Fui solo un rol. Fui solo un rol y ahora no encuentro qué hacer, cómo sentirme. Fui padre abnegado y cuando mis hijos se fueron e hicieron sus propias vidas, solo me quedó la frustración de no poderlos ayudar más. Fui trabajador incansable, el mejor dispuesto, pero al quedar finalmente sin empleo, solo me quedó la ansiedad y el ridículo cheque. Fui uno de los atletas más destacados de barrio, reconocido hasta en los medios locales: toda una figura. Pero al pasar de los años, el declive normal de las energías, los achaques y las dificultades me dejaron en casa sin poder ganar ni un trofeo más. También fui joven. Enérgico, apasionado, portador de la irresponsabilidad y el desdén asociados, de los sueños y las grandezas siempre pendientes por las que podía arriesgar cualquiera de mis bienes físicos o mentales. Pero ahora estoy en el atardecer de mis días, con más frustraciones que satisfacciones por haber corrido con los ojos cerrados y resistiéndome cada día a la idea dejar de ser el tipo capaz de levantar una familia o un bulto pesado al mismo tiempo. Hoy, mirando por la ventana y con la taza de café en la mano, me di cuenta de que el tiempo pasó y me atasqué en el rol más prometedor, sufriendo la confusión que deja ser un disfraz y no quien decidió usarlo.
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lunes, 16 de noviembre de 2020
lunes, 16 de diciembre de 2019
Me enamoré de un rol, versión tú
Me enamoré de un rol,
de tu rol. Siempre te visitaba entre la multitud para apreciar tu trabajo. Me
enamoré de ese rol que todos admirábamos y del que todos querían un pedacito.
Pero fue una atracción fatal hacia solo una parte de ti.
A medida que fui conociéndote, pude ver de cerca la perfección de tu ejecución.
Sin embargo, cuando quería que bajases de tu pedestal para que conversáramos
del día a día, de tu familia, de tus sueños, de lo que yo podía ofrecerte, te
alejabas con violencia después de proferirme una mirada de pánico, de desconfianza. Nunca supe supe lo que ocurría contigo en ese momento, pero me siento como un tonto por ilusionarme con compartir mi vida
contigo, sobre todo
cuando ahora veo claramente que
eres solo un trozo de alguien que no pudo labrar cada aspecto de su vida y
buscó como último recurso el encierro dentro dentro de lo único que sabía hacer con esmero: lo suyo.
Me enamoré de un rol, versión yo
Me
enamoré de un rol. Me enamoré de solo una parte de mí. Me enamoré de ese retazo
que cultivé hasta llegar a la perfección. Cuando estoy en esa parcela
irrepetible, no hay nada que me pueda perturbar. Soy el amo de esos lares, de
esos dominios, y mi bandera está clavada allí para que sepan que no deben
meterse con eso. El problema sobreviene cuando debo salir de este entorno de
ejecución inmaculada al exterior, a la vida normal. Una vez terminada la labor
y ser
arrojado al mundo de la incertidumbre con el que
todos están acostumbrados a lidiar, me convierto en un ser discapacitado. Tengo
dificultad para conversar, para compartir. Me paraliza una solicitud de
colaboración, y más todavía de convivencia. No entiendo los códigos de quienes
pasan por mi lado comentando su día, expresando sus sueños, sus dolores. Mi
comprensión sobre el otro es nula. El intercambio entre los demás me produce
tal parálisis, tal repulsa, que el miedo me hace quitar la mirada, manotear y
salir corriendo hasta llegar a mi casa, mi otro refugio. Así que permanezco
adicto a mi rol, ese triunfador y aislado del que les hablaba anteriormente; y
aunque asumo que debo buscar ayuda para ajustarme a lo que llaman
“cotidianidad” o “empatía”, trataré en lo posible, como un niño malcriado, de
encerrarme el mayor tiempo que pueda en mi hueco de salvación.
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