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miércoles, 24 de junio de 2020
Matar por defender la vida
martes, 23 de junio de 2020
La discapacidad del genio
Capacidades, malabares,
resultados sorpresivos y logrados en tiempos asombrosos comparados con
nosotros, los que tenemos que pensarlo mejor. Es inmenso si se aborda de cerca,
pero disminuye un montón si uno se aleja lo suficiente como para distinguir la
discapacidad sentenciada para estos fenómenos de la ciencia y la academia en
general. Salir a la calle, conversar con la gente, desenvolverse en un entorno
promedio para cualquiera de nosotros,
los privados de la excelencia fácil, son solo pocas de las tareas cuesta
arriba para un genio, quien ha cultivado sus destrezas con la soledad, la
oscuridad y la abstracción como cómplices principales. Todo parece tener su
dificultad inherente en la vida y ni siquiera la super dote está exenta de
algún impuesto; debe ser, tú sabes, pa emparejar.
sábado, 20 de junio de 2020
Despertar en la juguetería
El
paso por la vida material es parecido a dejar un niño pequeño viviendo en una
juguetería. Vas a disfrutar de los juguetes por mucho tiempo, descubriendo uno
tras otro, creyendo que son infinitos, hasta que un día descubres que ya no
quieres ninguno de los juguetes que otrora te encantaron; que ya no te
entretienen, que te cansaste, que todo se convirtió en odiosa rutina… ese podría ser el momento del despertar.
No me mata el virus
No me
mata el virus: me mata la soledad. No me mata el virus, sino la estampida que
produce. No me mata el virus, sino el vacío que produce el encierro. El virus parece
ser solo el jinete que me arrea hacia una dinámica para la que no estaba
prepardo y ahí sucumbo. No estaba preparado para estar contigo tantas horas
seguidas. No estaba preparado para estar con ellos tantos días sin parar. No estaba
preparado para lidiar con mis ángeles, demonios y fantasmas, todos ellos
controlados hasta hace poco por el horario de trabajo, la TV, el cine, las
redes, la caña o la juma, pero que ahora se juntan con el resto de mis
decisiones del pasado y hacen una ronda en la que siento que se burlan, que me
reclaman, que establecen su punto para hacerme el único responsable. No me mata
el virus, porque incluso no conozco a nadie que conozca a alguien que lo porte
y se encamina la teoría de conspiración que gana terreno aquí y ahora, aunque el
noticiero informe de sus estragos en otras latitudes. No me mata el virus, sino
el miedo; no me mata el virus, no por la falta de vacuna, sino de herramientas
para enfrentar mis realidades ocultas, mismas que ahora salen a desfilar sin
piedad. No me mata el virus, pero siento que muero de tristeza, y que el mayor
regalo que pueda recibir, la vida, se me escurre entre las sombras.
lunes, 15 de junio de 2020
Asúmelo como una prueba
No hay
remedio. La vida va a seguir embistiendo en menor o mayor grado. Y no hay
remedio porque no es una enfermedad, una anomalía; seguramente es como es y
ningún autoengaño, como mera ilusión que es, tiene la fuerza suficiente para
cambiar el rumbo de lo que es. Una opción
puede ser tomar cada empujón como una prueba a aprobar… porque eso es. No se
trata del dictado de un ser supremo, de los designios de un volcán o porque te
lo dijo tu mamá: si no apruebas los desafíos, te vas a marchitar de tanto
cargar, de tanto resistir, de tanto ver pasar lo que creías que era tuyo. La vida
no te debe nada. Merecer no se conjuga en este tiempo. Lo único que es tuyo son
tus acciones y sus consecuencias, así que levántate, ponte las pilas y mira el
lado luminoso, que ahora es que queda.
domingo, 14 de junio de 2020
¿Cómo defender al espejismo?
miércoles, 10 de junio de 2020
Un día me liberaré
lunes, 8 de junio de 2020
Juventud, dulce enfermedad
Juventud,
dulce enfermedad. Tiempo de libertad disputada, incomprendida por otros.
