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martes, 29 de octubre de 2019

Impostor a la medida

Uno cuando estoy contigo, otro cuando estoy solo, otro más cuando estoy con ellas, uno más cuando estoy con ellos. Soy tantos según la ocasión que ya no recuerdo cuál soy, quién soy, cómo soy en realidad. Esta dualidad multiplicada adquirida a medida que pasan los años me resulta una capacidad venida a menos, una mimetización sin propósito, un disfraz raído. Como suele pasar con muchas mentiras a la vez, son tan difíciles de sostener que se caen en el lugar equivocado, en el momento menos adecuado. La confusión me tiene loco. Mezclo las ocasiones y comienzan a salir retazos del monstruo aquí y allá, ya sin control, como si un poder ajeno a mí se olvidó de mi plan de ajuste y me puso de marioneta definitiva, como el producto perfecto de la falsedad y ahora, colgado en la oscuridad, no sé cuál de mis historias creerme.

Ver todo en blanco y negro

Ver solo
en blanco y negro. Hasta suena a discapacidad. Hasta huele a moralidad rancia. Definitivamente sospechoso. La incapacidad para notar los matices en todo lo que ocurre, para darse cuenta de que las cosas no deben ser o totalmente buenas o totalmente malas, solo dan lugar a una compulsión, a un nervio extraño, a una patología; en el menor de los casos, a una conducta que levanta ojeriza. Suena a la miopía que produce una desilusión pasada pero no superada. Tiene eso pinta de cualquier cosa, menos de comportamiento ajustado a cierta realidad que, aunque desborde toda la dificultad antes desconocida, no deja de merecer una mirada calmada, sobria, en silencio. Así que… que te aproveche tu voluntario y apasionado daltonismo de grises.

lunes, 28 de octubre de 2019

Creí que era el único

Creí que era el único. El único que se ponía triste a veces y lo escondía; el único al que la preocupación le pegaba en la panza y lo mandaba para el baño; el único que sentía que siempre faltaba algo y no sabía qué; el único que no le veía sentido a la mayoría de las cosas y sin embargo las seguía haciendo por años; el único que se recriminaba en secreto; el único que tapaba sus miedos con maltratos a los demás; el único que buscaba un culpable allá afuera; el único que buscaba la perfección sin saber qué era eso; el único que siente que nadie le para bolas y que nada vale la pena… pero aparte de no ser el único, me asomo por la ventana en cualquier momento y puedo ver el tremendo ejército de la desilusión.

domingo, 27 de octubre de 2019

No te cuelgues

Siempre estaré para ti. No albergues la menor de las dudas. Es un placer devolver parte de lo que me has dado, de lo que soy. La gratitud es un ejercicio que me agrada. Pero por favor, no te cuelgues. No dejes caer todo tu peso sobre mis hombros porque entorpeces mi paso y nos podemos caer; déjame conservar ese paso que me ayuda a tener el impulso necesario para ayudarte mientras construyo mi camino. Te pido, con la mejor de las voluntades, que me ayudes a ayudarte, que no agotes la energía que nos ayuda y nos mantiene unidos, porque entre mi frustración y tu desilusión el futuro se empaña de contrariedad y dolor. Te mando un abrazo.

Ser padres ahora


Ser padre ahora. Perder el primer round obligado contra las pantallas y sus mensajes destructivos. Ser agarrado fuera de base por las influencias sociales que tienen un pie dentro de tu casa. Lidiar contra el peso de tu propia crianza y tratar de embutirle las maneras de hace unos treinta años. Bajar las defensas y la dignidad ante el temor del abandono futuro de parte tu única razón para vivir. Creer en el tiempo infinito para hacer “entrar en el carril” a la criatura ya grande, en medio de intentos ingenuos, lentos, insustanciales. Fomentar, sin saber, la tiranía de quien no vio en ti sino un proveedor sin compromisos a cambio. Mostrar ilusamente la moral de las banderas apasionadas del bien y el mal sin los matices ni las consideraciones del caso. Sembrar con ojos ciegos el trauma futuro y el perdón que tardará en llegar. Vaya empresa.

Déjame sentir el futuro

Déjame ver el futuro. Déjame mirar hacia adelante con la claridad y el color que siempre soñé. Déjame gozar del sol del amanecer de ahora en adelante; sentir el calor en la piel y sentirme parte de algo mayor, de algo a lo que pertenezco desde antes, desde siempre… algo a lo que no soy ajeno, pero que hasta ahora ha estado vedado para mí. Déjame caminar sin estudiar el rumbo, sin calcular el destino, sin atascarme en los riesgos. Déjame probar qué se siente saberme capaz después de haber probado la derrota por un rato. Déjame andar solo, libre, expuesto; responder al cada desafío con el extraordinario instinto que tengo como aliado. Puedo, ahora mismo, recoger lo que necesito para el viaje, y con tu bendición, comenzar a escribir mi propio relato, mi propia aventura. No te opongas y anda: échame la bendición.

