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miércoles, 16 de septiembre de 2020

Tener sexo

Tener sexo, hacer el sexo, hacer el amor. No es cualquier cosa. Es nada menos que dos cuerpos desnudos juntos, desabrochándose la mente, de sus argumentos y complejos, ejerciendo las ganas y dejándose llevar. Es tomar tu aliento, oler tu piel, saborear con atrevimiento lo que ahorita se siente tan mío. Es, después de un rato y a pesar de tanto acuerdo y aclaratoria ilusa, comenzarme a meter en tu cabeza, en tu corazón, en tu vida. No es cualquier cosa, aunque sea solo una vez, aunque se indique que no tendrá consecuencias que desbarajusten tus planes. No es cualquier cosa, y tan no lo es, que todavía pienso en ti en la oscuridad, que todavía me gustas como la primera vez, cuando nos dijimos, con autoengaño compartido, que no pasaría de aquella tarde.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Papás pillados

Con la luz del amanecer deslizándose por el balcón. En pleno acto. En plena pasión loca. En ese exacto momento cuando parece que todo va a explotar, entró Danielito. Nos paralizamos al instante, como si nos fuésemos desenchufado, y con los ojos clavados en la silueta madrugada de la luz de nuestras vidas, sentíamos cómo todo se desinflaba, cómo todos los engranajes se detenían en medio del calor, y cómo se desprendía el humo prematuro y residual de nuestros cuerpos en shock. Poco a poco, quienquiera que estuviese arriba, se bajó lentamente, como serpiente avergonzada, jadeante y sin quitarle la vista al vástago que todavía se frotaba los ojos —quién sabe si por efecto del sueño o para confirmar la novedad—. Nuestra risa de “hola, mi amor, ¿te levantaste temprano? Ji, ji” intentó distraer la atención de aquellos ojos ya bien abiertos y todavía sembrados en un gesto de asombro. Si no fuese nuestro hijo, hasta pensaría que había algo de morbo en su presencia. Unos segundos después, ya sentados y con la cobija a media asta, tal vez se nos ocurriría la primera estupidez para salir del enredo, por ejemplo: “tu papi y yo estábamos jugando al caballito”. Danielito, al escuchar semejante cosa, cerraba la puerta y, justo antes de irse, sonrió y dijo: “Yo sé qué estaban haciendo. Tranquilos, que ya tengo 17 años”. Después del portazo, desde el pasillo, se escuchó inmediatamente: “Por cierto, ¡feliz aniversario!”