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domingo, 14 de febrero de 2021

Ve a compartir, no a pedir

Ve a compartir lo que tienes, lo que sueñas, tus potencialidades. Anda y comparte el espacio, el aire, las ideas que llevas contigo. Pero coño, no llegues con las manos vacías. No llegues a quitar, a exigir, a completar una tarea que no pudiste terminar solo. No llegues a conquistar plazas ajenas, a invadir espacios sagrados, a ensuciar con tus botas sin rumbo. Ve, en cambio, a compartir el producto de tus propias labores, a gozar de esos logros en compañía de alguien con tus kilómetros recorridos, aunque de caminos distintos. Ve a levantar puentes y a intercambiar riquezas. Ve a construir, a edificar, a poner a disposición uno de los dos hombros necesarios para la tarea conjunta. Por otro lado, cuídate de no llegar a un sitio inhóspito, hostil, que igualmente te devalúe. Evita participar en el fraude en el que dos mendigos que se juntaron para pedir.

miércoles, 12 de agosto de 2020

Compartiré contigo

Ya no compartiré contigo mis proyectos personales recién comenzados con pasión y entusiasmo. Tampoco compartiré contigo mis emprendimientos avanzados, probados, casi indiscutibles en los que solía apostarlo todo. Compartiré contigo ahora sí, mis obras terminadas; esas que ya pasaron por todas las fases de reconsiderar, de replantear o incluso de cierre total por anacronismo. La verdad es que quiero brindarte todo lo mejor que pueda ofrecerte sin lugar a dudas. No quiero ofrecerte más castillos en el aire o terrenos en la luna. He sido deshonesto hasta ahora y creo que no mereces semejante oferta engañosa de mi parte o de parte de cualquier otro. Esta vez quiero llegar ofreciendo y no pidiendo de manera disfrazada. Esta vez quiero merecerte. 

jueves, 5 de marzo de 2020

Llámame, pero bien.

Llámame para decirme que estás bien. Llámame esta vez para aclararme que la cosa se había complicado, pero que te moviste y ahora estás tranquilo. Llámame, chico, para preguntarme cómo me siento, para ponerle solución al problemita ese del que sabemos. Llámame a buena hora, en tu mejor momento, para compartir algún descubrimiento que hiciste durante el día y que te ayudará a resolver muchas de las cosas que hasta ahora te aquejaban. Llámame para plantearme una duda y una visita con café. Llámame para algo bueno, o en su defecto, para contarme cómo es que conservas el entusiasmo y la esperanza en medio de la crisis. Llámame para proponer, para celebrar, para llorar, si es el caso, pero que sea con la intención de salir adelante. Si no tienes ahorita ganas de ninguna de estas llamadas y prefieres conservar tu disfraz de nube gris, por favor, no me llames.

martes, 6 de agosto de 2019

¿Y con quién es la fiesta?

¿Qué gente feliz poblará en el futuro la casa nueva que te pone tan orgulloso? ¿Con quiénes vas a compartir los paseos desde el asiento delantero de tu carro nuevecito? ¿A quién le pedirás que te acompañe en la casa de playa a mirar el amanecer y el ocaso desde el balcón? ¿Quién está dispuesto a juntarse contigo cuando estés aburrido a comer cotufas, tomarse un buen trago añejo y hablar de la vida enfrente de ese televisor relleno de pulgadas? ¿Qué amigo de la juventud te llevarás al club para divertirse y recordar sus pasados humildes? ¿Quién crees que es capaz de disfrutar de tu compañía sin distraerse de vez en cuando con el provecho que podría sacarle a tu excelente situación? 

viernes, 20 de mayo de 2016

Se fue la luz

Ya medio aliviados, terminándonos de recostar en los sofás y sillones alrededor, ya nos comenzamos a sonreír por la experiencia bizarra de perder el principal motor de la vida moderna. Se fue la luz. No había cómo distraernos de estar con nosotros mismos. No había cómo huir de la presencia familiar. No hubo cómo escapar de estar a menos de dos metros de quienes eran el lubricante para la vida. Estábamos atrapados en medio de la presencia simpática y amorosa de quienes crecieron y vieron crecer todo lo que somos ahora. Los comentarios del apagón fueron inteligentemente manufacturados por mi hermano, por mi padre, por mi hijo… quién sabe. El viejo comenzó con un cuento de sus años en su pueblo, que ahora es ciudad. Contaba de los días que comenzaban y terminaban pronto, que colgaban de la luz del día. Con la mirada de los jóvenes clavada en sus ojos bonachones y sonrientes navegaba entre sus vivencias sin luz, sin esa electricidad que fue llevada luego; sin ese instrumento tan impactante que luego, con el progreso tan cacareado arrancó la juntura de quienes se amaban y los puso a mirar para otro lado. Contaba de caricias a veces disimuladas, de complicidades, de camaraderías en lo que ahora llaman solo “pobreza”, pero que sin dejar de serlo, regalaba el espacio franco para vivir una vida de amor prehistórico, de defectos y virtudes no tan elaborados, de esperanzas tímidas de que a los míos les irá mejor. De repente, como se fue, ¡vino la luz! Y quedamos mirándonos entre todos, con el ojo encandilado, y diría que casi con la nostalgia de seguir escuchando cómo era todo cuando no nos podíamos rehuir. Diez minutos después, todos los aparatos estaban encendidos y cada uno de nosotros volvimos a la hipnosis del bienestar que sí logramos, ese, que el abuelo nos deseaba... al menos eso nos dijo mientras lo rodeamos como nunca antes. Entonces deseé con toda mis fuerzas que se fuese la luz de nuevo.