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jueves, 12 de julio de 2012

Si no tú, alguien más

Si no eres tú, es alguien más. No te creas quien salvó mi mundo. No creas que tu ausencia es irremediable. No pienses más que sin ti me quedaría varado, estancado, porque la vida nunca es tan canalla. No te ilusiones con ser con quien sueño, con quien anhelo estar cada día, irremediablemente, lapidariamente. Quítate de la cabeza las imprendicibilidades infundadas, falsas, inexistentes a mediano plazo. Dame crédito en lo que te digo; no durarás demasiado como fantasma al acecho, como espectro enterrado en mi pecho. La vida evoluciona, los días tejen nuevos inventos; cada minuto es un pescador de sucesos, de casualidades, y si dudas de las posibilidad de una casualidad, aquí me tienes, nacido de una mirada, de un dejo de ansiedad, de un paseo por donde, aparentemente, no debía ir. Como en el dominó, se pierde y se gana y luego se baraja la mano… y se comienza de nuevo, con más o menos puntos, pero se comienza. Ya basta de regocijarte en las posibilidades de mi dolor, en la certeza de mi sufrimiento sin tu sombra acobijándome. No hay manera de quedarse atorado en el mismo hueco para siempre; no soy ese tipo de sinvergüenza, aunque reconozco que si lo soy de algún otro tipo. Entonces, su merced, me despido con algo de sonrisa, con mucho de esperanza, y con la certeza de que lo que viene será bienvenido por ser necesario, por ser otro punto de crecimiento. Au revoir.

¿La felicidad? ...tremenda esclavitud

Tremenda la esclavitud que brinda perseguir la felicidad. El raciocinio se convierte en amigo falso, en consejo inoportuno, y los sentimientos, las sensaciones se convierten en una carga oculta, sin posibilidades de ser avistada, de crecer, de desarrollarse. Terribles las voces agoreras que cada noche nos susurran al oído, nos predicen la soledad previa, el tormento previo… ¿previo? ¿a qué? A la felicidad, claro. Se aparece entonces un horizonte que sólo sirve para caminar en vano, para perder tiempo valioso. Cada día sin vivir se convierte, lastimosamente, en un día perdido para siempre. Y como perros buscando alcanzar su cola, damos vueltas, vueltas y más vueltas, sólo para quedar en el mismo sitio, debilitados, mareados, resbalándonos en el lamento. Saber se convierte en el arma predilecta en nuestra misma contra, y mientras más sabemos, más lejos se coloca el horizonte, más amplio, más definible… pero inexorablemente, más lejos.

lunes, 9 de julio de 2012

Viviré en el dolor

Viviré con ese dolor. Sin disparadores, sin explosiones que diseminen su desolación a la superficie, su destrucción alrededor. La pelea está perdida, por lo que conviviré con el verdugo. Los derrumbes serán controlados, en soledad. El sollozo no verá el sol. La gente se preguntará qué es ese ruido en el sótano, pero seguirán su camino como si nada; nunca se enterarán del cuento completo, de la historia que aún hoy no deja de ser tortuosa, espinada. Mientras tanto, por el momento, una mirada al espejo, una sonrisa fingida y la falsa empresa de pasarla bien.

domingo, 8 de julio de 2012

Qué necio, pana


No tiene sentido nada. Todo está abierto. Nada nos detiene para apreciar o actuar. Por consiguiente, queda de mi parte la responsabilidad de avanzar, de establecer mi bienestar de gozar a plenitud. Pero qué va, no estamos para eso. Levantaré una pared entre ese espacio mágico y yo, y luego de un tiempo, reclamaré por mi encierro. Con mucho esfuerzo, más de lo que planeaba al inicio, abriré una ventana inmensa para mirar cómodamente, desde lejos, lo que dejé escapar sin mucha queja. Pero no será suficiente, y poco a poco me daré cuenta de que todavía puedo sacar medio cuerpo y tocar aquella libertad con la que he comenzado a soñar con desesperación. Colocaré algunos barrotes para asegurarme de no tener mi destino de nuevo sobre mis hombros. Y entonces llegará el momento del romanticismo trágico y comenzará la lucha por la liberación desde mi cautiverio autoconfeccionado, escupiendo culpas al prójimo, vociferando que daría mi vida por la libertad plena. Qué ganas de joder, ¿no?

¿Cambiar o permanecer?


¿Qué debe cambiar y qué quedar siempre igual? ¿Qué debe modificar su forma por necesidad, por fastidio, porque debe evolucionar o porque sí? Por otro lado, ¿qué debe permanecer igual por sagrada tradición, por flojera, porque ya evolucionó o por conveniencia? Probaré cambiar las cosas porque no soporto más, porque tal vez lo otro sea mejor, sólo porque es distinto y la moda y la inconstancia dictan que variar es bueno, es rico, es necesario. También probaré, por supuesto, conservar todo como está. Esas cosas tan divinas, tan placenteras, tan bien hechas, se quedarán como están; no tienen coyuntura, lado flaco, nada qué arreglar. Y tampoco cambiarán porque eso cuesta mucho, por falta de conciencia, porque nadie me ayuda, porque no estoy bien convencido… porque sí. Total, que después de tanta prueba sin control, quedé muy enredado. Por lo pronto, el tostón con ajo y el guarapo de papelón con limón me los dejas igualitos, que están muy buenos: no inventes, no me los evoluciones ahora, no me los declares non gratæ aún.

sábado, 7 de julio de 2012

Ah vaina: ¡Es en serio!


