicitud para comprar vehículo. La universidad ha podido cubrir casi todos los casos de catarros, torceduras y dolores de estómago. Tus ganas de ser el mejor, de cobrar bien, de demostrarles a tus padres que sí valiste la pena, te arrojan a la aventura de la inferencia destemplada, de la adivinanza, de la ligereza cuando examinas a un paciente complicado que te triplica la edad. Una preguntita a tu amigo del consultorio de al lado, una consulta en internet, una corazonada, te hacen echar para adelante ese tratamiento atrevido con el que, tienes la certeza, ganarás el primer trofeo de tu carrera. Pero mirándote de reojo desde aquí, desde la sala de espera y con el televisor de fondo, observo cómo el monstruo de tu ego ya recrecido por tu experiencia incipiente va arrasando con todo lo que pueda significar fracaso, temor, incluso duda. Viniste a mi rincón y me dijiste, con tus estadísticas adolescentes, que lo mío era de por vida, que no me preocupara, que debía tomar esto y aquello hasta el día de mi muerte —que ahora creo que será más pronto que tarde—. Con tu sonrisa profesional casi me convences de que todo estará bien en adelante, si sigo sus indicaciones… “de por vida”.

lunes, 24 de junio de 2019

Autocrítica no

¿Para qué revisar mis cosas si el problema lo tiene otro? ¿Por qué preocuparme por saber si estoy equivocado, si tengo la certeza de que el entuerto viene de afuera? Autocrítica no. Autocrítica nunca. Yo no tengo ninguna dificultad en reconocer que a veces me equivoco — como cualquier ser humano normal—, pero usualmente conjugo la equivocación en pasado. Hoy no estoy equivocado y menos mañana, cuando logre mayor perfección en el discurso y el análisis. Ya estoy bien crecidito y nadie va a venir a decirme cómo es que estoy meando fuera del perol. Eso era cuando estaba muchacho y todos aprovecharon para inyectarme sus ideas retorcidas y miedosas. Pero, ya no. Estoy bien seguro de que en 10 o 20 años más, la diferencia en mis discernimientos no será muy distinta a la actual. Por eso, ahora, a mis 25 años, que siento que alcanzado un nivel superior de criterio como para tratar cualquier asunto con autoridad indiscutible, no voy a detenerme en el camino a estar examinando esos posibles desatinos que me indicas con tu humildad afectada, mamá. ¿Por qué no te revisas tú?