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viernes, 12 de julio de 2019

Sigue criando bichitos

sigue criando bichitos. Sigue criando gente que no saluda al llegar, que no mira a los ojos, que no da las gracias. Sigue levantando seres que no reconocen al otro como igual, que no respetan, que no valoran el esfuerzo propio o ajeno. Sigue formando remedos de ciudadanos que no ponen la basura en su sitio, que no tienen empatía, que no asumen responsabilidades. Sigue haciéndoles sus vidas tan fáciles que resultan un infierno para quienes estamos alrededor. Sigue complaciéndoles los caprichos con el fin de no perder nunca su amor, su compañía. Mantenlos encerrados en tu burbuja protectora de gente mala y situaciones complejas: termina de matar su compasión y su capacidad de perdón. Sigue creando gente desagradable. Sigue disfrazando de amor tu miedo a quedarte solo más adelante, cuando se vayan y te dejen con el rol más importante que pudiste pescar en tu vida. Sigue siendo el esclavo del miedo, también en este contexto de nido de amor y afecto que se suponía que debía ser. Sigue multiplicando para el mundo la joyita que eres tú, mequetrefe.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Papás pillados

Con la luz del amanecer deslizándose por el balcón. En pleno acto. En plena pasión loca. En ese exacto momento cuando parece que todo va a explotar, entró Danielito. Nos paralizamos al instante, como si nos fuésemos desenchufado, y con los ojos clavados en la silueta madrugada de la luz de nuestras vidas, sentíamos cómo todo se desinflaba, cómo todos los engranajes se detenían en medio del calor, y cómo se desprendía el humo prematuro y residual de nuestros cuerpos en shock. Poco a poco, quienquiera que estuviese arriba, se bajó lentamente, como serpiente avergonzada, jadeante y sin quitarle la vista al vástago que todavía se frotaba los ojos —quién sabe si por efecto del sueño o para confirmar la novedad—. Nuestra risa de “hola, mi amor, ¿te levantaste temprano? Ji, ji” intentó distraer la atención de aquellos ojos ya bien abiertos y todavía sembrados en un gesto de asombro. Si no fuese nuestro hijo, hasta pensaría que había algo de morbo en su presencia. Unos segundos después, ya sentados y con la cobija a media asta, tal vez se nos ocurriría la primera estupidez para salir del enredo, por ejemplo: “tu papi y yo estábamos jugando al caballito”. Danielito, al escuchar semejante cosa, cerraba la puerta y, justo antes de irse, sonrió y dijo: “Yo sé qué estaban haciendo. Tranquilos, que ya tengo 17 años”. Después del portazo, desde el pasillo, se escuchó inmediatamente: “Por cierto, ¡feliz aniversario!”