Y fue así como las corporaciones farmacéuticas y las cadenas de comida rápida a nivel mundial se pusieron de acuerdo e hicieron el esfuerzo que estábamos esperando. Ellos se avocaron a la salud colectiva. Las comidas rápidas invertirían una millonada para reformular sus platos y bebidas con el fin de lograr comidas saludables que contribuyeran positivamente al desarrollo físico de sus clientes. Las farmacéuticas, por su parte, orientarían sus fórmulas para curar lo más rápidamente posible a los pacientes y coordinar luego con las comidas rápidas la estabilización de la salud pública, tradicionalmente afectada por sus productos. Ambas iniciativas validarían la antigua conseja de que la mejor medicina es la comida. Debido a la nueva empresa de esas organizaciones, volcadas al bien común por decisión propia, y aún a costa de sus ganancias tradicionales, hubo una revolución en el bienestar de todos los ciudadanos afectados hasta ahora, con la consecuente mejora en la percepción de la colectividad de la imagen de estas grandes corporaciones. Es decir, estos grupos económicos dejaron de preocuparse por sus propias y exorbitantes ganancias, para aportar bienestar al ser humano al que le debían sus altos puestos en la sociedad.

¿Tú crees en esa vaina?


Coño, chamo, ¿cómo vas a creer en esa vaina? Tú si eres pendejo y fastidioso. Yo que creía que eras más inteligente, pero por lo que veo también te falta un tornillo. De verdad que no lo puedo creer… ¿Desde cuándo andas en eso? Hace tiempo, ¿no? Pero dime, ¿por qué crees en eso? Mmm entiendo. Tienes derecho a creer lo que tú quieras, pana, pero coño… ¿Cómo? Que ¿en qué creo yo? Mira en lo que yo creo, ¿no te parece qué así son las cosas? ¿No? Dime tu argumento… Ya veo. La verdad es que viéndolo desde ese punto de vista no es tan descabellada la vaina, de verdad que no. Pero fíjate, de estos cinco argumentos sólo puedes rebatirme uno, ¿no?… bueno, cuatro, está bien. Yo creo en lo que te dije porque así crecí y he podido cotejar muchas de esas cosas con lo que ocurre cada día –no sé tú-. ¿En serio? Ah, caramba. Siendo así… ¿Y dónde pudiste ver eso? ¿Dónde? Interesante ¿Y eso queda lejos? No, yo no quiero ir; recuerda que yo no pienso como tú, pero dime dónde queda sólo para saber; tú sabes, siempre hay gente a la que eso le podría orientar y ayudar a ser feliz… pero a mí no, claro.

Llegó el terremoto

El terremoto llegó y acabó con todo. Esa fue la impresión. El movimiento sacudió todo lo que se presumía bien puesto y lo tiró al suelo. El mundo parecía acabado, y el dolor se hizo cargo de todo. Pedazos rotos. Retazos inéditos regados por todo el lugar. La desolación reinó por unos instantes que parecieron sin fin. Pero eso fue hace mucho. No acaban los terremotos al día de hoy, pero están previstos. Por muy sorpresivos que puedan parecer, sus cartas bajo la manga y sus atajos son avistables desde este punto. No dejan de romperse algunas esquinas para redondear lo escabroso, y los retazos salen en su último desfile con sus sentencias de muerte en la mano, como si previeran su desaparición. Los movimientos son más continuos, encierran cada vez menos dolor y quizás llegan a brindar algún disfrute. Ahora todo es más refrescante, más conversable. Ya no hay tabúes. El libro abierto puede ser leído por los transeúntes y hasta resultar aburrido. Ya el bosque se abre a la vista y se ve el camino torpe que me empeñé en enderezar en mi ceguera. La frustración entra en la comprensión. La desesperanza de otrora está enmarcada y colgada cerca, por si acaso se quisiera olvidar la lección. Ahora los sismos son invocados chasqueando los dedos en un gesto irreverente con el pasado. Ahora, aunque no soy invencible, me siento invencible.

Pequeña convicción


Me hablarás con convicción de tu nueva reflexión. Vendrás con cierta urgencia a manifestarme tu nueva comprensión de las cosas. Me harás sentarme cómodo porque la conversa da para un rato, y te quieres asegurar de que entienda bien lo que me cuentas. Con los dedos en la sien y con los ojos sonreídos, te escucho y voy dibujando mentalmente, en mi viejo mapa, ese paisaje que recuerdo claramente. Tu entusiasmo despierta el mío. Tus miradas al techo, a la ventana, como buscando cómo decirlo. No hay novedad para mí en lo que dices; sin embargo, escuchártelo a ti es tremenda novedad, es tremenda satisfacción. Comprendo bien lo que dices; he aprendido algo más… abrázame.

Fue repentino el cataclismo


Fue repentino el cataclismo. Se desató el sentimiento y las lágrimas en amasijo con la sonrisa exhalada, disparada por ese gatillo inesperado que irrumpió en mi tranquilidad tan elaborada. No me dio la gana de calmarme. No me importó el público, boquiabierta audiencia que veía a un raro animal llorando de amor redescubierto. No hubo palabras, aunque quería gritar. Sólo sollozos desesperados y unos ojos que no paraban de pedir y pedir era lo que pude proferir. Como un mudo con ganas de dar un explosivo discurso anduve vagando por el callejón, ya recuperándome de aquella escena ajena que me dio de comer por unos instantes, que me confirmó como ser vivo, luego de tanto silencio, de tanta oscuridad disimulada con lucecitas de mentira, con reflexiones prefabricadas: Estoy vivo… te buscaré.