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viernes, 12 de julio de 2019

¡Gracias, pues!

Se me perdió el último cigarro y me puse bravo, cómo no. Se me perdió el último sueldo y casi me desmayo. Perdí el último tren de la mañana y me preocupé por el retraso. Dejé el carnet, se me espichó el caucho, no pude ver a mi hijo, y en cada una de esas ocasiones me disgusté y se me dañó el momento. Se podría decir que tengo muchas posibilidades de perder cosas, momentos, personas… claro que se podría decir. Pero se podría decir también que deberíamos estar agradecidos de haber tenido la posibilidad de disfrutar de esas cosas mientras duraron o mientras sigan existiendo. Podría agradecer la posibilidad de comprar mi vicio favorito, de tener trabajo y poder recuperar el dinero, de esperar el próximo tren, de tener un hijo al que amo y puedo ver. Claro que podría. Podría, pero normalmente decido no hacerlo: prefiero arrecharme y perder el control y la tranquilidad cada vez que la vida es vida, cada vez que mi insensatez se sobrepone a mi conciencia y me termina creciendo el tumor. Si cada cosa que pierdo es un jalón de dolor; si cada pérdida experimentada no se asume como algo posible, casi seguro; si los apegos a lo temporal no dejan de existir, imagínate al momento de la muerte: perderás todo de un solo golpe y con el dolor y el miedo cultivado durante toda la vida. Así que comienza ahorita o mañana a tratar de cambiar esa óptica enfermiza de ciego caprichoso y necio.

martes, 18 de junio de 2019

Tú también pasarás

Todo transcurre. Todo fenece. Todo pasa. Lo bueno pasa, lo malo pasa, lo aburrido pasa. Todo es efímero, incluso si dura décadas. Y mientras ese desfile de cosas, situaciones y personas pasa frente a nosotros, como niños caprichosos y pretensiosos, queremos tenerlas, que sean nuestras, para siempre, claro. Cuando logramos atenazar algunas de esas maravillas de las que nos enamoramos, las amarramos a la pata de la cama o la encadenamos a un poste para que no se vayan o se acaben nunca, y allí comienza nuestro acto de irresponsabilidad preferido, que es poseer. Y como toda ilusión, más tarde se desvanecerá ante nuestros ojos, ante nuestra presencia patológicamente berrinchuda y empeñada en conservar lo que nunca fue nuestro. En el mejor de los casos, luego nos daremos cuenta de que cuando lo “teníamos”, cuando era “nuestro”, lo que hicimos fue encerrarlo, contar de nuestra hazaña, temer que nos lo quitasen y finalmente esconderlo hasta que desapareció. Todo un cuadro de demencia que se antoja colectivo, contagioso, pandémico. Y así va nuestra civilización, la del éxito, la competencia, la de atesorar, la del ego inmediatista, creando superproducciones de ilusionismo puro que invariablemente terminarán en tragedia, una y todas las veces que nos dejemos arrastrar como borregos fritos al juego de luces de mentira. Mientras, seguimos abrazando con apego enfermizo cada partícula que viene y va, sin imaginar que si nos diéramos el permiso de vivir las situaciones conscientes de su temporalidad, sin apegos o emociones dañinas y ridículas, podríamos disfrutarlas sin el temor de que nos sean arrebatadas, de que se acaben. Mejor las vivimos, plenamente, agradeciendo su presencia por haber pasado cerca, por haberse quedarse un rato y compartir con nosotros la plenitud y el desenfado, con felicidad verdadera, porque créeme: tú también pasarás.