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viernes, 9 de agosto de 2019

Con un ojo cerrado

Qué difícil es pensar en uno mismo como en una unidad perfecta, que nace con todas las posibilidades de crecer y perfeccionarse en cuerpo, mente y espíritu. Qué difícil pensar que somos el engranaje de estos tres compartimientos  que se comunican y se alimentan directamente, creando la posibilidad del equilibrio sostenible. Qué difícil es sentir que tenemos necesidades reales que hay que aprender a atender para llegar a ese estado de plenitud que tanto necesitamos hoy en día. Igual o más difícil es pensar en el otro como parte de uno mismo, como parte de algo mayor por descubrir. Qué difícil es entonces, por extensión, entender que todos estamos aquí por lo mismo y que la diversidad es solo una herramienta que apoya nuestra sustentabilidad, nuestra mejor permanencia en el planeta.

martes, 18 de junio de 2019

Tú también pasarás

Todo transcurre. Todo fenece. Todo pasa. Lo bueno pasa, lo malo pasa, lo aburrido pasa. Todo es efímero, incluso si dura décadas. Y mientras ese desfile de cosas, situaciones y personas pasa frente a nosotros, como niños caprichosos y pretensiosos, queremos tenerlas, que sean nuestras, para siempre, claro. Cuando logramos atenazar algunas de esas maravillas de las que nos enamoramos, las amarramos a la pata de la cama o la encadenamos a un poste para que no se vayan o se acaben nunca, y allí comienza nuestro acto de irresponsabilidad preferido, que es poseer. Y como toda ilusión, más tarde se desvanecerá ante nuestros ojos, ante nuestra presencia patológicamente berrinchuda y empeñada en conservar lo que nunca fue nuestro. En el mejor de los casos, luego nos daremos cuenta de que cuando lo “teníamos”, cuando era “nuestro”, lo que hicimos fue encerrarlo, contar de nuestra hazaña, temer que nos lo quitasen y finalmente esconderlo hasta que desapareció. Todo un cuadro de demencia que se antoja colectivo, contagioso, pandémico. Y así va nuestra civilización, la del éxito, la competencia, la de atesorar, la del ego inmediatista, creando superproducciones de ilusionismo puro que invariablemente terminarán en tragedia, una y todas las veces que nos dejemos arrastrar como borregos fritos al juego de luces de mentira. Mientras, seguimos abrazando con apego enfermizo cada partícula que viene y va, sin imaginar que si nos diéramos el permiso de vivir las situaciones conscientes de su temporalidad, sin apegos o emociones dañinas y ridículas, podríamos disfrutarlas sin el temor de que nos sean arrebatadas, de que se acaben. Mejor las vivimos, plenamente, agradeciendo su presencia por haber pasado cerca, por haberse quedarse un rato y compartir con nosotros la plenitud y el desenfado, con felicidad verdadera, porque créeme: tú también pasarás.