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jueves, 18 de octubre de 2012

ANUNCIOS INSALUBRE: ¿Un jalador?


Ofrecemos personal capacitado para complacer a clientes a quien nadie quiere tratar. Los muchachos asentirán ante cualquier pregunta, se reirán de sus malos chistes con si fuese uno del más alto calibre; y hasta una manzana le podemos llevar. Podrá contratar el paquete de acompañamiento físico, el cual contempla que nuestro profesional ande con Ud. para arriba y para abajo, con interminables ademanes de admiración y complacencia. Así que, si usted se crió como hijo único, malcriado y progresivamente rechazado por los familiares y vecinos, ya no tiene por qué pagarla con los empleados y desconocidos: Sólo llámenos.

ANUNCIO INSALUBRE: ¡Descargue!


Se ofrece personal para descargar la rabia. A toda hora, incluyendo madrugadas, que es cuando uno se acuerda de quienes lo maltrataron. Con sólo una llamada, usted podrá con los mejores profesionales en eso de asentir callados, dejarse insultar, culpar y, si habilita el pago extra, hasta un carajazo por el cogote podría ud propinar. Le garantizamos total sumisión. Nuestro equipo hizo su pasantía en los más selectos y perdidos monasterios budistas, en los que se hace énfasis en el mundo interior del ser humano. Por esto y mucho más, no tema expresar su ira, que nosotros estamos a la orden de su miseria.

Y no me distraje más


Y no me distraje más. El entretenimiento constante y enfermizo que me vestía, dio paso al silencio. Y el silencio dejó escuchar las voces que tenía acalladas por el brillo y bullicio exterior. Y las voces trajeron sus preguntas, reproches y cuentas pendientes por tanto desperdicio de tiempo, de esfuerzo. Se asomaron de nuevo las ilusiones resecas de la niñez, de cuando me atrevía a tener sueños auténticos, sueños de verdad. Comencé a deshacerme de los trastes perfumados que guardaba con tanto apego, y después de observar cada palabra, cada recuerdo, los iba desechando sin parar mientras comprendía eran sólo basura... pesada basura. Todavía no sé si estoy a tiempo de recomenzar por buen camino, por el camino querido, por el camino oportuno. Lo que sí sé es que el resto de mis años podré estar más tranquilo, más satisfecho con cada paso, más parecido a mí de lo que fui durante tanto tiempo tirado al precipicio.

Soy tan linda...


Soy tan linda que no me podrás negar solicitud o mandato alguno. Soy tan encantadora que lograré que te arrastres con tu mejor cara de galán desatinado. Soy tan linda que no dejarás de verme, de desearme, desde cualquiera de los sitios donde me encuentres. Despertaré tu enfermedad sexual desde mis ojos y labios, como a un infeliz juguete. Luego te hablaré por primera vez para que enloquezcas de un sopetón, poniendo a mis pies tus más valiosas joyas, tus ganancias, tu tiempo, tu atención, y hasta lo que llamas amor. Veré cómo vas marchitándote sólo por mantenerme complacida, cómoda, cerca. Soy tan linda y tú tan imbécil que no te has fijado en el vacío que llevo por dentro y al que conservo disimulado, distraída con tanto payaso que encuentro en la calle, en las aceras y escaleras, capaces de entretenerme unos días más. Todo eso mientras choco de frente con algún camión cargado de verdades en serio, con una lluvia de bofetadas que finalmente llegue a hacerme sentar cabeza y a dejarlos en paz a todos ustedes.

domingo, 14 de octubre de 2012

Una mujer todo terreno


Eres una mujer todo terreno, por eso es que no me gustas tanto. Saltas, corres, observas, concluyes, decides después de examinar, y eso no lo tenía previsto. Yo quería protegerte, abrirte la puerta, halarte la silla, darte mi chaqueta, pero te abres paso asombrosamente; abres tus propias puertas y no las que yo preveo, y por si fuese poco, me halas algunas sillas al llegar a la mesa. Es inaceptable. El encanto de tus ojos, la lozanía de tu piel y la picardía de tus frases en revesadas no dan espacio a mis piropos, y la naturaleza de mis regalos aparenta ser una gigantesca estupidez ante un portento de mujer como tú. Son oasis de caricias, de pasión, de femineidad electrizante, innovadora, los que puedo obtener de ti. Creo que mejor lo dejamos así. Eres demasiado para lo que tenía en el arsenal romántico. Creo que mejor me quedo tranquilito con mis flores, mi capa y mi caballo blanco, para luego tocar la puerta de otro balcón más seguro.

