Ve a compartir lo que tienes, lo que sueñas, tus potencialidades. Anda y comparte el espacio, el aire, las ideas que llevas contigo. Pero coño, no llegues con las manos vacías. No llegues a quitar, a exigir, a completar una tarea que no pudiste terminar solo. No llegues a conquistar plazas ajenas, a invadir espacios sagrados, a ensuciar con tus botas sin rumbo. Ve, en cambio, a compartir el producto de tus propias labores, a gozar de esos logros en compañía de alguien con tus kilómetros recorridos, aunque de caminos distintos. Ve a levantar puentes y a intercambiar riquezas. Ve a construir, a edificar, a poner a disposición uno de los dos hombros necesarios para la tarea conjunta. Por otro lado, cuídate de no llegar a un sitio inhóspito, hostil, que igualmente te devalúe. Evita participar en el fraude en el que dos mendigos que se juntaron para pedir.
Espero que te guste el contenido. Para sugerencias, objeciones, protestas o propuestas, escribe a "leonardo.rothe@gmail.com"
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domingo, 14 de febrero de 2021
miércoles, 12 de agosto de 2020
Compartiré contigo
Ya no compartiré contigo mis proyectos personales recién comenzados con pasión y entusiasmo. Tampoco compartiré contigo mis emprendimientos avanzados, probados, casi indiscutibles en los que solía apostarlo todo. Compartiré contigo ahora sí, mis obras terminadas; esas que ya pasaron por todas las fases de reconsiderar, de replantear o incluso de cierre total por anacronismo. La verdad es que quiero brindarte todo lo mejor que pueda ofrecerte sin lugar a dudas. No quiero ofrecerte más castillos en el aire o terrenos en la luna. He sido deshonesto hasta ahora y creo que no mereces semejante oferta engañosa de mi parte o de parte de cualquier otro. Esta vez quiero llegar ofreciendo y no pidiendo de manera disfrazada. Esta vez quiero merecerte.
jueves, 5 de marzo de 2020
Llámame, pero bien.
Llámame
para decirme que estás bien. Llámame esta vez para aclararme que la cosa se
había complicado, pero que te moviste y ahora estás tranquilo. Llámame, chico,
para preguntarme cómo me siento, para ponerle solución al problemita ese del
que sabemos. Llámame a buena hora, en tu mejor momento, para compartir algún
descubrimiento que hiciste durante el día y que te ayudará a resolver muchas de
las cosas que hasta ahora te aquejaban. Llámame para plantearme una duda y una
visita con café. Llámame para algo bueno, o en su defecto, para contarme cómo
es que conservas el entusiasmo y la esperanza en medio de la crisis. Llámame para
proponer, para celebrar, para llorar, si es el caso, pero que sea con la
intención de salir adelante. Si no tienes ahorita ganas de ninguna de estas
llamadas y prefieres conservar tu disfraz de nube gris, por favor, no me
llames.
martes, 6 de agosto de 2019
¿Y con quién es la fiesta?
viernes, 20 de mayo de 2016
Se fue la luz
Ya medio aliviados, terminándonos
de recostar en los sofás y sillones alrededor, ya nos comenzamos a sonreír por
la experiencia bizarra de perder el principal motor de la vida moderna. Se fue
la luz. No había cómo distraernos de estar con nosotros mismos. No había cómo
huir de la presencia familiar. No hubo cómo escapar de estar a menos de dos
metros de quienes eran el lubricante para la vida. Estábamos atrapados en medio
de la presencia simpática y amorosa de quienes crecieron y vieron crecer todo
lo que somos ahora. Los comentarios del apagón fueron inteligentemente
manufacturados por mi hermano, por mi padre, por mi hijo… quién sabe. El viejo
comenzó con un cuento de sus años en su pueblo, que ahora es ciudad. Contaba de
los días que comenzaban y terminaban pronto, que colgaban de la luz del día. Con
la mirada de los jóvenes clavada en sus ojos bonachones y sonrientes navegaba
entre sus vivencias sin luz, sin esa electricidad que fue llevada luego; sin
ese instrumento tan impactante que luego, con el progreso tan cacareado arrancó
la juntura de quienes se amaban y los puso a mirar para otro lado. Contaba de
caricias a veces disimuladas, de complicidades, de camaraderías en lo que ahora
llaman solo “pobreza”, pero que sin dejar de serlo, regalaba el espacio franco para
vivir una vida de amor prehistórico, de defectos y virtudes no tan elaborados,
de esperanzas tímidas de que a los míos les irá mejor. De repente, como se fue,
¡vino la luz! Y quedamos mirándonos entre todos, con el ojo encandilado, y
diría que casi con la nostalgia de seguir escuchando cómo era todo cuando no
nos podíamos rehuir. Diez minutos después, todos los aparatos estaban
encendidos y cada uno de nosotros volvimos a la hipnosis del bienestar que sí
logramos, ese, que el abuelo nos deseaba... al menos eso nos dijo mientras lo rodeamos
como nunca antes. Entonces deseé con toda mis fuerzas que se fuese la luz de
nuevo.
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