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domingo, 24 de mayo de 2020
Siempre pueden ir peor
sábado, 18 de abril de 2020
Siempre todo estuvo allí
Todo
ha estado allí, presente, inmóvil, alcanzable, pero una niebla heredada de
siempre, de la multitud y cultivada cuidadosamente desde el miedo, entorpeció mirar
claramente lo que siempre me rodeó. Una contaminación del entorno que se diseñó
dizque para cuidarme, para sobrevivir, se convirtió en un estorbo para caminar
con sensatez en la vida. Tuvo tiempo para espesarse, para volverse
infranqueable, para impedir el paso de la vista y para convertirse, a la vez,
en la verdad y en el medio para llegar a esta. Mientras, y con mucho entusiasmo
adolescente, aprendí a andar con las manos enfrente para detectar los objetos,
los senderos, las rendijas y me volví el mejor en ello. Desarrollé técnicas,
las comenté con mis allegados y hasta creamos un negocio con una filosofía
basada en eso de andar con bastón, de oler el peligro, de escuchar e
identificar lo que se acercaba y actuar oportunamente… pero si ver. Resulta que
todo terminó siendo un fraude costosísimo. Finalmente, el dolor causado por
esta vida arraigada en la discapacidad de repente reventó y me dio una
panorámica opuesta, pero prometedora. Aunque ya pasó la mitad de lo que tengo
previsto vivir, la niebla comenzó a apartarse, a disiparse, y con estupor, con
sorpresa inocente comenzó a aparecer ante mis ojos lo que siempre estuvo allí, presente,
inmóvil, alcanzable, pero que la basura instaurada previamente no dejaba ver. Ahora
estoy en una encrucijada que no dudo en juzgar como ingrata, en la que el
engaño dictó la pauta, pero que ahora me ofrece la oportunidad de comenzar de
nuevo, con algunas canas y arrugas una existencia de claridad, de
transparencia, de equilibrio. Tendré siempre la posibilidad de volver a lo de
antes, a mi discapacidad rentable, a mis combustibles para el ego y el aplauso,
pero no creo poder abandonar este tipo de inteligencia, de sosiego tranquilo durante
el camino.
viernes, 24 de enero de 2020
Perdido para siempre
Me perdí
en algún momento. El camino se torció en algún punto de mi existencia y, sin
notarlo, llegué a un sitio muy apartado de donde necesitaba llegar. Sin embargo,
y haciéndome el que no le importaba el desvío, me estacioné a vivir allí, lejos
del destino que me que me esperaba sin prisa. Fingí echar nuevas raíces,
inventé juegos, maneras de entretenerme, razones para permanecer, pero todo lo
experimentado resultó muy efímero, repleto de una temporalidad que me
enfermaba, que me exigía un esfuerzo constante, de la necesidad de justificarme
ante los demás y exponer mi fracaso como un tremendo logro. Cada iniciativa se
desvanecía en poco tiempo, dejándome, cada vez, en un vacío que no entendía. La
infinidad de metas por acometer se perdía en el horizonte. Mi inconformidad con
los resultados a largo plazo me llevaba a una nueva empresa, a un aprendizaje urgente,
embutido por la consigna del momento. Pasaron los años y mis saludes física y
mental se deterioraron al punto del agotamiento innegable, evidente, casi
vergonzoso; al punto de comprender finalmente que no importaba cuánto
aplaudiera mis propios logros, si seguía viviendo en derivaciones de mi
extravío inicial, en espejismos forzados del ego, en ramificaciones erráticas de
lo que una vez fue la ruta hacia mi propia intimidad, hacia la paz que me
correspondía.
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