No te vayas


No te vayas, por favor. No me dejes. No tengo ese tremendo valor como dices, ni me merezco tanto como mencionas al acercarte a la puerta. ¡No! ni repitas eso de que puedo estar desperdiciando mi vida contigo; si fuese así, quisiera desperdiciarla contigo hasta que me muera. Todo se puede arreglar, vale; yo me ajusto así y asao, como a ti te dé la gana. No tienes idea de lo equivocada que estás cuando dices que encontraré a alguien que me quiera mejor que tú, cuando ambos sabemos que esa persona no ha nacido todavía. ¡Epa! ¿No quieres un cafecito para seguir hablando? Siéntate… ¿”No”? Haz lo que te dé la gana entonces. Ya verás que te haré la vida de cuadritos, ¡porque ni creas que eres lo mejor que existe! Ni que no tuviese yo autoestima, psss…

La muerte me da risa


La muerte trágica no puede ser tan mala. Claro que no. Veo los juegos de video donde se destrozan soldados, mujeres y hasta viejitos… ¡Qué va a ser! Veo noticieros con lucecitas en las que las guerras y tragedias son sólo un trozo entre comerciales muy divertidos… No, ¿verdad? He notado, por otro lado, la mención a los muertos tradicionales por enfermedades, por hambre, por contaminación, y después de otro trago de cerveza se salta a otro tema sin mayor reflexión. Ligerito, ligerito. La gente también se muere de risa, del susto, de amor; hasta hubo varios cantantes que la querían a morir. La verdad es que examinando algunas muertes signadas por el respeto, la dignidad y un ideal justo en otros tiempos, la verdad es que la muerte ahora lo que da es risa.

Me contabas tu sueño


Me contabas tu sueño. Lo hacías con pasión, casi con desesperación. Me pareciste fuera de lugar, de tiempo. Le pareciste a otros, desatinado, un loco más. No te dejaste amilanar por el pronóstico gris de tu semblanza del éxito, del surgimiento elevado. Tocaste puertas que no se abrían o se cerraban, pero fuiste tesonero porque, me contaste, el triunfo pasaba por muchos fracasos. Tu raciocinio determinó que tal vez tu aproximación no era la correcta y diste un giro, sin duda, brillante. Pero a nadie enganchó la nueva propuesta, igual que la primera. Ni un alma reconoció públicamente tu calidad, o podría decir mejor, la calidad que creías que tenías. De pequeño, según me contaste, observabas a todos los triunfadores en los afiches, en los libros, en los teatros. Entonces te fijabas bien en las metas de los grandes, en los caminos que tomaron, y, sobretodo, en sus perseverancias. En consecuencia, escribiste el guión perfecto para alcanzar esa gloria ya alcanzada por los invencibles del pasado. Lo que nadie te contó fue la cantidad de locos como tú, de genios ensombrecidos, como tú; en ese universo tragado por la indiferencia o la desidia que convirtió un sueño en una pesadilla, en frustración, en injusticia íntima. Tranquilo, amigo, que yo no dejaré de reconocer tu esfuerzo y tu genio, aunque no pueda, por ahora, reconocer lo oportuno de “tus cosas”.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Me cansé de lo efímero


Ya me cansé de lo efímero, de lo golondrino, de la falta de garantía. Me cansé del vacío recurrente, del divino y siempre moribundo paréntesis. No quiero pago de suscripciones bestialmente altas o renovaciones de contrato que sepan a cadena perpetua. No pagaré más mensualidades, odiosas cuotas de miedo como tributo al verdugo autofabricado.

La Sirenita


Ahí estaban sentados a la orilla de la playa, Ariel y el príncipe Eric, esperando el momento de ser iguales para compartir su amor eterno. Ante la vista ansiosa de Sebastián, el cangrejo, quien miraba el reloj una y otra vez, Eric miraba algo desesperanzado ya la cola con aletas de Ariel, que no terminaba de convertirse de una vez en el par de preciosas piernas previstas para cualquier momento. Eric, virando su vista al vestido de encajes que le había traído a su amada para la ocasión, y que ya comenzaba a mojarse con la subida de la marea, acariciaba su barbilla como examinando la pertinencia de la escena. Ella, sentada en la arena, con medio cuerpo fuera del agua, miraba con ruego de permanencia a su galán a pocos metros, reposando en una piedra blanca e inmensa, fuera del agua. Terminó de anochecer, amaneció y salió el sol. El entusiasmo se había manchado durante la noche anterior y la reflexión de cada uno de los tórtolos enfrió lo que comenzó siendo un momento mágico. Sebastián se había ido al amanecer sin despedirse, aunque sí volteó a mirarlos antes de sumergirse. Después de esperar una señal de cualquier elemento, y después del rompimiento de una estruendosa ola, Eric, muy ojeroso y algo adolorido, se acercó a la sirenita agotada por el vaivén del mar; tomó su mano y se la besó por última vez, a lo que Ariel contestó, entre triste y aburrida: “Sí, lo sé. Que te vaya bien, Eric”.