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jueves, 7 de junio de 2012

Dulce obstáculo


Eres la dulce distracción en medio de la crisis. Eres una apetecible invitación a sentarme, en lugar de emprender el camino urgente, necesario. Eres la fronda que acobija de la lluvia, y que atrapa con su tibiesa. Eres un pedazo de vida que cuadra perfectamente por un lado, mientras se posterga el itinerario cesudamente prescrito por el otro. Quitas de mis manos los instrumentos de búsqueda y te colocas en sus lugares, arrancando con ternura y pasión la frialdad y el cuadriculado de mis notas. Eres el obstáculo azucarado a mis comprensiones, la posposición disimulada a la que me pliego sin la menor resistencia, con el mayor deleite. Pero cuando te retiras, quedo de nuevo con el laboratorio desarreglado, con las maletas desechas de nuevo, reubicando mis tareas pendientes caídas debajo de alguna silla, de las copas vacías, del candelabro humeante. Es cuando estás lejos que la neblina rosa y aromática desaparece y se impone la idea recurrente de pensar en el camino, de planear, de hacer; nunca sin dejar a un lado a esa dulce aparición que ahora poseo, y que se interpone en la puerta de salida... aunque al final, afuera, no haya mejor paisaje qué perseguir.

miércoles, 6 de junio de 2012

Quiero tentaciones


Hoy quiero tentaciones. Quiero otras cartas, otro colores aparte de los que ya he escogido. Quiero tener opciones que me traten de seducir para convalidar mi perspectiva de hoy. Es fácil recostarme, defender mi única posición, la que me tocó, y quedarme atascado neciamente. Quiero saber de mi conciencia, de haberla. Quiero el circo completo, la degustación completa, el concierto completo y así paladear de nuevo, y decir con los ojos cerrados lo que he de tomar. Si resulta lo mismo, me consideraré un tipo coherente; si no, me consideraré, simplemente, honesto. Claro, en ninguno de ambos casos, hablaré de la tristeza que permanecerá. 

Me las sé toditas


Ahora soy audiencia. Ahora soy yo quien debe escuchar, quien debe prestar atención. Sin embargo, me doy cuenta de que ya sé mucho de lo que me dicen y me siento orgulloso; tanto, que parafraseo frecuentemente al orador. Tanto, que miro al resto de los oyentes y quiero dejar clarito, a todos ellos, que yo estoy allí por una jugarreta de los días y no porque me haga mucha falta. Levanto la mano, me adelanto a la clase, aclaro conceptos que seguro al resto se les hace difícil entender. En fin, después de esta relajada “clase”, sentado con la pierna cruzada, recostado y con los brazos cruzados, mi sonrisa no cuadra tanto con la cara de arrechera que cargan los demás.

lunes, 4 de junio de 2012

¡Yo no te lo pedí, coño!


Una concesión no solicitada. Un favor no requerido. Una ofrenda hecha sin consentimiento del destinatario. Una delicadeza dedicada, con mucho afecto, a quienes pensamos que lo necesitaba. Con arrojo, sin ataduras, nos entregamos a nuestras buenas intenciones, sin saber que el pretendido del grupo de dos se henchía sólo en nuestra cabeza. Del otro lado, quien con sorpresa  agridulce miraba el inesperado presente, sólo sufría una asfixia sutil en aceptación de aquel regalo que resultó desatinado.
-Pero no fue gratis, ¿oíste? Te lo di con todo mi amor porque creí que con eso te ayudaba; que con ese gesto de mi parte te sacaba de un aprieto. Creí que era desinteresadamente, pero eso es pura paja. Ha llegado el momento para que me agradezcas, para que te pongas a la altura de nuestra situación. Me sentaré aquí enfrente, con la mirada altiva para darte tiempo a que recapacites y comprendas que sentimos lo mismo, que somos el uno para el otro ¡y no pongas cara de fastidio! ...¿Cómo? ...¿Que cómo me llamo?

No te encuentro


Te busco. Te busco por ahí y no te encuentro. Te busco entre la gente, en la calle, pero no estás. Te busco. Escudriño profundidades detrás de las miradas, pero sólo encuentro escudos temblorosos, espejos deformados. Trato de situarte, pero mis ojos, como en un costoso juego fallido, desatinan con dolor y estrépito. Doy largas a mis intentos de reengancharte con la esperanza ya no tan firme de completarme, pero finalmente caigo de rodillas, esta vez, para siempre.

