Ya medio aliviados, terminándonos
de recostar en los sofás y sillones alrededor, ya nos comenzamos a sonreír por
la experiencia bizarra de perder el principal motor de la vida moderna. Se fue
la luz. No había cómo distraernos de estar con nosotros mismos. No había cómo
huir de la presencia familiar. No hubo cómo escapar de estar a menos de dos
metros de quienes eran el lubricante para la vida. Estábamos atrapados en medio
de la presencia simpática y amorosa de quienes crecieron y vieron crecer todo
lo que somos ahora. Los comentarios del apagón fueron inteligentemente
manufacturados por mi hermano, por mi padre, por mi hijo… quién sabe. El viejo
comenzó con un cuento de sus años en su pueblo, que ahora es ciudad. Contaba de
los días que comenzaban y terminaban pronto, que colgaban de la luz del día. Con
la mirada de los jóvenes clavada en sus ojos bonachones y sonrientes navegaba
entre sus vivencias sin luz, sin esa electricidad que fue llevada luego; sin
ese instrumento tan impactante que luego, con el progreso tan cacareado arrancó
la juntura de quienes se amaban y los puso a mirar para otro lado. Contaba de
caricias a veces disimuladas, de complicidades, de camaraderías en lo que ahora
llaman solo “pobreza”, pero que sin dejar de serlo, regalaba el espacio franco para
vivir una vida de amor prehistórico, de defectos y virtudes no tan elaborados,
de esperanzas tímidas de que a los míos les irá mejor. De repente, como se fue,
¡vino la luz! Y quedamos mirándonos entre todos, con el ojo encandilado, y
diría que casi con la nostalgia de seguir escuchando cómo era todo cuando no
nos podíamos rehuir. Diez minutos después, todos los aparatos estaban
encendidos y cada uno de nosotros volvimos a la hipnosis del bienestar que sí
logramos, ese, que el abuelo nos deseaba... al menos eso nos dijo mientras lo rodeamos
como nunca antes. Entonces deseé con toda mis fuerzas que se fuese la luz de
nuevo.
Espero que te guste el contenido. Para sugerencias, objeciones, protestas o propuestas, escribe a "leonardo.rothe@gmail.com"
viernes, 20 de mayo de 2016
lunes, 9 de mayo de 2016
Del traficante, con amor...
Tardé en darme cuenta
y hasta creí que sería más difícil lograrlo, pero ya en estos tiempos
desperdigados logré entrar a tu hogar y comunicarme más efectivamente con tus
hijos. Eso de que no hay que ser amigo de los hijos solo puede ser cierto si te
va a dar la gana de orientar a tus vástagos, darle con todo a esa tarea. Pero como
no eres capaz —ni quieres hacerlo —, yo sí que soy todo oídos, los entiendo y
luego ofrezco mi producto sin mucho esfuerzo. Me reúno con ellos, los llamo,
los escucho sin juzgarlos, nos vamos de farra y ahí: ¡zas! Que si el diablo,
que si la cigüeña, que si la semillita, que si Dios bravo, pero de ahí no pasaste,
papi. El miedo, el hastío y demás basura de esa que les has inyectado los
trajo derechito para acá… ¡Felicitaciones! Te has ganado una vida entera
para quejarte de tu suerte, del abandono futuro de tus hijos y preguntarte qué cosa misteriosa e ingrata de la
vida fue lo que te pasó. Mientras, disculpa que te deje aquí, perplejo y solo, pero
es que debo atender a los hijos de tu vecino, el perfecto, el que sí les dio lo
que a él siempre le faltó cuando pequeño.
jueves, 5 de mayo de 2016
¿Qué coño quieres, vale?
Si se te dice que hay
un ser supremo y que confiando en él como en el pasado estás salvado, no lo
crees. Está bien. Si por otro lado te dicen que la conciencia superior está a tu alcance
si abandonas el ruido embrutecedor de tus pensamientos alienados por los
mensajes cotidianos, tampoco lo crees. Se respeta eso. Si tu familia te acompaña en tu compunción
y se ofrece para ser la solución a tus problemas, no te fías tanto en eso. Tú sabrás. Tu consorte
de vida te ofrece su existencia para compartirla, para batallar, si es lo que
quieres, viendo a ver si te puede ayudar en eso de ser feliz, pero ya veo tu
cara suspicaz en ese respecto. Es tu decisión. De tus hijos ni hablaré. El único amigo que te aguantó
desde tu niñez porque admiraba tus pocas, pero evidentes virtudes, te acaba de
tender la mano para levantarte de esta, tu más reciente caída; y por lo que
veo, tu testarudez se impondrá de nuevo. No me queda sino preguntarte desde
esta esquina, desde la que temo decirte nada, ¿qué coño es lo que tú quieres,
vale?
domingo, 24 de abril de 2016
Amores del pasado
Zumbarse
con ganas y los ojos cerrados. Soltar el sustento vital y lanzarse directo al
espejismo. Enjabonarse con la sonrisa perenne, con la esperanza eterna sin
mañana ni malicia. Perderse entre los colores inventados por uno mismo, por el
buen deseo y sin consultar. “Toda una payasada”, piensa uno después del
carajazo que hace despertar. “Qué imbécil fui… ¡esto no me pasa más nunca!”, replica
uno a la vida que cree que tiene. El guayabo se parece más a una resaca que
duele más arriba del estómago y que no pasa mañana. Aun así, e igualito que con
el alcohol, el episodio se repetirá y hasta la experticia ganará uno en el
camino, donde pisa, ahí abajo, donde se podrán recoger eventualmente la
autoestima y la dignidad amortajadas por los locos proyectos en los que se
invirtió todo el ahorrito emocional. Medio muerto y medio enterrado se pudo
seguir adelante. Pero la esencia quedó. La supervivencia prevaleció, con todo y
redundancia. El gusto no lo quita nadie, como dicen de lo bailao. Quién sabe si
fue necesario tanto barullo, pero me agrada el producto más silencioso, de
pocos faros, de extinguidos sobresaltos. Prefiero lo que quedó del doloroso tamizado
de años de incertidumbre. Me voy a dormir.
