Las válvulas, tal como las conocemos, son un mecanismo para regular los flujos, para liberar las presiones: el instrumento por excelencia para alcanzar el equilibrio… o al menos eso se supone. Mirando al espejo y por la ventana, podemos ver que aunque no lo sepamos, todos andamos en busca del equilibrio y pasamos toda la vida tratando de emparejar el aporte que deja cada día con el bulto de creencias que traemos del pasado. Al sentir hambre, uno come. Al sentir el peso en la vejiga y demás tripas circundantes, uno se levanta para ir al baño y equilibrarse para quedar como nuevo. Unos estudian, otros trabajan, otros se casan. A veces se torna confusa la cosa en eso de buscar equilibrios, y cuando las creencias son necias y autodestructivas, comenzamos a necesitar “mi propio espacio”, retiros, terapia. El alcohol, el café, la novia, la oficina y demás drogas están ahí como acomodo temporal, esperando a que entremos en crisis existencial para recibirnos. Trabajamos y estudiamos hasta necesitar vacaciones —o al menos la cervecita del viernes—; compramos un artículo hasta que necesitemos otro y otro; trabajamos en la meta establecida hasta necesitar otra meta distinta, porque nunca bastará, porque “hay que tener una ambición”. El entorno nos afecta la mente, y ésta al cuerpo, así que no pasará mucho tiempo para que llegue la alarma, la intranquilidad, la enfermedad, diseñada específicamente para entregarnos el ultimátum ante nuestra inconciencia incansable, repetida, reinventada cada vez bajo el disfraz de progreso.
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lunes, 25 de enero de 2021
miércoles, 20 de febrero de 2019
Perro equilibrio
Desgraciado el balance que debo mantener para poder dormir
en paz. Perro equilibrio que tengo que cuidar para caminar sin miedo. Es un
promedio calculado entre altas y bajas de un carrusel que no solicité. Es navegar
entre emociones ingobernables que empujan para arriba y luego halan hacia
abajo, no se sabe con qué aparente despropósito. Tengo pereza de luchar contra mis
problemas apenas aparecen y estos luego forman una ola que se estrella contra
mi pecho y me deja tirado en el suelo cada vez, lamentando no haber actuado,
como dicen, “correctamente”. Me caen recetas del cielo, prescripciones
impelables de las viejas cacatúas, panaceas invencibles de los entendidos en el
tema, pero nada: no agarro ánimo. Aunque estoy harto de las sustancias y las
personas nocivas, estas son las que saltan a mi lado cuando chasqueo mis dedos.
¿Qué no son buenos? ¿Y quién lo es? No encuentro otras válvulas de escape para
lograr el nivel adecuado de silencio, manquesea por un ratico, para evitar
reventar por la presión del camino. Que vivo distraído de la realidad, dicen,
pero mi realidad parece ser esta, la de correr y correr sin parar, la de cerrar
los ojos por un rato, buscando una trinchera para el reposo anhelado, arriesgándome,
lo sé, a que se convierta en mi tumba.
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