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domingo, 19 de abril de 2020

¿Lo mejor es lo que pasa? No lo sé


¿Dios lo quiso así? No lo sé. ¿Lo que pasa es lo mejor? No lo sé, pero lo que ocurrió es lo que terminó ocurriendo, dadas circunstancias. Lo que ocurrió tiene causas, aunque no estén claras para nuestro entender. En un mundo de juego trancao entre las causas y sus efectos: para una mente lógica e informada, todo es como debe ser. No podría ser de otra manera, ¿cierto? Si una conducta, un hecho, una tendencia –la causa− continúa presentándose, lo lógico es que se precipite la consecuencia –el efecto− en algún momento oportuno, exacto, perfecto. ¿Que no nos guste? Eso es otra cosa, otro cuento de programaciones y condicionamientos que fueron inoculados desde nuestro nacimiento. Venimos cargados de un mundo mágico, ilusorio, regido por deseos, por expectativas, por “eso debería ser como espero que sea”. La contradicción evidente después de un rato es que mientras hay causas en marcha que producirán un efecto más adelante, nuestras mentes andan pajareando, sumidas en su mundo de fantasía instruida, en “lo que debe ser”, en lo que deseo, sin prestar atención en que la humedad que actúa sobre la pared hará que esta finalmente caiga; que el peso que colocamos sobre el estante que ya luce combado hará que finalmente caiga; que el abuso continuado sobre alguien atormentado hará que finalmente explote y se produzca un daño más evidente, más ruidoso, más mediático. Causas y efectos. No importa en lo que creas, las causas y los efectos son los engranajes de cada cosa que pasa. ¿Que te eso causó sorpresa? En ese caso tal vez no estabas enterado de cada aspecto de la causa, pero eso no hace que el efecto se retrase o desaparezca. Tal vez prefieras aplicar un poco de creencia sobre este esquema tan estricto. Tal vez puedas, incluso, practicar la aceptación sobre esta manera mecánica de funcionar del mundo… tal vez te dé mejor resultado y además, es lógico.

martes, 18 de junio de 2019

Tú también pasarás

Todo transcurre. Todo fenece. Todo pasa. Lo bueno pasa, lo malo pasa, lo aburrido pasa. Todo es efímero, incluso si dura décadas. Y mientras ese desfile de cosas, situaciones y personas pasa frente a nosotros, como niños caprichosos y pretensiosos, queremos tenerlas, que sean nuestras, para siempre, claro. Cuando logramos atenazar algunas de esas maravillas de las que nos enamoramos, las amarramos a la pata de la cama o la encadenamos a un poste para que no se vayan o se acaben nunca, y allí comienza nuestro acto de irresponsabilidad preferido, que es poseer. Y como toda ilusión, más tarde se desvanecerá ante nuestros ojos, ante nuestra presencia patológicamente berrinchuda y empeñada en conservar lo que nunca fue nuestro. En el mejor de los casos, luego nos daremos cuenta de que cuando lo “teníamos”, cuando era “nuestro”, lo que hicimos fue encerrarlo, contar de nuestra hazaña, temer que nos lo quitasen y finalmente esconderlo hasta que desapareció. Todo un cuadro de demencia que se antoja colectivo, contagioso, pandémico. Y así va nuestra civilización, la del éxito, la competencia, la de atesorar, la del ego inmediatista, creando superproducciones de ilusionismo puro que invariablemente terminarán en tragedia, una y todas las veces que nos dejemos arrastrar como borregos fritos al juego de luces de mentira. Mientras, seguimos abrazando con apego enfermizo cada partícula que viene y va, sin imaginar que si nos diéramos el permiso de vivir las situaciones conscientes de su temporalidad, sin apegos o emociones dañinas y ridículas, podríamos disfrutarlas sin el temor de que nos sean arrebatadas, de que se acaben. Mejor las vivimos, plenamente, agradeciendo su presencia por haber pasado cerca, por haberse quedarse un rato y compartir con nosotros la plenitud y el desenfado, con felicidad verdadera, porque créeme: tú también pasarás.