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domingo, 19 de mayo de 2019

¿De qué quieres sufrir?

De qué quieres sufrir, sería una pregunta pertinente al momento del nacimiento, pero nadie la hace. Igual, sería una pregunta con respuesta azarosa porque nadie ha vivido. Pero luego, al pasar los años e irse definiendo los acontecimientos por voluntad propia, ya sería el momento de responder a esa pregunta. ¿Quieres sufrir de soledad, del estómago, de nostalgia? Por muy autosuficiente, preclaro o experimentados que seamos, la inconciencia parece tener su espacio en nuestra vida y no seremos estrictos con ella. Se podría decir más bien que protegemos ese pequeño espacio que damos al actuar ligeramente, desdeñando las consecuencias de ciertos actos que sabemos que nos harán daño o a otros. Pero lo dejamos así y más adelante, hasta aparentaremos la sorpresa ligada al yo lo sabía juntos. No habrá explicación racional posible. No podremos echar mano a las herramientas retóricas o académicas bien afiladas para dar a entender por qué dejamos que todo ocurriera. “¿De qué quieres sufrir?” es una pregunta absurda porque nadie quiere sufrir intencionalmente ‒eso sería locura‒, pero mira que con qué urgencia necesitamos preguntárnosla, y, en principio, contestarla para comenzar el proceso de curación y dejar de incurrir en comportamientos dementes y autodestructivos.

jueves, 21 de febrero de 2019

¿Honesto yo?


Ya casi no me hablo. Me miro y paso de largo. Me da una ladilla pesaísima decirme mis cosas en la cara. De hecho, a veces me pregunto cuál es el peo, pero, pensándolo bien, no lo sé o no quiero saberlo. Mientras mi silencio se prolonga y el corte de la comunicación conmigo mismo va a las mil maravillas, me va dando gripe, luego sarpullido y finalmente el divorcio. Debo hablarme de nuevo. Debo reintentar saber en qué ando internamente. Escuchar a tanta gente allá afuera no me ha servido de mucho, a pesar de la buena intención de algunos. Durante dos noches que llegué a la casa solo y antes de dormir (solo) apagué la luz para ver qué salía, pero solo salieron las canciones nuevas de reguetón, mientras me acordaba de las rumbas buenísimas a las que iba. Pero no quiero hablarme. No quiero escucharme. El diálogo sigue roto. La peor separación es conmigo mismo, y siento que voy a reventar si no resuelvo esto. La inconciencia me partió en dos: en el que jode y en el que sufre, y mientras estos dos mequetrefes no aprendan a quererse de nuevo, creo que estaré irremediablemente jodido.