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viernes, 12 de julio de 2019
¡Gracias, pues!
Se me
perdió el último cigarro y me puse bravo, cómo no. Se me perdió el último sueldo
y casi me desmayo. Perdí el último tren de la mañana y me preocupé por el
retraso. Dejé el carnet, se me espichó el caucho, no pude ver a mi hijo, y en
cada una de esas ocasiones me disgusté y se me dañó el momento. Se podría decir
que tengo muchas posibilidades de perder cosas, momentos, personas… claro que
se podría decir. Pero se podría decir también que deberíamos estar agradecidos
de haber tenido la posibilidad de disfrutar de esas cosas mientras duraron o
mientras sigan existiendo. Podría agradecer la posibilidad de comprar mi vicio
favorito, de tener trabajo y poder recuperar el dinero, de esperar el próximo
tren, de tener un hijo al que amo y puedo ver. Claro que podría. Podría, pero
normalmente decido no hacerlo: prefiero arrecharme y perder el control y la
tranquilidad cada vez que la vida es vida, cada vez que mi insensatez se
sobrepone a mi conciencia y me termina creciendo el tumor. Si cada cosa que
pierdo es un jalón de dolor; si cada pérdida experimentada no se asume como
algo posible, casi seguro; si los apegos a lo temporal no dejan de existir,
imagínate al momento de la muerte: perderás todo de un solo golpe y con el dolor
y el miedo cultivado durante toda la vida. Así que comienza ahorita o mañana a
tratar de cambiar esa óptica enfermiza de ciego caprichoso y necio.
lunes, 24 de junio de 2019
Maestra juventud
Agradezco
la pasión de la juventud. Agradezco toda esa brincadera, las decisiones
dementes, las incertidumbres por culpa de la falta de visión y las correderas
que causaron. Agradezco lo pronto que comenzó todo; en ligera aritmética siento
que mientras más pronto aquello, más pronto todo. Y algo parecido a “todo” se ha
ido acumulando, dejando ver, con nueva calma, el camino recorrido, los
resbalones, las caídas, dejando sentir que, de repetirse alguna oportunidad,
tal vez no nos anotemos en esa. Todo en la cabeza y el corazón se va acomodando;
todo va cayendo en su santo lugar, armando un mapa de situaciones por repetir,
por considerar o por salirles corriendo de una. Agradezco a quienes estuvieron
cerca y que también llevaron lo suyo; a los que avanzaron, a los que se
quedaron y con quienes todavía nos tomamos un café para hojear el álbum. Agradezco
pues, todos los raspones, heridas y cicatrices que esculpiendo, con cada
carajazo, la perspectiva que esos momentos de la muchachada y la adultez presunta
dejaron en los años posteriores, en aquellos que me recibieron con menos
fuerzas, menos ganas y menos dinero, aunque con un punto de vista más intuitivo
que honra más eso de que “perro viejo late echao”.
sábado, 15 de junio de 2019
Padre
Te metiste
por la baranda interior y llegaste de primero. Indiscutible tu lugar en el
podio. Llegaste más que a tiempo para dejar la huella necesaria. Te aprovechaste
de lo grandote que me resultabas y de esa voz que retumbaba para dictar algunas
reglas claras, confundirme con otras no tan claras y dejar sembrada la semilla
de la observación, la crítica y hasta a permitirme algunas ligerezas al hablar.
Desbancaste alguna creencia profunda y dejaste que comenzara pronto y desde
cero a plantearme cuestiones trascendentales. No olvido tu gesticulación, esa
sonrisa leve antes de dar tu opinión con tremendo postín, esa opinión que había
que escuchar, tuviese el tinte que tuviese. No olvido tu caminar pausado, tus
consejos pícaros ni las escasas prácticas de béisbol que compartimos —no puedo
olvidar ni entender todavía esa fanaticada loca por los muertos de los Tiburones
de La Guaira—. Aún como líder silencioso, respetado, obedecido, provocabas una
sonrisa al demostrar ternura a tus mujeres. Tal vez te he idealizado por lo
pronto de tu partida y por tanto tiempo sin ti, pero no me pesa; el amor y el
agradecimiento me permiten jalar todo el mecate que me dé la gana sin consideraciones
adicionales. Tal vez los recuerdos no dan como para hacer un inventario exacto de
las ganancias de tenerte, pero lo que sí estuvo muy claro entre tus ejemplos y
tu legado, fue el valor del compromiso. Todavía ahora converso contigo en
sueños, gratos sueños que transcurren como si nunca te hubieses ido… debe ser
porque, realmente, nunca te fuiste.
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