Tengo una sensación que me afecta. Siento que el corazón se aceleró y sacude el resto de mi cuerpo. Es el efecto de una emoción. Hace rato me conmovió una noticia e inmediatamente comenzó esto. Aunque ya mi mente se tranquilizó, el cuerpo sigue agitado. Es curioso de cómo me di cuenta de la relación entre algo que me dijeron y el malestar que siento ahorita, incluso después de identificarlo. No es la primera vez. Ya ha ocurrido antes y me produjo acidez estomacal, me mandó para el baño, me puso de mal humor o no me dejó dormir. Ahí está todavía, aunque con menos intensidad. Parece que me escuchó echar el cuento y se siente aludido. Tal vez, al sentirse descubierto, traído a la conciencia, fuera de su escondite, es como desaparece. Quizás, como dice Gualberto, es un dolor cobarde.
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miércoles, 27 de diciembre de 2023
miércoles, 9 de marzo de 2022
Ah, cuerpo valiente
Ah cuerpo valiente, que llega a ser, con la fuerza de la tradición demente, el receptáculo final de las penas. Vaya cuerpo nuestro, que al manifestar sus sensaciones, sus malestares y sus enfermedades, reconoce la basura que nos habita ya desde hace algún tiempo. Pobre cuerpo, transporte ciego y fiel que se enreda con tanta mierda que entra por los sentidos, pasa por el lente de las creencias y se queda, como ventilador maldito, dando vuelta en la cabeza y transmitiendo día y noche el constante cortocircuito que dará al traste con su existencia. Finalmente, pobre cuerpo, terminarás siendo la bruja a cazar por todo el tiempo, por todos los miedos vividos y yacerás a un lado del camino, dando miedo y lástima, como si fueses el responsable de tanta pretensión y tanta mala decisión durante tus años mozos y de defensa testaruda durante tus otros postreros.
miércoles, 23 de octubre de 2019
Mi cuerpo colapsó
A
fin de cuentas, mi cuerpo se desplomó. No pudo más. Mi cubierta física,
palpable, visible, estética, colapsó. Esa máquina tan perfectamente diseñada
para interactuar con un entorno en equilibrio, sucumbió ante mis maltratos
bienintencionados. Yo lo que quería era estar tranquilo, pero debí incorporarme
a la locura colectiva, desequilibrada, a ese flujo interminable, incansable, de
necesidades propias y creadas que hace que la mente calculadora se ocupe de
todo cuanto sea posible abarcar. Esta osamenta cubierta de músculos, conductos,
órganos y mecanismos exactos, comenzó a traquear, a sonar feo, a marearse, a
doler, y fue así como eventualmente cayó al suelo sin sentido. “¡Enfermedad!”,
propinaban los estudiosos y sus caletres inamovibles. Sin duda, respondí con
obediencia y diligencia, siguiendo sus consejos generales y metiendo en mi
organismo agotado un arsenal de productos que me ordenaron consumir. “¿Hasta
cuándo debo tomarlos, Doctor?”, pregunté en medio de la conmoción. “Para toda
la vida”, contestaron sin ninguna vacilación. Con varios tratamientos que no me
tratan en absoluto, me levanté como buen ciudadano productivo y anduve por las tensiones
de las calles un rato más, entre mi mismo maltrato de antes y la nueva manera farmacéutica
de vivir. Pocos años más tarde, ante la imparable succión que perpetran mi
entorno soñado y la ciencia médica, el cuerpo, apaleado y mortificado, no pudo
más. Aquí estoy ahora, en medio de la contrición, haciendo listas inútiles de
los abusos que me causé y me hice causar durante tanto tiempo y mirando en el
espejo lo que quedó: el escombro en el que convertí el tremendo equipo que se
me otorgó y que lancé por el barranco... parece un mal chiste, ¿no?
sábado, 8 de junio de 2019
No eres tu cuerpo... ¿o sí?
No
puedo dejar de pensar, de sentir que eres tu cuerpo. Creo que eres exactamente lo que puedo ver. Me siento
tan ridículo a veces identificándote con ese precioso envoltorio que llevas,
creyendo que todo lo valioso y adorable que tienes reside en tu físico. Te he
visto dormir y tu belleza resalta por encima de tu letargo, de tu apacible
apariencia. Pero después de unos segundos me doy cuenta de que era solo un
encanto, una ilusión, casi un engaño. Tu rostro inmóvil no muestra la sonrisa
que me atrajo en primer lugar. Tus ojos cerrados no dejan salir el brillo que
me hipnotiza y me mantiene embrujado. Hay tanto que no eres cuando permaneces inanimada
que sospecho que hay algo más de lo que me estoy perdiendo, algo fundamental de
lo que no tengo conciencia y con lo que no estoy conectado. Temo entonces que
algún tipo de ignorancia muy corrosiva y costosa me está minando las bases de lo
que pensaba era un refugio eterno para mi piel y mis tranquilidades. Me atrevo
ahora a considerar, por primera vez, que muy remotamente dentro de mí, en algún
sitio que se va mostrando terriblemente, ya sé que no es amor verdadero lo que
compartimos, sino algo más superficial, más contaminado de estética mundana, de
estereotipos, de miedos fundados en el pasado. Lamentablemente y con lágrimas de
desconcierto y frustración aparecidas al pie de tu cama, debo decirte adiós.
lunes, 6 de mayo de 2019
No quiero ser flaco
No quiero
ser flaco. Me veo feo. Ya lo hice una vez y me causó problemas con quienes me
veían. Perdí los pantalones, las camisas se me veían fatales y la expresión de
la gente al encontrarme era de escrutinio profundo, de delineación de mis
facciones ahora expuestas, para pasar finalmente a una mueca de lástima. La verdad
es que no me importan las mejoras del sueño, la desaparición de la hipertensión
y la recuperación del tono muscular; no importa mucho que me haya puesto al
nivel físico de cuando tenía 20 años. Lo que importa es que los demás no se me
queden viendo como si estuviesen apreciando a un enfermo, a un fantasma, a una
figura rara de pómulos prominentes y mejillas colgadizas. Lo importante de todo
es que los demás se sientan agradados con mi figura rolliza de rodillas en
peligro, con esa barriguita tan simpática y con ausencia de ánimo… todos esos
detalles que me hacen ver tan importante, tan de la buena vida, tan de postín.
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