Espero que te guste el contenido. Para sugerencias, objeciones, protestas o propuestas, escribe a "leonardo.rothe@gmail.com"
martes, 29 de octubre de 2019
Impostor a la medida
Ver todo en blanco y negro
Ver
solo
en blanco y negro. Hasta suena a discapacidad. Hasta huele a moralidad rancia. Definitivamente sospechoso. La incapacidad para notar los matices en todo lo que ocurre, para darse cuenta de que las cosas no deben ser o totalmente buenas o totalmente malas, solo dan lugar a una compulsión, a un nervio extraño, a una patología; en el menor de los casos, a una conducta que levanta ojeriza. Suena a la miopía que produce una desilusión pasada pero no superada. Tiene eso pinta de cualquier cosa, menos de comportamiento ajustado a cierta realidad que, aunque desborde toda la dificultad antes desconocida, no deja de merecer una mirada calmada, sobria, en silencio. Así que… que te aproveche tu voluntario y apasionado daltonismo de grises.
en blanco y negro. Hasta suena a discapacidad. Hasta huele a moralidad rancia. Definitivamente sospechoso. La incapacidad para notar los matices en todo lo que ocurre, para darse cuenta de que las cosas no deben ser o totalmente buenas o totalmente malas, solo dan lugar a una compulsión, a un nervio extraño, a una patología; en el menor de los casos, a una conducta que levanta ojeriza. Suena a la miopía que produce una desilusión pasada pero no superada. Tiene eso pinta de cualquier cosa, menos de comportamiento ajustado a cierta realidad que, aunque desborde toda la dificultad antes desconocida, no deja de merecer una mirada calmada, sobria, en silencio. Así que… que te aproveche tu voluntario y apasionado daltonismo de grises.
lunes, 28 de octubre de 2019
Creí que era el único
Creí
que era el único. El único que se ponía triste a veces y lo escondía; el único
al que la preocupación le pegaba en la panza y lo mandaba para el baño; el
único que sentía que siempre faltaba algo y no sabía qué; el único que no le
veía sentido a la mayoría de las cosas y sin embargo las seguía haciendo por
años; el único que se recriminaba en secreto; el único que tapaba sus miedos
con maltratos a los demás; el único que buscaba un culpable allá afuera; el
único que buscaba la perfección sin saber qué era eso; el único que siente que nadie
le para bolas y que nada vale la pena… pero aparte de no ser el único, me asomo
por la ventana en cualquier momento y puedo ver el tremendo ejército de la desilusión.
domingo, 27 de octubre de 2019
No te cuelgues
Ser padres ahora
Ser padre
ahora. Perder el primer round obligado contra las pantallas y sus mensajes
destructivos. Ser agarrado fuera de base por las influencias sociales que
tienen un pie dentro de tu casa. Lidiar contra el peso de tu propia crianza y
tratar de embutirle las maneras de hace unos treinta años. Bajar las defensas y
la dignidad ante el temor del abandono futuro de parte tu única razón para
vivir. Creer en el tiempo infinito para hacer “entrar en el carril” a la
criatura ya grande, en medio de intentos ingenuos, lentos, insustanciales. Fomentar,
sin saber, la tiranía de quien no vio en ti sino un proveedor sin compromisos a
cambio. Mostrar ilusamente la moral de las banderas apasionadas del bien y el
mal sin los matices ni las consideraciones del caso. Sembrar con ojos ciegos el
trauma futuro y el perdón que tardará en llegar. Vaya empresa.
Déjame sentir el futuro
Déjame
ver el futuro. Déjame mirar hacia adelante con la claridad y el color que
siempre soñé. Déjame gozar del sol del amanecer de ahora en adelante; sentir el
calor en la piel y sentirme parte de algo mayor, de algo a lo que pertenezco
desde antes, desde siempre… algo a lo que no soy ajeno, pero que hasta ahora ha
estado vedado para mí. Déjame caminar sin estudiar el rumbo, sin calcular el
destino, sin atascarme en los riesgos. Déjame probar qué se siente saberme
capaz después de haber probado la derrota por un rato. Déjame andar solo,
libre, expuesto; responder al cada desafío con el extraordinario instinto que tengo
como aliado. Puedo, ahora mismo, recoger lo que necesito para el viaje, y con
tu bendición, comenzar a escribir mi propio relato, mi propia aventura. No te
opongas y anda: échame la bendición.
viernes, 25 de octubre de 2019
Ángeles aislados
Me movieron
miércoles, 23 de octubre de 2019
Mi cuerpo colapsó
A
fin de cuentas, mi cuerpo se desplomó. No pudo más. Mi cubierta física,
palpable, visible, estética, colapsó. Esa máquina tan perfectamente diseñada
para interactuar con un entorno en equilibrio, sucumbió ante mis maltratos
bienintencionados. Yo lo que quería era estar tranquilo, pero debí incorporarme
a la locura colectiva, desequilibrada, a ese flujo interminable, incansable, de
necesidades propias y creadas que hace que la mente calculadora se ocupe de
todo cuanto sea posible abarcar. Esta osamenta cubierta de músculos, conductos,
órganos y mecanismos exactos, comenzó a traquear, a sonar feo, a marearse, a
doler, y fue así como eventualmente cayó al suelo sin sentido. “¡Enfermedad!”,
propinaban los estudiosos y sus caletres inamovibles. Sin duda, respondí con
obediencia y diligencia, siguiendo sus consejos generales y metiendo en mi
organismo agotado un arsenal de productos que me ordenaron consumir. “¿Hasta
cuándo debo tomarlos, Doctor?”, pregunté en medio de la conmoción. “Para toda
la vida”, contestaron sin ninguna vacilación. Con varios tratamientos que no me
tratan en absoluto, me levanté como buen ciudadano productivo y anduve por las tensiones
de las calles un rato más, entre mi mismo maltrato de antes y la nueva manera farmacéutica
de vivir. Pocos años más tarde, ante la imparable succión que perpetran mi
entorno soñado y la ciencia médica, el cuerpo, apaleado y mortificado, no pudo
más. Aquí estoy ahora, en medio de la contrición, haciendo listas inútiles de
los abusos que me causé y me hice causar durante tanto tiempo y mirando en el
espejo lo que quedó: el escombro en el que convertí el tremendo equipo que se
me otorgó y que lancé por el barranco... parece un mal chiste, ¿no?
martes, 22 de octubre de 2019
Desconfiar de lo bueno
Desconfiar de lo bueno. Mantener la duda ante lo que se acerca, aunque sea para favorecernos. Lanzar golpes a lo loco para evitar el daño. En el pasado fuimos engañados. Ayer se nos propinó todo el sufrimiento. Cada cachetada recibida en medio de una alegría, de una ilusión, nos convirtió en este fortín de guerra, en este monolito de supuesta madurez e invencibilidad que construimos para ya más nunca ser embaucados, emboscados, burlados. Pero pasa el tiempo y ya nadie se cree el poder que predicamos para alabarnos a nosotros mismos cuando extendemos la cola falsa de pavo real, cuando gruñimos cada vez que alguien parecido al pasado se acerca “quién sabe con qué intención”. Somos los nervios que nunca descansan ante la invasión del entorno. A pesar de las medallas y los nombramientos, somos un manojo condecorado de temblores, prejuicios y temores que no nos abandonan; y si nos abandonan por un ratico de descuido en el que nos permitimos ser humanos vulnerables y felices, al darnos cuenta de la idiotez del vigilante, del desliz imperdonable, hacemos que despertamos y volvemos de nuevo a erigir el muro, a cerrar la reja, a asegurar la prisión en la que nos metimos para protegernos… para siempre.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

