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viernes, 5 de noviembre de 2021

El perro ladra

El perro ladra, ladra y ladra. Con todos sus pulmones ladra. Con toda su neurosis, con todo su sinsentido aparente, ladra. Como toda una alarma fuera de control y sin botón de apagado, ladra. Sin amo aparente y a falta de afecto, el perro sigue ladrando. Es tan obvio que lo trajeron para que avisara cuando los extraños merodearan, ya todo se tornó “un extraño”. Sus sentidos ya no necesitan estímulo para reaccionar. Un aturdimiento interior lo hace repicar ante cualquier señal de vida en la localidad. El abandono de años y su daño cerebral solo le permiten levantar la santamaría en la mañana, ladrar unas horas hasta que alguien de la casa —alguien con sus propios problemas, claro— le pasa por un lado, y con algún grito sordo lo mande a callar. Así pasa el día, sin la paz característica de un ser sano, sin la maravilla de percibir naturalmente su entorno natural. Finalmente, llega la noche, y con la voz resquebrajada por el esfuerzo, el perro deja de ladrar para caer en su rincón y soñar con todos los fantasmas que le hacen coro.

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