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domingo, 19 de enero de 2014

Conque... adulto mayor, ¿no?

Llegando al banco, con todos mis años colgando en la lengua y luego de subir una escalinata de 25 elegantes tramos. Señor -le dije al vigilante- ¿por dónde se retira la pensión? El señor, muy amablemente, dijo que los adultos mayores deberían hacer la cola del fondo. “Adulto mayor”… me agrada. No me habían dicho así nunca; siempre con epítetos que casi me denotan como un perol desgastado, casi inútil. Ahora puedo ver hasta avisos y letreros con el término “Adulto mayor”, que lo dignifican a uno, a nuestra autoestima. Pensé que estaba llegando, al fin, un cambio a favor; que podíamos estar más tranquilos cuando pensamos del respeto por venir que, según puedo apreciar, tenemos; aunque, mirando y reflexionando del nuevo paraíso, escuché a un cretino gritar desde el final de la cola: “Coño, viejito, ¡muévete!”

Achaques Tecno

Las fotos de mi abuela, mi madre, y hasta las de mis hijos están en fotos que se acercaban, peligrosamente, a no tener píxeles. Las canciones que sonaban cuando era niño, que eran las que escuchaban los viejos de la vecindad, no osaban tener megahertz.  Según escuché, la primera red social del venezolano fueron las plazas y teatros. El trompo, el  yoyo, el papagayo, las metras y la “ere” no se vendían en cidís. Sólo conversar en un zaguán o en una mecedora, escuchando historias deslumbrantes del campo, de la vida sencilla, no se transcribía en foros o chats. Pasear sólo por el placer de hacerlo, y hasta de estar solos un rato con la naturaleza, no generaba fotos ni comentarios posteriores, fuera de ti y de mí. Seguro son los achaques galopantes, pero desde este rincón tan parecido a lo que fue, me siento débil e inútil con todo este montón de botoncitos y pantallas que pretenden ser lo nuevo que el mundo brinda. “Send”…  “Send”… ¡Coño!

A punto de ocurrir

Hay algo a punto de ocurrir. Sólo falta un empujoncito. Algo caerá, algo sonará, alguien dirá algo, una lágrima saldrá a su último paseo. Todos se miran. Todos se toman de la mano. El viento, al pasar, abanica el cabello de los próximos protagonistas. Todos están esperando el momento final, antes de actuar. Todos esperan el banderazo, que haga que se cumpla la misión. De repente, se escucha un estruendo; es un sonido amplio, que llega hasta los músculos. Cada quién escucha su señal y en un último respiro, se levantan, avanza, hablan de una vez. Por todos lados se ven parejas abrazadas, aprovechando para decirse lo que estaba escondido, para decirse lo que tienen que decirse lo que la cobardía no permitía. Si volteamos a ver al otro lado, hay un padre y su hijo, sonriendo sin decirse más; niños abrazando a sus padres, como si nunca los hubiesen visto juntos. Solo, apartado del camino, hay alguien llorando de conformidad, de una paz que nunca llegaba… mirando hacia el cielo, cerraba un capítulo. Todo pasaba en cadena, de un lado a otro, mejor de lo que se esperaba. Poco después, anocheció y todos estrenaban cena de lujo, completos, conversando, con guiños y sonrisas inéditas, felices. Esta noche, todos dormiremos tranquilos, entre abrazos de sueño, hasta el amanecer. No importa si ayer fue verdad, sólo saben que es posible, que es hermoso. No importa si llega a ocurrir de verdad.

viernes, 17 de enero de 2014

Aparecieron manchas



Hay manchas. Manchas regadas por todas partes. Manchas que se mueven, que parecen ir de un individuo a otro; que se aprenden, crecen y se mudan. Que parecen no terminar.
En medio de mi cacareada inmunidad, observo y observo. Veo en la cara de los otros la limpieza que me garantiza el haber compartido con ellos algunas cosas mías. De repente, en un movimiento imprevisto, veo que en el otro lado de su rostro hay una mancha. Una mancha que no veía, que no sentía, que no imaginaba. Una mancha que desconcierta y, antes de querer una explicación, sólo quiero sentarme y tratar de pensar... y luego descansar un rato.
Tal vez no son manchas absolutas; quisiera pensar que no es así. Quisiera pensar que son territorios negros con los cuales se me hace sencillo guardar distancia y que sólo atacan a parte de la persona... que no es un ataque masivo, pero de todas maneras espero una explicación, una razón para lo que parece una payasada de la vida. ¿Será que esa debilidad es imprevisible? ¿será que existe en cada uno de nosotros esperando la oportunidad de presentarse? ¿será que la distancia entre lo bueno y lo malo se recorta inexorablemente ante algún artificio maléfico de circunstancias? ¿será que sólo no hemos tenido la oportunidad? ¿será que jugamos a juzgar? ¿será que jugamos a perder? ¿cuánto valemos? ¿tan poco que sería mejor regalarnos o perdernos? ...la vaina está jodida.

