Cuando no quede nada, entenderás todo lo que sobró. Cuando el tiempo apremie, te enterarás, por fin, con la urgencia del testarudo, de todo lo que tuviste a tu alcance y no te diste cuenta. Cuando llegue la sentencia final, comenzarás a hacer el inventario de las cosas pendientes, de todo lo que te faltó por hacer y caerás de rodillas. Cuando no queden más fuerzas para mentirte a ti mismo, hará su entrada, inexorable y dolorosa, tu honestidad, tu reconocimiento de la realidad. Ante la ausencia de un mañana, súbitamente se activará el presente y cada minuto vivido será un triunfo sobre la adversidad. En esos momentos, en esos aparentemente ingratos instantes de vida finita, disfrutarás de la riqueza que siempre tuviste en tus manos, esa, de amanecer vivo, pero que con la necedad heredada, incrustada en tu pecho, dejaste que el miedo se apoderara y te hiciera cuidarte de la vida misma, de eso que ahora respiras con tanta frescura, con colores impactantes, nuevos. Tal vez todo está escrito para ser de esa manera apasionada, sobresaltada, bastante imbécil, de lanzar a la basura lo valioso, lo que llena de verdad durante toda la vida para salir corriendo detrás de la fantasía anhelada que alguien nos contó, solo para caer en cuenta, a poco tiempo de la partida, del tesoro que echamos por el barranco.
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