Lo siento, Doñita


Doñita, quisiera darle mi puesto, pero elijo no hacerlo. Me duele la espalda, el cuello y tengo los pies desechos. Yo sé que Ud. está en la edad de ser atendida, pero hoy no. Antes de hacerme el dormido, el tonto o quedármele mirando raro, prefiero confesarle mi intención de quedarme sentado enfrente de su bamboleo corcoveante, entre todas estas damas que parecen mucho menos caballeros que yo.

Un asiento vacío


El insospechado lugar estaba vacío. Era impensable que estuviese disponible. Resultaba increíble que estuviese solo, sin un ocupante de esos, de los que pululan a diario, agotados, por estos lares. Sumaba y restaba y no me cuadraba la cuenta. Pensé: "y qué tal si...?" pero no, qué va; sería una locura, un regalo milagroso para un mero pecador fatigado. Me fui acercando a lo que parecía un lugar rodeado de gente, pero sin ocupante. Tal vez había un niño al que nadie miraba ahora. Quizás era un paquete invisible desde la distancia. Seguía yo avanzando, y ante la espectativa de posible la burla de la audiencia, del encuentro de un derrame o una mancha fresca, me lancé al vistazo final: estaba vacío. Estaba limpio. Estaba esperándome... y yo que estuve a punto de abandonarlo. “Seguramente”, me dijo sonriendo un anciano que me observaría desde hacía rato, “…el mérito no fue tu optimismo, sino, a pesar de ridículamente difícil de la tarea, nunca dejaste de avanzar”.

domingo, 3 de junio de 2012

Algo en qué creer

Dame un símbolo, muéstrame una figura, para creer. Háblame de otros mundos mejores, de uno o varios seres superiores, contralores, para asir mi pensamiento. Despliega tu discurso vehemente, señala el cielo y el suelo, hazme historias de tiempos inmemoriales, para entrar en tu onda de fe. Hazlo, por favor, porque ya no creo en mí. Ya no me dejo guiar más por mi pensamiento, usando la parálisis como instrumento predilecto. Ya amordazo a lo que solía llamar “mi intuición” y la amarro a cualquier poste disponible. Oídos sordos a las voces del interior que claman por una segunda oportunidad. Por eso, por fallar tan estrepitosamente, le sale sentencia de incredulidad al coro que acostumbraba ser mi séquito, a las equivocaciones grupales que solían venir a mostrarme el camino, la senda perdida. 

Estimado ridículo

Nuestro estimado sentido del ridículo. Estimado, oportuno, genial, risible. ¿La mejor arma? Reírse primero. Fugaz comprensión del resbalón y su inocuidad. Veloz mirada alrededor a ver quién conforma la audiencia, y entonces soltar la risa. Levantarse, sacudirse bien, y un giro de la cabeza que reza “que vaina”, entre sonrisas, exhalaciones y algo de vergüenza, son la cobija del comento. Más adelante, unos metros más allá del siniestro, una carcajada salvadora nos hará libre de nuevo, por supuesto, para volver a caer.

Enseño aprendiendo


Enseño, practico la pedagogía. Sentado en la grama, con mi discípulo a mi lado derecho, demuestro los conocimientos que con gran orgullo me adornan. Y a medida que despliego mi pergamino, me escucho y comienzo a ver colores desconocidos para mí hasta ahora. Extraña sensación, eso de ver lados ocultos de lo que se dice saber, de lo que suele acumular. Hablo y me escucho, y caigo en puntos de comprensión que sólo salen a la luz por medio de la retrospección. La sencilla tarea de regar ideas en terrenos ajenos hasta ahora, la atención prestada a mis disertaciones y la escena en el parque, realmente son más de lo que se puede ver, escuchar, establecer a primera vista. Es, simplemente, la oportunidad de aprendizaje propio a partir de la enseñanza a alguien que, en la mera teoría, sabe menos que nosotros, pero que puede despertar, con una pregunta, una grieta hacia un nuevo universo.