Por un momento estuve a gusto. Por un instante estuve a mis anchas, cómodo, con esa gente alrededor, sin complejos, sin sentirme agobiado ni querer salir de ahí. Sentí que en aquellos minutos podía mirar a la cámara, cantar esa canción, contar un secreto. Fue como ser lanzado hacia arriba y, en el suspiro del clímax, inflarme a plenitud de lo que cuentan por ahí que se trata gozar la vida. Fue como un sueño, un bonito sueño en el que la inocencia y la falta de temor me inundaron de nuevo y me dejaron esta sensación de bienestar en mi frente, en mis labios, en mis manos. Y aunque ese sueño ya terminó, se me dio por creer que puede hacerse realidad, ser permanente. Ya vengo... Voy a soñar de nuevo.
Espero que te guste el contenido. Para sugerencias, objeciones, protestas o propuestas, escribe a "leonardo.rothe@gmail.com"
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viernes, 23 de julio de 2021
viernes, 6 de septiembre de 2019
Coqueteo con el vacío
A
veces coqueteo con mis profundidades. Paso tangencialmente y rozo una extraña quietud.
Puedo tocar el vacío indescriptible que me refugia por segundos, pero inmediatamente
llega la cotidianidad y soy jalado de nuevo a lo trivial, a lo repetitivo, a lo
de siempre. En medio del barullo del diario, alcanzo a recordar por encimita
esos momentos fugaces de algo ajeno a lo romántico y lo vulgar, a lo mecánico o
intelectual. Se convierte en casi un anhelo traspasar de nuevo, cada vez, la
basura, el estorbo y el ruido, para caer una vez más en ese estado delicioso, escapado
de mis pensamientos, casi burlando mis emociones, a salvo de lo que me hace
resbalar para caer ridículamente en la ira, en la tristeza o en la explosión
efímera de alegría. No sé cómo llegar de nuevo, pero eventualmente me sumerjo y
me quedo ahí, sentado, sin hacer “nada”, flotando otra vez en mi escondite recién
descubierto… aunque se me antoja que este breve escondrijo se corresponde más
con lo real, con lo inamovible, con lo que no tiene apariencia que defender. De
pronto me sorprendo regresando a la prisión habitual, a “lo debido”, a lo “razonable”, por la incapacidad de
respirar, de permanecer unos instantes más en esa parcela de plenitud que se me
otorgó no sé cuándo, pero que permanece nuevecito y esquivo por falta de uso.
viernes, 9 de agosto de 2019
Con un ojo cerrado
Qué
difícil es pensar en uno mismo como en una unidad perfecta, que nace con todas
las posibilidades de crecer y perfeccionarse en cuerpo, mente y espíritu. Qué
difícil pensar que somos el engranaje de estos tres compartimientos que se comunican y se alimentan directamente,
creando la posibilidad del equilibrio sostenible. Qué difícil es sentir que
tenemos necesidades reales que hay que aprender a atender para llegar a ese
estado de plenitud que tanto necesitamos hoy en día. Igual o más difícil es
pensar en el otro como parte de uno mismo, como parte de algo mayor por
descubrir. Qué difícil es entonces, por extensión, entender que todos estamos
aquí por lo mismo y que la diversidad es solo una herramienta que apoya nuestra
sustentabilidad, nuestra mejor permanencia en el
planeta.
lunes, 15 de julio de 2019
Siento la plenitud acercarse
Siento cómo la
plenitud se va posando sobre mí. Percibo cómo se van derrumbando algunas
barreras infranqueables hasta ahora. Aprecio cómo ciertas toxicidades del
pasado se deshacen sin despedirse. Siento una tranquilidad que inquieta. El
ruido del entorno va desapareciendo y comienzo escuchar sonidos desconocidos
que me secuestran y me reconfortan. Desde mi silla de siempre, veo cómo lo
mismo de todos los días va ganando colores vivos, matices interesantes… es lo
mismo, pero visto con ojos nuevos. No sé adonde me llevará esta sensación de desenfado
y disfrute, si podría catalogarse de “buena” o “mala”, pero me está alejando
del camino que solía tomar para sentir y hacer, y lo que mi ego tanto se
resiste con cada vez menos fuerza y en medio de las nuevas luces, es a
deshacerme de lo que hasta ahora he amado, de mis modelos y logros, esos que
siento que poco a poco se van secando ahí, sin dolor, delante de mí.
martes, 18 de junio de 2019
Tú también pasarás
Todo transcurre.
Todo fenece. Todo pasa. Lo bueno pasa, lo malo pasa, lo aburrido pasa. Todo es
efímero, incluso si dura décadas. Y mientras ese desfile de cosas, situaciones
y personas pasa frente a nosotros, como niños caprichosos y pretensiosos,
queremos tenerlas, que sean nuestras, para siempre, claro. Cuando logramos
atenazar algunas de esas maravillas de las que nos enamoramos, las amarramos a
la pata de la cama o la encadenamos a un poste para que no se vayan o se acaben
nunca, y allí comienza nuestro acto de irresponsabilidad preferido, que es
poseer. Y como toda ilusión, más tarde se desvanecerá ante nuestros ojos, ante
nuestra presencia patológicamente berrinchuda y empeñada en conservar lo que nunca
fue nuestro. En el mejor de los casos, luego nos daremos cuenta de que cuando lo
“teníamos”, cuando era “nuestro”, lo que hicimos fue encerrarlo, contar de
nuestra hazaña, temer que nos lo quitasen y finalmente esconderlo hasta que desapareció.
Todo un cuadro de demencia que se antoja colectivo, contagioso, pandémico. Y así
va nuestra civilización, la del éxito, la competencia, la de atesorar, la del
ego inmediatista, creando superproducciones de ilusionismo puro que
invariablemente terminarán en tragedia, una y todas las veces que nos dejemos
arrastrar como borregos fritos al juego de luces de mentira. Mientras, seguimos
abrazando con apego enfermizo cada partícula que viene y va, sin imaginar que
si nos diéramos el permiso de vivir las situaciones conscientes de su
temporalidad, sin apegos o emociones dañinas y ridículas, podríamos
disfrutarlas sin el temor de que nos sean arrebatadas, de que se acaben. Mejor las
vivimos, plenamente, agradeciendo su presencia por haber pasado cerca, por
haberse quedarse un rato y compartir con nosotros la plenitud y el desenfado, con
felicidad verdadera, porque créeme: tú también pasarás.
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