Despliegue grosero de habilidades mentales recién adquiridas todavía en
formación, pero que defendemos como si fuese la verdad última a entregar al
mundo negligente, siempre opuesto. Desinterés por estadísticas de cuántos
fallaron por hacer las cosas exactamente como se planean ahora. Arrojo
increíble para apostar a perder porque sí, porque parecería debilidad, “porque no
puedo echar patrás”. Jueces y verdugos invencibles del resto del mundo. Malabar
peligrosísimo con el concepto de dignidad, amor y libertad. Gríngolas que no
dejan ver para los lados, reduciendo el panorama a una necedad infinita.
Pero no me pondré fastidioso. No trataré
de detenerte porque yo caminé por ese mismo camino de espinas voluntarias y ahora
me parece que cada quien debe vivir de esa enfermedad que solo se quita con el
pasar de los años. Como dijo Sentimiento: “Sin sombra no hay luz”.
sábado, 6 de junio de 2020
Sobredosis
El
agobio sigue. No puedo quitármelo de encima, de mi cabeza, de mi pecho. Ya
olvidé a cuántas cosas le debo este sobresalto, estas palpitaciones incesantes
esta niebla en la vista. Ya me cansé de ver por la ventana, de salir a caminar
por sitios lindos y frescos, de recibir visitas bienintencionadas repletas de
consejos sabios… todo eso mientras mantengo por dentro el infierno ardiendo. Ya
no veo, no escucho, ya no recuerdo qué estímulos me producen una sonrisa, y
cuando logro verme al espejo lo que distingo es una horrible morisqueta que
simula ser vida. Déjame ir ahorita a mi rincón de siempre, donde adormezco
todo, donde la mente se detiene y el ruido amaina por algunas horas; donde los
recuerdos felices pasan flotando en cintas de colores mientras agrego moretones
a mis brazos, a mi alma. Quédate tranquilo y no te alarmes de nuevo por mis
lágrimas que todo está controlado. Sin embargo, si no vuelvo, es porque tal vez
sobrevino el accidente.
miércoles, 3 de junio de 2020
Amanecí vivo
Hoy amanecí
otra vez. Vivo, amanecí, por supuesto. Mi cuerpo caliente y su bostezo me lo
volvieron a recordar. Con cobija pal frío y con agua pal calor. Con un poquito más
comida de lo necesario en la nevera y la alacena. Recién despierto de un sueño
con un amigo muy querido que no veía hace años, pero con quien conversé por un
momentico. Mirando el techo, me hago preguntas y este me las responde
contundentemente. Sigo con el corazón latiendo. Tengo gente a quien quiero y
que me quiere. En una época difícil para la palabra amor, tengo amor. En este encierro, que parece una travesura, un
examen de la vida, un test para saber
en qué andaba en definitiva, me froto los ojos y haciendo el inventario
afectivo correspondiente, resulto ganador por dos cuerpos. No digo sin duda porque la tozudez de la queja
no me abandona, lo ingrato no se me quita. Sin embargo, sin duda, el mundo afuera es un circo barato, una mala novela que
pareciéramos obligados a leer, a ser su audiencia hipnotizada; a pagar la
entrada forzosa. Como resultado de ese descrédito casi repentino de lo que
ocurre fuera de mi piel, el mundo interno se derrumba estrepitosamente y hay
que recurrir, en la emergencia, a algunos hechos objetivos para caer parados,
como el gato. Ante la ridiculez del paisaje, hay que cerrar los ojos un rato y
mirar para adentro. Necesario es recurrir al agradecimiento profundo, a quien pueda interesar, por yacer ahora
con vida, con la luz del sol invadiendo con su calorcito en medio del frío, con
cosas por hacer, con ratos por sentir, con posibilidades claras de mejoría si
atino al objetivo correcto y dejo de apuntar a la fantasía, si dejo caer la
carcasa que se resquebrajó y que amenaza hoy con dejarme desnudo y por mi
cuenta. Tomo el reto, pero callaíto. Acepto el desafío, pero sin drama, en
serio. No me quiero poner fastidioso porque sé que la paciencia ajena tiene
límite nuevo. Pero todo sea por seguir en esto que muchos llaman lucha. Todo sea por navegar sin forzar
la barra, sin pretensiones, usando esta nueva inteligencia que apareció inadvertidamente
desde la tranquilidad; porque es que la aritmética me dice que con todo lo que
está pasando ahorita afuera y adentro, queda mucho por descubrir a favor, que
estoy apenas a mitad del camino y no lo sabía. Porque, de verdad te digo, vivir
cualquier infamia en la caminata es mejor que amanecer muerto.
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