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lunes, 19 de agosto de 2019

Si no joden, no jodas

Si no te están jodiendo, déjalos tranquilos. Si solo crees que te están jodiendo, intenta dejarlos en paz. Si no te gusta lo que hacen, pero siguen sin haberte jodido, respétalos. Si no entiendes lo que hacen, presta más atención o aléjate. Incluso si te parece absurdo, sigue tu camino. Aún si crees que puedes hacerlo mejor, deja que crezcan en su ritmo… pero sigue derecho y deja tu empeño en joder.

Despropósito

“¿Para qué casarse?”, “¿Para qué tener niños?”, “¿Para qué estudiar esa carrera?”. Muy probablemente la respuesta a este tipo de preguntas obedezca a una receta preconcebida, a recomendaciones de otros o a “porque todos lo hacen”. Es normal, pues; es generalizado. Pero como tantas cosas que navegan a la deriva y sin la motivación adecuada para responder, para saber, para sentirlo, el propósito es el protagonista ausente. Nos perdemos entre tanto esfuerzo, entre tanto ruido, entre tanta mecánica, que nos despertamos un buen día en un sitio distinto al soñado, bastante desviado del que trazamos cuando todavía teníamos claridad en el objetivo, ese objetivo que dejamos a un lado, que dejamos atrás, para estar ahora en este adefesio que logramos en su lugar y que, a pesar de los aplausos recibidos, tanto nos agota, tanto hastío nos produce.

Me gustan los complacientes

Me gusta la gente complaciente. La verdad no me gusta mucho discutir, debatir, eso de defender el punto, y menos si es con gente inferior, con ignorantes. Me gusta la gente que se ríe de mis chistes y admira mis discursos —no me importa que no entiendan nada—. Me gusta compartir con quienes me sirven el trago, me encienden el cigarrillo o se venden barato. Me gusta estar con quienes esperan algo de mí y terminan por nunca recibirlo… cuestión de esperanza, no sé. Es harto interesante observar cómo te mienten solo para caerte bien. En fin, chico, me gusta estar con gente más baja que yo para lucir más alto e indiscutible, total, todavía queda bastante plata en la cuenta.

domingo, 18 de agosto de 2019

Vamos perdiendo

Vamos perdiendo. Estamos siendo coleteados. La salvación se aleja cada vez más. Los malos están ganando en su propósito y cada vez ganan más adeptos, más integrantes en sus filas. Muchos de nosotros ya nos unimos a los rufianes. No necesitamos bigotes puntiagudos ni actitudes altisonantes de malos para desempeñar el rol con eficiencia. Solo con algo de inconciencia ya estaremos en ese ejército que maltrata, que quita, que tala, que ensucia, que roba, que mata. Y se nos desaparece el mundo, la familia, el país, el aire limpio ante la indiferencia de los cómplices −el grupo silencioso de los malos que cree que son buenos−. El gráfico dice que vamos para el barranco. La estadística nos recomienda “arreglar todo” antes de irnos. Las organizaciones más optimistas susurran desconsoladas que apaguemos las luces y cerremos las puertas al salir. Los llamados “buenos” están quedados; vienen detrás de la ambulancia. El grupo de santurrones no dan con un método benevolente efectivo para contrarrestar el embate destructivo de los mandamases, de los que van al volante; y no hablo de los payasos de los micrófonos, sino de los dueños del circo, los invisibles, los que dictan el rumbo sin que lo sepamos, los que nos meten en nuestras bocas la frasecita “es que las cosas son así y no se pueden cambiar. No podemos seguir siendo un flaquito tratando de parar a un caballo que viene embalado hacia nosotros: hay que buscar estrategias más efectivas que solo decir “la verdad”. De lo contrario, mejor comencemos a tocar la musiquita de despedida, al estilo Titanic.

sábado, 17 de agosto de 2019

No pasa nada

Ya cansado de tanto hablar y quejarme. Ya hastiado del mismo tema. Ya puedo recitar de memoria cada noticia, verdadera o falsa. Me sé de memoria cada comentario del vecino, del compañero, de la señora de la cola. La verdad es que no pasa nada, no termina de pasar nada, aparte del declive progresivo de los medios de sustentación. Lo demás es puro susurro, puro invento, pura noticia falsa que nos facilita caer de nuevo en ese vértigo de información inútil y perniciosa a la vez. Hasta la desgracia se puede exagerar. No pasa nada, pero como hay tanto ruido, parece que ocurrieran cosas “importantes” cada día, a cada momento; aparenta el ambiente noticioso que tal o cual intervención abre el camino, que esto está a punto de algo, que la explosión es inminente, que todo va a caer. Pero la estadística del mismo proceso indica que todo es pura paja, que es la misma mampara para el que está puesto y el que se quiere poner para mantenerse en sus lugares privilegiados, sin la necesidad ni la frustración que entre los dos han propinado, a pulso, entre los tontos de abajo, que son los que tienen que hacer ridículos y peligrosos malabares para mantener la cabeza fuera del agua. No pasa nada, sino lo mismo. No pasa nada, sino lo de siempre. Que te apasione ponerte de un lado o de otro, no hace la diferencia. La vida nos pasa por un lado y la seguimos tirando a la basura, ocupados con nuestras grandes pequeñeces. Cada cosa de la que se nos despoja se convierte en una calamidad, lo que quiere decir que de lo que todavía queda no resta sino hacer una fiesta y disfrutarlo, porque parece no acabarse nunca.

viernes, 16 de agosto de 2019

¿Seguro de que falló la receta?