viernes, 25 de octubre de 2019

Ángeles aislados

Ángeles aislados. Cada uno separado del otro, lejos del otro, librando solos su propia lucha; intentando, incesantemente, cumplir su misión. Se dan cuenta, preguntan, corren, cumplen. En medio del cansancio que parecen no acusar, un día tras otro, aportan mucho más que un grano de arena por el bienestar del otro, de su prójimo. Desde afuera, la misión parece ingrata. Sin embargo, estos ángeles parecen cargar combustible de alguna fuente para muchos desconocida. Esta gente de verdad le echa pichón a eso de ayudar, de no dejar solo a nadie, de no permitir que la inercia y la indiferencia se salgan con la suya. Entre bambalinas los veo cansados, extenuados, casi por darse por vencidos; sin embargo, por razones del impulso superior, la tarea se ejecuta y se termina, cada vez, con grato resultado. Hay que hacer que nazcan y se acerquen entre sí estos querubes para que su fuerza conjunta irradie más y mejor energía, disposición, decisión, al entorno que normalmente pide su colaboración con esto y con aquello. Hay que hacer que esa unión entre ellos y los otros de más allá se convierta en una fuerza invencible de ayuda para los demás; pero también para ellos, quienes son los que se levantan todos los días con un pendiente inmenso y que parece, desde afuera, que sin ayuda y sin cohesión con el resto de sus compañeros, no podrán coronar el objetivo final de la salvación.

Me movieron

Fui movido. Una fuerza superior a mis percepciones acostumbradas me dio vueltas y caí distinto. Ya no se ven las cosas como antes. La perspectiva es nueva, confusa, a veces engañosa. He tenido que tomar medidas para poder avanzar, para seguir adelante desde este punto de vista. Ahora debo reconsiderar lo que escucho, lo que veo. Debo virar la cabeza para ver, desde esta posición, todo desde el comienzo. Antes de emocionarme o afligirme como en el pasado, me estoy dando un poco más de tiempo para saber de qué se trata el asunto realmente. Antes de salir corriendo y armar trifulca, apaciguo los caballos salvajes y luego veo si vale la pena, o cuál sería el camino menos desgastante o lamentable a seguir. No puedo decir que rechazo esta nueva mirada de la vida. Ya me he llegado a sentir enratonao por las maneras anteriores de actuar. Al final me parece que esta nueva mirada, fresca, más veraz y con la que no terminaré en la cárcel, el hospital o el manicomio, es la que me acompañará por el resto del camino.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Mi cuerpo colapsó

A fin de cuentas, mi cuerpo se desplomó. No pudo más. Mi cubierta física, palpable, visible, estética, colapsó. Esa máquina tan perfectamente diseñada para interactuar con un entorno en equilibrio, sucumbió ante mis maltratos bienintencionados. Yo lo que quería era estar tranquilo, pero debí incorporarme a la locura colectiva, desequilibrada, a ese flujo interminable, incansable, de necesidades propias y creadas que hace que la mente calculadora se ocupe de todo cuanto sea posible abarcar. Esta osamenta cubierta de músculos, conductos, órganos y mecanismos exactos, comenzó a traquear, a sonar feo, a marearse, a doler, y fue así como eventualmente cayó al suelo sin sentido. “¡Enfermedad!”, propinaban los estudiosos y sus caletres inamovibles. Sin duda, respondí con obediencia y diligencia, siguiendo sus consejos generales y metiendo en mi organismo agotado un arsenal de productos que me ordenaron consumir. “¿Hasta cuándo debo tomarlos, Doctor?”, pregunté en medio de la conmoción. “Para toda la vida”, contestaron sin ninguna vacilación. Con varios tratamientos que no me tratan en absoluto, me levanté como buen ciudadano productivo y anduve por las tensiones de las calles un rato más, entre mi mismo maltrato de antes y la nueva manera farmacéutica de vivir. Pocos años más tarde, ante la imparable succión que perpetran mi entorno soñado y la ciencia médica, el cuerpo, apaleado y mortificado, no pudo más. Aquí estoy ahora, en medio de la contrición, haciendo listas inútiles de los abusos que me causé y me hice causar durante tanto tiempo y mirando en el espejo lo que quedó: el escombro en el que convertí el tremendo equipo que se me otorgó y que lancé por el barranco... parece un mal chiste, ¿no?

martes, 22 de octubre de 2019

Desconfiar de lo bueno

Desconfiar de lo bueno. Mantener la duda ante lo que se acerca, aunque sea para favorecernos. Lanzar golpes a lo loco para evitar el daño. En el pasado fuimos engañados. Ayer se nos propinó todo el sufrimiento. Cada cachetada recibida en medio de una alegría, de una ilusión, nos convirtió en este fortín de guerra, en este monolito de supuesta madurez e invencibilidad que construimos para ya más nunca ser embaucados, emboscados, burlados. Pero pasa el tiempo y ya nadie se cree el poder que predicamos para alabarnos a nosotros mismos cuando extendemos la cola falsa de pavo real, cuando gruñimos cada vez que alguien parecido al pasado se acerca “quién sabe con qué intención”. Somos los nervios que nunca descansan ante la invasión del entorno. A pesar de las medallas y los nombramientos, somos un manojo condecorado de temblores, prejuicios y temores que no nos abandonan; y si nos abandonan por un ratico de descuido en el que nos permitimos ser humanos vulnerables y felices, al darnos cuenta de la idiotez del vigilante, del desliz imperdonable, hacemos que despertamos y volvemos de nuevo a erigir el muro, a cerrar la reja, a asegurar la prisión en la que nos metimos para protegernos… para siempre.