miércoles, 15 de enero de 2014

Somos sólo adjetivos

No somos personas. No somos una experiencia única. No somos un hecho irrepetible. No somos un cúmulo de felicidades, de logros; de drama y frustración. Somos adjetivos. Somos una palabra que denota a otra, al parecer, ninguna de las dos mejor. “El Negro ese”, “El loco ese”, “El mendigo ese”, “El terrorista ese”, “El viejo ese”, y un etcétera vergonzoso. Siempre inventaremos un adjetivo que funcione como un saco de basura en el cual meterte, y así separarte de mi cuestionado mundo rosa. No te concederé expresiones de respeto. No  te llevarás ni un solo calificativo que afirme tu humanidad. En caso de grato acercamiento entre tú y yo, no pasará de ser una aventura exótica, algo raro que permitiste que ocurriera. En caso de acercamiento no habrá intercambio, sólo tu presunto aporte a mi miseria… dices tú.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Adita en Poltergeist

LA CREDIBILIDAD EN LAS PANTALLAS (o “Tremendo mojón”)

Sabemos de sobra que las historias representadas en el cine y TV tienen, por encimita, dos componentes: la historia misma y la manera en la que se desenvuelve. Respecto a la manera en que se desenvuelve, puede ser que una que otra cosa no creíble pase por debajo de la mesa porque el fondo del cuento es tan interesante que no hay ojos para detalles odiosos. Pero, indudablemente, hay detalles que dejan de serlo para convertirse en un trancazo para el flujo de la trama y nos arranca la conocida expresión: “Si son mojoneros”. La situación empeora cuando quien manufactura el filme cree que esa escena le otorga colorido al resto de la historia y hasta la jolivudiza. “Esa gente cree que uno es pendejo” se convierte en la piedra de tranca al resto de los minutos por desenvolverse, y entre gestos remolones, entre brazos y piernas cruzados, uno termina de darle rentabilidad al boleto que acaba de pagar allá afuera.

Soy muy justo

Soy justo. Soy muy justo. Soy tan justo, que rayo en lo aritmético cuando determino el punto exacto de justicia, de balance entre lo bueno y lo malo. Sin embargo, por alguna razón que desconozco, estoy aislado. Es una situación en la que quien se cuida tanto cayó en un punto muerto de rechazo general. Muchos dicen que es porque soy fastidioso, empecinado y hasta inhumano. Otros dicen que rompo la dinámica divina del universo de dar y recibir, represando lo que debo liberar y no aceptando lo que considero sólo un regalo sin justificación. Yo, reflexionando mucho, sacando mis cuentas y viendo los resultados, considero que lo justo es que mande a todos al carajo… ¿qué saben los demás de justicia?

domingo, 13 de octubre de 2013

Y ahora cuéntame una de Franskestein

Y entonces le dijiste al niño que no entendería tu explicación, que era sólo un niño. Y entonces, con todo el inmenso poder de tu ignorancia, de tu indiferencia, de tu distracción, abandonaste el hilo constructor de su carácter, de su personalidad, de su futuro bienestar, de su papel como miembro de una sociedad justa. Y ahora te encuentras en la calle con ellos: con el injusto, con el indiferente, con el corrupto. Y en estos tiempos otoñales te luces hablando de cómo es que esa gente es despreciable, excecrable, mala; que son un lunar a exterminar de tus dominios, de tu selecto grupo. Ahora estás ahí, en ese cafetín del bulevar, debatiendo vehementemente con las madres y los padres de un grupo incalculable de quienes una vez fueron aquellos niños descuidados, abusados, sutil o abiertamente humillados.