Entonces tenemos esta receta para hacer las cosas. Como si se tratara de una torta, de un postre, de un plato que se nos antoja delicioso. Para obtener exactamente lo esperado, o al menos algo delicioso, en su punto, la susodicha receta debe cumplirse al dedillo. Si exageras o te quedas por debajo en la cantidad de algún ingrediente, si te pasas o te quedas corto en el tiempo al fuego o si, incluso, no lo dejas reposar al final, no te va a gustar el resultado. Ese resultado es el producto perfecto de todos los ingredientes y acciones que tomaste, que escogiste. ¿No te gusta el resultado? ¿Te disgusta lo que acabas de probar? ¿Alguna frustración ahora en tu cabeza?  Pues cuidado con a quien responsabilizas de ello. Sin embargo, tienes más oportunidades para ir probando las combinaciones hasta obtener lo que quieres, o mejor aún, lo que necesitas… cuidado, sin embargo, si lo que necesitas es una receta diferente de esa que no termina de cuajar.

jueves, 15 de agosto de 2019

Quiero mi desengaño ya

Quiero mi desengaño ya. Si estoy viviendo una o varias mentiras, quiero saberlo ya. Prontito. En el camino de lo que llaman “maduración” ya me he topado con mucha falsa señal, con innumerables creencias que me distrajeron del camino a recorrer en esta vida que se hace corta. He cambiado como cien veces de bandera, según me han salido al paso cada uno de los postulados que en sus momentos tomé como “la verdad”. Pero no fueron la verdad, fueron pequeñas verdades, verdades parciales, verdades mochas e inconsistentes; y después comprobar la fragilidad de cada una, me llevé mi respectivo trancazo contra la pared… la misma pared que hace despertar para hacernos sentir lo idiotas que fuimos al salir gritando a la calle, a atropellar, a imponer, a echarles en cara lo que acabábamos de reflexionar y concluir, o peor aún, a vociferar lo que solo leímos o nos dijeron como si fuese un gran descubrimiento, la revelación definitiva. Por eso, porque sé cuánto duele y fastidia, es que si ahorita estoy en alguna de esas actitudes prepotentes, arrogantes y tú me estás viendo la costura desde tu silla, te pido, por favorcito, que me ubiques, que me devuelvas los pies a la tierra y así retomar algún camino de cierta decencia, de algo de humildad.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Quiero médicos catires

Quiero un médico catire. Bueno, cuando menos, uno blanco y de pelo negro que me explique cómo es que funcionan la salud y las medicinas. No quiero negritos, tipos con pinta de indiecito o señoras arrugadas que no estudiaron nada explicándome cosas de salud o bienestar: esa gente no sabe nada. No quiero maticas sancochadas, compresas caseras ni nada que huela a sospecha, a duda, incluso a negligencia de gente iletrada. No. Yo quiero clínica, yo quiero batas blancas, quiero secretaria bonita; yo quiero aire acondicionado y musiquita. No quiero la factura, claro, pero como esa gente es tan bonita y debe saber mucho, qué se le va a hacer… ¡Quítame ese guarapo de enfrente!

martes, 13 de agosto de 2019

¡Adiós, Doctor!

Bueno, doctor, nos vemos. Se acabó. Se acabó la burla, la espera interminable, los viajes en vano, la gastadera de plata. Ya no aguanto más su falta de Hipócrates. Ante su falta de compromiso, de respeto e incluso de conocimientos, he decidido no verlo más, no confiar más, no venerarle más, no recomendarlo más. Le estoy quitando, con esta misiva, su manto chamánico, su aura de todo poderoso, su autoridad a ultranza. La vida lo quiso así. Ya pude ver que es usted tan sinvergüenza como yo, tan superficial como yo, tan descreído como yo; que no es más que un mal mecánico no estudia, que cambia piezas a lo loco, que receta en exceso por si las moscas y que ni siquiera recuerda mi nombre. Por ese joropo de fallas y pelones, mentiras, pero por sobre todo su cinismo recrecido, es que ahorita le digo adiós para siempre.

domingo, 11 de agosto de 2019

¿Un milagro? no te creo

¿Un milagro curativo, un milagro repentino? No te creo. Lo que ocurrió fue solo una vuelta a una normalidad olvidada, a un equilibrio perdido, al estado inicial perfecto de las cosas. Milagro no. Es otra cosa. Nuestra percepción, sumergida desde hace años en una rutina demente, en un declive imperceptible pero constante, se acostumbró a ver hacia el suelo, a esperar menos de nuestro cuerpo. Nuestra mente, en busca de un espejismo de bienestar, se guindó en nuestra verdadera calidad de vida y la dobló hacia abajo, separándola de ese funcionamiento inmaculado que constituye en sí mismo un milagro constante, y por lo tanto imperceptible. Durante décadas fuimos minando la máquina perfecta sin remordimiento alguno hasta casi lograr su destrucción, y es cuando aparece un mecanismo “milagroso” que nos acerca de nuevo, a una velocidad increíble para nuestros empobrecidos estándares, al funcionamiento perfecto del que nos alejamos ya hace tiempo, gritamos con desvarío que se trata de un milagro. No ocurrió el milagro. Nos alejamos inconsciente y progresivamente del milagro de vivir en plenitud y ahorita lo podemos sentir de nuevo, súbitamente, como un fantasma amigable, sin tomar jamás la más mínima responsabilidad en lo que haya ocurrido. No cabe duda de que la inercia nos hará caer de nuevo en el sopor de siempre, que nos apartaremos, cada vez, del camino de la conciencia y haremos un bochinche de nuevo con nuestra salud… hasta que aparezca el próximo milagro.