jueves, 21 de abril de 2016
No soy experto, pero quiero hablar
miércoles, 30 de marzo de 2016
Te vas a morir
Te vas a morir. Y es mucho más: todos moriremos.
Entonces dime, ¿qué vas a hacer? ¿Te vas a quedar ahí mirándome? ¿Te vas a
quedar preso de tus miedos, de tus prejuicios, de tu historia? Que te mueras no
es un problema; es solo el paso final de la bendición otorgada para deambular
por el mundo. Si fuese un problema, tuviese solución... pero no la tiene.
Puedes retrasarla, pero eso no la decarta. Deja ya de hacerte el pendejo,
porque igual te vas a morir. No importas dónde te metas, porque llevas la
muerte por dentro. Pero por dentro llevas también la vida. Por dentro llevas
también la energía para sentir, para lograr, para sonreír. Siempre has tenido
la opción para escoger, pero siendo honestos, con los ojos cerrados no es
fácil. Así que levántate, acércate, acompáñame. Comienza a vivir manquesea
desde ahora. No te lamentes. Agradece, más bien, la nueva oportunidad dada hoy.
Eres la fuente
Eres
la fuente. Eres el origen. Eres eterno. Eres el flujo indetenible de ideas y
flores que permanentemente nos beneficia con su existencia. No importa que se
pretenda desechar lo que va de tu obra. No importa que traten de detenerte.
Eres torrente porfiado, empecinado. Te miro con sonrisa y agradezco que estás
cerca, y aunque sé que tu nube viajará, aprovecharé muy disimuladamente tenerte
ahora sentado a mi lado.
domingo, 27 de marzo de 2016
Soy el genio
viernes, 11 de marzo de 2016
Verte en bata de casa
Verte en bata de casa.
Eso es lo que quiero. Quiero verte sin ganchos, sin pinturas, sin zarcillos. Si
fuese posible, quisiera verte sin los atavíos acostumbrados en los sitios donde
te me presentas. Necesito saber si brillas sin luces alrededor, si embriagas sin
refuerzos, si despampanas de cerquita. Quiero verte sin zapatos, comiendo
papitas o tirada en el piso, mirando mala TV. Muero por mirarte picar una
cebolla, barrer con flojera, pasarle un trapo a tus propias regueras. Ya basta
de concesiones, de créditos a plazos increíbles. Llegó el momento de ser
sincera con tu admirador número uno. Te quejarás de la cola, del calor, de
bañarte todos los días. Irás bajando lenta, temeraria y tortuosamente a mi
nivel, a este tierrero en el suelo en el que todo se ve grande, a esta
cochinada de jornada. Por último —y hasta como un favor lo aceptaría— quisiera
saber de tu sudor, de tu saliva, de tu aliento de madrugada, cuando al fin me
descubra a tu lado… al lado de alguien igual que yo, pero que ostente toda mi
atención enfermiza.
domingo, 28 de febrero de 2016
La tortuga en el árbol, por supuesto.
Alguien
dijo que había llegado un desconocido. Alguien más mencionó que sabías cosas
que no sabíamos nosotros y que venías relucientemente ataviado. Como es
natural, no me interesó. Pero siguieron diciéndolo hasta que la curiosidad me embargó
y al final estuve cerca de ti por un rato para saber de qué se trataba toda
aquel barullo a tu alrededor. Pero no. Nada de lo que pude ver, oír, sentir, me
atrajo como a los otros. No pasó mucho tiempo sin sentir la presión de mis
iguales por unirse a tu causa, a tus gustos, a tus necesidades. A mi pesar,
luego de pocos años, comencé a ataviarme como tú, como ellos, que habían
adoptado tus maneras con solo conocerte. Me acostumbré y fue inevitable, como
con todas las costumbres, el dolor al tratar de separarse. Por eso seguí, para
no sentir que fallaba en el intento. Pasaron más años y hasta de tu
representante fungí; quien no te presentase sus respetos tenía la indiferencia
asegurada. La vida siguió con esa piedra en el zapato convertida en simpatía
insospechada, en piel de mi piel, en mí mismo. Pero en estas noches desperté
sobresaltado, desconociendo todo lo que me rodeaba desde que llegaste; lamentando
todo lo que mi flamante hipocresía me empujó a hacer. Me sentí el imbécil que
parezco ser entre quienes conocieron al verdadero yo. Sentí con rabia que me
embarqué en tu lógica, que traté de ser como tú por aclamación popular, y de
repente, como no era tú, resultó que fallé. Ahora tengo arraigadas necesidades
que no fueron mías y hasta camino como tú. Me siento como la tortuga montada en
el árbol. Ahora soy incompetente según tus reglas, en el tipo que no fue capaz
de tener el éxito mínimo que los demás esperaban de mí, en lugar de seguir
siendo el ignorante resuelto y feliz que dicen que hubo en mí hace ya algún
tiempo.
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