A mis 50, lavé los platos cuando estuve dispuesto, boté la basura cuando la bolsa estuvo llena y me bañé cuando lo preferí. En el medio cupón, negocié solo lo pertinente, visité cuando quise y cedí el asiento cuando pude. A los 50, me descubrí detrás de una pila de basura ya visible y fácil de remover. Al abrir la puerta otoñal, dije solo lo necesario. A estas alturas, pude ver que el amor no es un chorro selectivo, sino que soy la fuente abierta del amor que se vierte antes sobre mí y lo recibe quien se atraviese. A mis 50, puse a la pasión, a la culpa, al arrepentimiento y a lo que pudo ser en su santo lugar y me deslicé a lo que soy y a lo que puedo hacer. A los 50, creo que comienzo a aceptar, en lugar de resignarme.
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